Cae la nieve

Hoy es un día especial. Hace diez años llegó mi revolución, se desató la tormenta que me ha convertido en lo que soy. Este micro es un regalo…

Cae la nieve

Llegaste en medio de una ventisca en la que mis vientos se arremolinaban en torno al dolor. Por un momento lo cubrió todo, pero amaneció rozando el último grito y, por fin, llegó la calma a mi vientre.
Entonces comenzó a caer la nieve. Al principio fueron unos copos pequeños y desvaídos que aparecieron como por casualidad. Aún estaba dolorida y confusa, y tan solo podía contemplar la luz que brillaba en tu rostro sin atreverme a tenerte en mi regazo, aunque ya habías estado dentro de mí y jamás te irías.

Esa misma noche se cubrieron los caminos que yo tenía marcados para ti. ¿Y qué podía hacer perdida entre tu blancura? Solo quererte.
Tus sollozos se mezclaron con los míos y llegué a pensar que no te merecía, porque nunca he sido capaz de dibujar un copo de nieve. Intenté atraparlos entre mis dedos, intenté escarbar entre el frío para volver al sendero, pero siguió nevando. Por más que me esforzaba en entender la trayectoria de los destellos que se desprendían del cielo, no era capaz de seguir su recorrido hasta mi piel.

Tú me enseñaste que lo único que podía hacer era contemplar la nieve caer y seguir tus huellas minúsculas sobre el suelo blando, arrastrar mis ojeras hasta tu sonrisa y quererte. Abrir la boca para beberme todo lo que cupiera en ella e intentar que se fundieran tus besos breves antes de rendirte al sueño.
A veces, te conviertes en lluvia y empapas mi regazo. Otras, eres granizo que azota mi paciencia y entonces, tú, que también haces girar tus vientos para formar tormentas, me desafías en combate hasta que las dos perdemos. Y te quiero sin medida.
Diez años, mi niña, y la nieve sigue cayendo.

Sobre tildes y acentos

Yo no soy de letras. Algunos recordarán ciertos test que nos hacían en el instituto para ayudarnos a elegir entre el camino de la ciencia o de las humanidades. A mí me dio un cincuenta por ciento en cada cosa, así que no me sacó de dudas. Al final, opté por ser sanitaria, que tiene un poco de arte y un poco de ciencia.

El caso es que, cuando comencé a escribir un poco más en serio, me di cuenta de mis carencias en el uso de las reglas. ¿Y por qué es importante a la hora de contar una historia? A mí me parece que está claro: debes escribir tan bien, que el lector no se dé cuenta de esa perfección. Es decir, poner la forma al servicio de la historia.

En Factoría de autores me ofrecieron la oportunidad de escribir artículos de ortografía y gramática para su blog. Y acepté, principalmente porque me así me obligo a investigar y a refrescar conocimientos. He mejorado mucho gracias a ello.

Hoy os dejo mi artículo semanal. Espero que os guste y que os ayude, si lo necesitáis.

¡Un beso enorme!

Tildes y reglas de acentuación.

Corazón de dragón, cuerpo roto

Me voy a teñir el pelo de azul.

Nadie me cree, pero va a ser así. Mi hermana se ha reído, pero seguro que me ayuda, siempre lo hace. Además, ya tengo catorce años y puedo tomar mis propias decisiones. Me tendrán que escuchar, en lo del pelo y en lo otro. Al final conseguiré las dos cosas, pero primero insistiré en un azul eléctrico, para convencerla de que me ayude para lo siguiente voy a necesitar todas mi dotes de persuasión.

El libro está sobre la silla en la que mi madre espera. Ahora creo que se ha ido a tomar un café. Mejor, prefiero estar solo. En clase, en el insti, siempre lo estoy y no es incómodo. Prefiero ser un mueble aposentado en el fondo del aula y pensar con tranquilidad, a que todos se giren hacia mí con esa mirada de “cómo puede soportarlo”. Menos mal que eso únicamente sucedió al principio de curso. Como siempre.

Esta mañana… ¿Seguro que es por la mañana? ¡Ah! Sí, han venido a asearme ya… El azul del reloj que está colgado en la pared es más oscuro. Imagino que fuera estará nublado. Intento mirar sólo al reborde color cielo, pero los ojos se me van hacia el movimiento de las agujas, no puedo remediarlo.

