Malditas palabras

Foto malditas palabrasAyer tuve esa conversación a la que todo padre teme más que a nada. Sí, esa en la que unos ojos redondos, muy abiertos, te miran fijamente; aquella en la que una barbilla se apoya en la mano y se ladea, esperando una respuesta; esa en la que los labios infantiles, que son rosados y aún llenos de besos por dar, se entreabren por si deben repetirte de nuevo la pregunta porque tú te has quedado callada y las malditas palabras se te han atascado en la garganta. O peor aún, ni siquiera tienes unas malditas palabras para ofrecer.

La pregunta era muy sencilla:

—¿Por qué?

La imagen en la pantalla del ordenador se mantenía fija, una instante retratado de una realidad incómoda, deleznable, de esas que procuramos olvidar yendo a hacer alguna de las cosas rutinarias que esperan su turno en nuestra vida para olvidar lo más importante: que ni siquiera tenemos unas puñeteras palabras para explicarlo.

Tiendas de campaña como un océano de miseria. El barro engulléndolo todo: ¿no sentís un poco de ese barro en el alma? Porque la mía está a punto de ahogarse en el cieno. Una madre bañando a un bebé con una botella de agua helada a la entrada de lo que nosotros decimos que es todo lo que les podemos ofrecer. Personas que huyen de una guerra para meterse en una cárcel en la que mueren de olvido. Puertas cerradas, alambradas, miradas que se entretienen en el ombligo propio y evitan mirar a los ojos de los que no tienen nada. No creo que necesite más descripción, ¿verdad?

Y ahí se quedó la pregunta suspendida en el tiempo, en el aire, entre mi hija y yo, como una fina lámina de cristal a punto de resquebrajarse. Nunca he tenido miedo de explicarle nada: sabe de la enfermedad, de la muerte, de que a veces se producen accidentes, incluso a los niños como ella, que hay gente que hace daño deliberadamente a otras personas. ¿Qué es el sexo? Eso es fácil de contar, es parte de la vida. Pero, ¿cómo le haces entender algo que ni tú misma entiendes? ¿Cómo mantener su fe en cambiar las cosas, en que la humanidad aún es capaz de hacer algo bueno si las malditas palabras no te salen?

Y aunque las tenga, aunque junte unas cuantas y les dé sentido, aunque formen un discurso en el que le haga comprender que la masa es cruel y cobarde… ¿de qué serviría? Porque ahora viene la segunda pregunta, la que te desarma y te hace ver lo ruin que eres tú en tu casa caliente, con tu frigorífico lleno de comida y tu extensa colección de palabras para ofrecer:

—¿Y por qué no hacemos algo?

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