Loba

La sangre deshace la nieve y crea humeantes dibujos de líneas carmesí. Arrastra las patas traseras gimiendo de dolor. La lengua, ahora un trozo reseco en vez de húmedo terciopelo, cuelga a un lado de la mandíbula y se balancea con cada impulso que las patas delanteras imprimen a un cuerpo desmadejado.

La loba olfatea el calor del refugio que la espera. Está cerca, pero no sabe si llegará.

El mordisco de aquellos dientes helados que surgieron de la tierra la pilló desprevenida. No había latidos que la alertaran de una presencia enemiga, ni aroma de piel, ni crujidos de movimientos velados. Tan solo esa boca inerte y férrea que laceró la carne de su nuevo compañero en un abrazo del que no pudo zafarse. Picos afilados de un material más resistente que el hueso y un chasquido de muerte. Le acercó el hocico, le lamió las heridas, le mordió el pellejo para arrastrarle con ella, pero no pudo.

Se quedó a su lado hasta que llegó el monstruo y, tras el trueno que surgió de la oscuridad, el dolor en el costado y la huída.

Avanza hacia las sombras de la cueva que le sirve de cobijo. El suelo, más cálido, le acaricia las almohadillas que protegen sus garras. Ya no siente sus cuartos traseros.

Se tumba contra la piedra y cierra los ojos. Aspira los aromas de los suyos que aún impregnan el polvo; las motas diminutas se han arremolinado durante un instante sobre su nariz para traerlos de vuelta y se deja llevar…

Tres cachorros prendidos a las mamas que emergen de su abdomen y la leche goteando de sus bocas ávidas. El aire huele a la jara pegajosa y al tomillo verde. La manada repite los juegos como cada estación: se muerden las orejas, hociquean, se persiguen. Los pequeños se enredan entre las patas de los adultos. El olor intenso y acre de su compañero se yergue junto a ella, le lame el pelo del cuello. Es el primero en desaparecer. El primero que no regresa de la caza.

Tras él, sus hijos. Son apenas pellejos andantes después del primer invierno y el hambre les marca los huesos y los actos. La manada desciende un poco más allá del límite seguro persiguiendo el rastro de los que pastan; ese olor dulzón de la carne caliente que sabe a hierba fresca. Los mugidos les despuntan las orejas, les erizan el pelo, ralentizan los pasos y desnudan los colmillos. Se despliegan para el ataque.

Y entonces ese otro olor. El peor. El monstruo de dos patas. Restalla el atardecer con explosiones y fogonazos. Ella corre hasta desfallecer, hasta dejar atrás el límite, hasta ovillarse de nuevo en su cueva, pero deja atrás la sangre de los suyos. Nadie la sigue, nadie cruza de nuevo por la entrada de la cueva. Está sola y un aullido le quiebra la garganta.

Continua con los ojos cerrados y olfatea su refugio de nuevo. Hay otro olor que persiste, aunque es el más nuevo. El del macho joven que no ha regresado con ella, un forastero que llegó con la caída de las primeras hojas y trajo nuevos vientos que removieron sus entrañas, y consiguió que anidaran en ellas cuatro corazones diminutos. Latían en su vientre esa tarde antes de salir de caza. Los sentía; cuatro pequeños para hacer resurgir a la manada.

Y entonces los chasquidos y la sangre de su compañero empapando la tierra en aquella trampa. Y la de ella derramándose lentamente. Sola. Eran cuatro pequeños… Tres… Dos… La vida se apaga por completo en su interior y la suya no tiene sentido.

Ya no es capaz de que el aullido de luto rasgue su garganta. No sabe que es la última loba. Pero yo sí. Este es el mío.

¿Qué le estamos haciendo al lobo?

Hoy he leído esta noticia. Tengo una afinidad especial con el lobo. Desde pequeña me fascina este animal y su comportamiento en manada. Y esto me descompone. Habéis leído mi aullido, el que me sale cuando pienso en las batidas y en el odio que genera aún en los pueblos. ¡Que viene el lobo! ¿Seguro? Si ya no queda ninguno…

El baile

La primera entrada de mi blog la dedico a un microrrelato que escribí hace mucho tiempo. (No temáis, lo he corregido y pulido un poquito).
Volvía a las letras un poco titubeante y con el recuerdo de aquella famosa frase: “escribe de lo que conoces”.
Pues bien, este micro está basado en un hecho real. Así lo vi y así lo conté. Por supuesto, le pasó a una amiga, no vayan a pensar mal ustedes, que nos conocemos.
Espero que os guste y disfrutéis de este trozo de sensualidad y movimiento. ¡Hasta la próxima!
El baile
Sus dedos se entrelazaron con los míos, reclamándome.
Me pegó tanto a su cuerpo, que pude sentir cómo fluían las líneas de sus músculos sobre mi piel. No negaré que me estremecí en ese primer contacto.
El ritmo empezó a envolvernos con suavidad mientras nos aislaba de aquella algarabía de voces y risas. Percibía vagamente la oscuridad agobiante, el calor que sofocaba nuestras respiraciones y las miradas de incredulidad de mis amigas, aunque todo desapareció en cuanto clavé mis pupilas en aquellos ojos lascivos que se detuvieron, por un momento, en mi ombligo.
Me rodeó la cintura con su brazo moreno y uno de sus dedos fue recorriendo lentamente la parte baja de mi espalda, vértebra a vértebra, hasta que apoyó toda la palma de la mano en mi piel caliente cuando se quedó sin ellas.
Dejé de respirar un instante cuando abrió suavemente mis rodillas con la suya y, rozándome la ingle con su muslo, me susurró con voz ronca: «—Apóyate en mí y déjate llevar, linda―».
Y lo hice. Me abandoné a las caricias que moldeaban mis caderas mientras me atraía y frotaba contra él.
Arriba y abajo, latido y vuelta.
Mi piel húmeda se pegaba a la suya mientras ascendía el ritmo de la música. Las gotas de sudor rodaron entre mis pechos y se perdieron en mi ropa interior. Me sentía suya y él era mío.
Nuestros alientos se mezclaron en una única respiración y percibí su aroma a madera, miel, y almendras.
Sus labios llenos siguieron el latido de mi cuello y lamieron uno de mis hombros. Eché la cabeza hacia atrás haciendo que mis pezones rozaran la piel de su torso desnudo a través de la fina camisa. No podía parar.
El calor inundó mis muslos al sentir cómo me elevaba y hacía que rodeara su cintura con mis piernas. En esa suerte de abrazo, me perdí en sus jadeos, o quizá eran los míos, cuando se tensó el cierre de sus pantalones . Ya no oía la música, ya no quería bailar, sólo quería sentirle dentro de mí. Ahora. Ya.
Subía y bajaba, dentro… dentro… fuera… más rápido, más fuerte, más… más…
Y cesó la música.
Me bajó lentamente de sus caderas, me despegó de su cuerpo, besó mis labios entreabiertos y se despidió con un: «―Buen baile, niña—».
Y se alejó de mi vida, dejándome sudorosa y temblando en aquella pista de baile, pensando que quizá había conseguido mi primer orgasmo bailando, y sin ser capaz de recordar el color de aquellos ojos lascivos que se habían detenido, por un momento, en mi ombligo.