No sé por qué han traído el libro si no puedo leerlo. Vivirlo a través de la voz de mi madre no es lo mismo. ¡Cómo si pudiera imaginarme cruzar Rohan a caballo si me hablan en el mismo tono en el que me anuncian el cambio de pañal! Y la pronunciación de los nombres…

El polvo baila en aquel rayo de luz que entra por la ventana. Es fascinante. Parece que se desliza lentamente sobre él, pero si lo miras con más atención, gira con un movimiento rápido y se deshace en fragmentos para luego volver a unirse en un remolino. Es blanco, pero la luz lo hace dorado. Dorado, dorado. Y baila solo para mí porque soy el único que lo ve, que lo admira. Nadie se fija en él teniéndome delante.

Me duele la oreja. Un poco, un pinchazo en la curvatura, como siempre. Mira que intento que no me coloquen así, pero no me hacen ni caso cuando protesto. ¡Catorce años! Y no me sirve de nada.

Ahora es un escozor que recorre todo el cartílago y la presión aumenta. Es como si me la estuvieran partiendo en dos. ¡Joder! ¡Me duele! ¡Me duele! No lo soporto. Intento escupir el tubo de la garganta para gritarles, pero está bien anclado a ella y sujeto a mi boca con esta maldita cinta anudada. Toso y otro dolor se suma al de la oreja. Pero ha merecido la pena porque los aparatos se han vuelto locos con esos pitidos y luces intermitentes. Ahora vendrán.

¡Sí! ¡Ya están aquí! No, no, no… Otra aspiración, no. ¡Es la oreja! Pero no me hacen caso, de nuevo, y meten la cánula por el tubo para librarme de unos mocos que no tengo. Parpadeo hasta que las lágrimas ruedan por mi cara. Ellas se dan cuenta de que estoy consciente. Vuelvo los ojos hacia la derecha y las miro.

—¿Te molesta algo, Marcos?

¡Claro, joder! Parecen tontas. Intento mover el cuello para señalar la oreja derecha. Debo respirar muy rápido porque el monitor no deja de pitar. Una se acerca mucho a mi cara, como si no pudiera oírla bien desde donde está.

—¿Es el cuello?

Ladeo la cabeza lo que puedo, que no es mucho, y parece que me entiende.

—¿La cabeza? ¿Te damos un masaje en el cuello?

Me encanta que pasen las manos por mis vértebras retorcidas, la fricción y el calor son un alivio, aunque cada vez lo noto menos. Pero no… ¡No! ¡No quiero! ¡El dolor es insoportable!

—No te entiendo, Marcos… ¡La oreja! ¿Es eso?

Podría llorar de nuevo, esta vez de alivio, pero no lo hago porque se distraerían. Parpadeo en respuesta. Ella asiente.

Mete los dedos entre los sacos de arena que me sujetan la cabeza para que no la mueva y encuentra el doblez culpable de esta desazón.

—¡Pero si tienes la oreja doblada! No me extraña que estuvieras inquieto. Espera…

Me masajea el punto doloroso con un poco de aceite. Sería capaz de darle un beso, si pudiera. Ya tengo catorce años y, para ser una enfermera, no está tan mal. Le sonrío y a ella se le llenan los ojos de lágrimas. ¡Se jodió el encanto! No soporto que me miren con ese brillo de lástima, así que cierro los párpados como si fuera a dormirme.

Creo que ya se han ido. Abro solo una rendija para comprobarlo y veo que una de ellas está cargando una jeringa con el líquido de una ampolla marrón. Toca morfina. De lujo.

Me inyecta la dosis en el suero que viaja directo a mis venas y un cosquilleo cálido me inunda la garganta y sube hacia la cabeza. Es la única parte del cuerpo que siento, del cuello para arriba, desde que cumplí tres años y ese maldito tumor se hizo dueño de mi columna vertebral.

Y ahora una maldita neumonía me tiene atrapado a un respirador en una cama de hospital. Ni siquiera puedo leer, ni hablar… Solo contemplar este maldito hueco en la UCI donde me mantienen vivo.

Cuando salga de aquí me voy a teñir el pelo de azul… y así no se fijarán en mi cuerpo deforme, ni en mis brazos inertes, ni en unas piernas que no me han sostenido nunca. Ya tengo catorce años.

