Cenizas

Mis hijos se mueren. En este letargo que es mitad sueño, mitad olvido, me asalta esta certeza. El dolor de la pérdida alerta mis sentidos arcanos y los despereza. Pero soy antiguo y mi ritmo es otro. Ya no puedo salvarlos.

Siento su sangre ambarina retorciéndose y convirtiéndose en polvo. Ordeno al viento que se detenga, pero ya es tarde. Los pedazos de mis criaturas se dispersan lejos de mi alcance, destruidos. No me despertaron sus gritos roncos al resquebrajarse, ni el crepitar de sus brazos en el ataque, ni siquiera el desesperado “fru-frú” al volatilizarse en ceniza. No. Fueron esos latidos atronadores bombeando sangre caliente: aquellos efímeros que se multiplican entre nuestras conciencias y que logro discernir apenas al borde de mi percepción. Los que pueden huir. Su miedo es intenso y el coro de sus corazones asustados sonó terrible. Los oí. Luego sentí cómo los míos iban desapareciendo de mi alcance, aniquilados por una fuerza inmensa.

Con esfuerzo, —soy uno de los Primeros y mis raíces profundas e inmóviles— abro mi mente al hoy y contemplo el desastre.

El monte que se elevó al principio, cuando la Tierra aún se plegaba poderosa por debajo de nosotros, ya no está cubierto por mis hijos. En vez de verde fresco y esbelta madera alzándose, compitiendo por llegar a los  rayos de luz, una pira de jirones de corteza ocupa su lugar. El caudal alimentado por las brasas en movimiento se desliza por su ladera engulléndolo todo y dejando un rastro de muerte encendida. Me deslumbra el intenso palpitar de las llamas alimentándose, me ahoga. Un humo espeso, hecho de resina y ardiente ceniza, lo cubre todo: desde el suelo en el que cae el carbón caliente, hasta la ribera del río en la que los animalillos buscan el refugio del agua fresca. Ellos tienen una oportunidad. Con mi voz primigenia les ordeno avanzar río abajo, ignorando el lamer doloroso de las primeras llamas.

Los árboles que aún se mantienen fuera del alcance de este torbellino rojo y amarillo, los que bordean la corriente salvadora y aún pueden empaparse de la tierra húmeda, intentan extender sus zarcillos recién germinados hacia mis raíces. Me buscan porque soy uno de los antiguos, pero yo no puedo hacer nada por ellos. Ya me he fragmentado y parte de mis conciencias vuela ahora en minúsculas brasas hasta desaparecer. Y, en un último crujido, el resto de mi ser.

Imagen:  Acuarela de Juan Carlos Buades

3 thoughts on “Cenizas

  1. Angel Cruz Alcántara

    ¡Vaya! En otro lado te decía que en mi mente al leer el relato me aparecía como unos dibujos europeos de bordes difuminados, ahora viendo la acuarela me pega mucho más y todo. Pues eso, visualmente es un gran trabajo, la voz del antiguo ofrece el escenario, y transmites la devastación y la pérdida muy bien; así que lo has hecho de maravilla desde mi punto de vista, Nieves.
    Un saludo!

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