El polvo toma la forma de un dragón que vuela sobre la cama haciendo piruetas. Me está entrando sueño… Mi hermana me ayudará. Ahora se gira hacia a mí, sus escamas doradas relucen, y me invita a subir en su lomo. La habitación desaparece y yo con ella. Lo hará. Y lo otro también. Es hermoso, elevarse así…

Cuando quiera volar lejos de este cuerpo roto para siempre, la convenceré. No se negará. Lo sé. Nunca lo hace.

Bajo la luz de una vela

Shhh… ¡Silencio! ¿Queréis que os cuente algo que escribí hace tiempo? ¿Escuchar mi voz? ¿Creéis que seré capaz de declamar este trocito de historia? ¿Que he expresado los sentimientos que afloran en el enamoramiento? Luego me lo cuentas…

 

Escríbeme a la luz de las velas, me pides. Y yo, que desde hace un tiempo ya no pienso y solo soy capaz de sentir, accedo con algo de curiosidad. Así que encuentro una, la enciendo con cuidado y contemplo la llama fascinada: hace mucho que no me perdía en su baile tembloroso. Acerco los dedos y, al percibir el calor tímido que los acaricia, pienso en ti. ¿Cómo no hacerlo?

Fueron tus palabras las que llegaron primero. Así, como por casualidad. Haciéndome reír cuando no tenía ganas, invitándome a formar parte de ti. Trocito a trocito, frase a frase, tejiste una cuerda para que me aferrara a ella. Y me enredé sin quererlo.
Escríbeme, me pides y yo no sé si es debido a la luz de la vela, pero observo las letras que se desgranan en el papel, de un tono anaranjado ahora, y me parece que lo que te cuento en estas líneas se desvanece ante mis ojos. Se me antoja vacío de significado.

No quiero escribirte. No quiero que me escribas.

Quiero ver cómo se tiñe de anochecer tu piel, tan solo iluminada por esta llama que arde cada vez más fuerte. Desordenar tu pelo con un movimiento rápido de mis dedos y comprobar si eres capaz de ponerme esa mueca de niño malo que tanto me gusta. Deslizar mis labios sobre los tuyos, tanteando el sabor que me prometen. Que sigas la trayectoria de mis lunares sobre la espalda y les encuentres un significado que a nadie más se le ha ocurrido buscar.

Quiero que nos aprendamos de memoria las muescas con las que la vida nos ha tatuado, que me mires a los ojos y me los cierres a besos. Que te pierdas en mí cogiéndome de la mano y no encuentres el camino de vuelta. Dejar que nos consuma el fuego, recoger las cenizas y comprobar que aún están calientes para comenzar de nuevo.

Quiero que me respires, deshacerme en lluvia bajo tus manos y que me bebas para saciar tu sed. Ser el alimento que te mantenga despierto y la canción que te deslice hacia los dominios de Morfeo. Que me busques y que, al encontrarme, no me sueltes jamás. Encajar y ser uno. Que no se deslíe el abrazo que nos mantiene hasta que estemos exhaustos y, cuando nos separemos, te lleves el aroma de mi piel en el alma.

Quiero ser lo peor que has probado: loba sobre la nieve para morderte, semilla de amapola para que te quedes conmigo, la tormenta que te empape en un segundo.
Quiero ser lo mejor que te ha pasado: refugio para tus heridas, tus acordes preferidos, el punto y seguido de tus renglones.

Quiero… que marques el camino hacia mi ombligo con saliva, que mis caderas se alcen reclamándote, un instante feroz en el que pronuncies mi nombre y todo lo demás desaparezca.

Tú me pides que te escriba porque solo tenemos palabras con las que disfrutar este juego. Y yo lo hago. Pero cuando repaso los párrafos, me doy cuenta de que hay palabras que no se deben enviar porque están escritas al ritmo del fuego y comprendo por qué me pediste que lo hiciera bajo la luz de esta vela. La llama ilumina mis rincones más oscuros, desvela lo que palpita bajo la nieve y te confieso lo que quizá de otro modo no sabrías. He caído en tu trampa.

Entonces acerco el borde de esta carta hacia la mecha y dejo que se consuma en humo sobre mi escritorio. Admiro cómo se derrite la cera y cae por los laterales, suave como una caricia, y me doy cuenta de que te diría una sola cosa.

No quiero escribirte, quiero tenerte.