La luz en la ventana

El otro día me presenté a un concurso muy peculiar. Se trata de escribir un relato a vuelapluma, pertrechados tan solo con papel y bolígrafo, durante tres horas. El tema, el disparador de la creatividad, se comunica cuando todos los participantes se encuentran en el lugar donde se escribirán las historias.

Es el segundo año que me presento. En esta ocasión, el lugar elegido fue la casa de Zorrilla. Me pareció fantástico escribir muy cerquita de su despacho. Los temas entre el que saldría el elegido fueron títulos de obras de Cervantes y Shakespeare. “El rufián viudo” anunció la organizadora, y todos nos pusimos a escribir. Eso sí, antes nos miramos con cara de circunstancias pensando que no podía salir un tema más complicado. imagen concurso

A media luz, con el sonido de las puntas de tinta rasgando el papel, todos escribimos nuestras pequeñas criaturas. Sí, sí, la que está de espaldas, encorvada, con un jersey de color granate, soy yo. No gané, aunque la experiencia mereció la pena.Aquí, la entrega de premios.

Pensé en repasarla y adecentarla antes de presentárosla, pero luego decidí que la gracia de este concurso es escribir así, como recién levantada de la cama, sin peinar y con las legañas cerrando lo párpados, así que tal cual lo escribí, tal cual lo transcribo. He aquí la que parí yo:

La luz en la ventana

La voz de Catalina me acuna mientras me muero.

Las luces del coche descubrían tan solo un pedazo de asfalto viejo, como los árboles que lo bordeaban. La carretera se abría entre cortezas rugosas y agujas secas. Podía imaginarme el resto del paisaje aunque estuviera sumido en sombras. Las tierras castellanas cambian poco. Quizá sean más achaparradas y abiertas en la meseta; más retorcidas y frondosas, las de pinares; pero el aroma a añejo se mantiene en unas y en otras.

Recuerdo haber mirado el reloj justo al tomar la última curva que me llevaría al pueblo. Como si un gigante hubiera mordido un trozo del valle y de la tierra hendida hubiera brotado el embalse, el agua oscura ocupaba buena parte de la zona. Las casas crecían como hongos húmedos, desmoronándose en su orilla izquierda.

“4:40 AM”, parpadeaba en la pantalla del cuadro de mandos del coche.

Apenas media hora antes, el timbre del teléfono eliminó de un plumazo los sueños inquietos de quien está de guardia. Porque yo ejercía, hasta esta misma noche, como médico.

—Me duele —me susurró la voz de mujer al otro lado de la línea. Dos palabras y la desesperación que transmitían. No me dijo más.

—¡Dígame la dirección! ¿Qué le ocurre? ¿Está sola? —La escuché respirar—. ¡Contésteme!

—Carralaguna —añadió—. Pondré una vela en la ventana.

Un “click” me anunció que nuestra conversación había terminado. Me recorrió un escalofrío que me dejó con el auricular en la mano durante un tiempo que no sabría precisar.

Esa voz había abierto una puerta a un lugar de mi mente que solía tener cerrado con llave. Allí guardaba esa parte de mi vida para que no me doliera, aunque de vez en cuando tuviera que dar alguna patada para meter allí de nuevo pensamientos que querían escapar. No podía permitirme revivir el pasado.

Era la voz de Catalina. Estaba seguro.

Conduje por aquella carretera de mala muerte repitiéndome que era imposible. Pero, ¿por qué entonces mi corazón comenzó a latir como hacía diez años que no lo hacía?

Apagué el motor y sentí un frío que me entumeció los huesos. Mientras recorría las calles angostas y oscuras de Carralaguna, viajaba también a través de nuestra historia. De cuando yo era un muchacho orgulloso y ella una soñadora enamorada. De cómo nos convertimos en un hombre amargado y en una mujer vacía. Yo había tenido la culpa.

Mis pies resbalaban en el barro de las calles sin asfaltar y las imágenes de mi vida con Catalina resbalaban a su vez como una cortina de lluvia en mi mente, tan vívidas, que sentí cómo mi ropa se empapaba de ella.

Un futuro cirujano de prestigio, como el que pretendía ser, no podía enredarse en una relación absorbente, pero todo cambió el día en el que un pequeño corazón comenzó a latir en su vientre.

Catalina riendo mientras me anunciaba la noticia.

Catalina entre mis brazos, planeando nuestra boda.

Catalina deshecha en llanto cuando, tres meses después de vestir de blanco, el pequeño corazón que anidaba en su vientre, dejó de latir.

Catalina en un grito de dolor pariendo nuestro hijo muerto, ahogado en aquella burbuja de líquido amniótico.

Catalina y su mirada vacía cuando en sus pupilas se reflejó la escena que acabó con lo nuestro: días después de que el ataúd blanco reposara bajo tierra, yo enterraba mi dolor entre las piernas de una compañera.

Nunca le pedí perdón. Nunca me lo exigió. Su mitad vacía del armario fue suficiente.

Esa noche había escuchado su voz de nuevo, diciéndome que le dolía, como cuando estaba en la mesa de litotomía en aquel paritorio. Y yo, reputado cirujano, no pude hacer nada por ninguno de los dos.

Sacudí con rabia la cabeza para librarme de los recuerdos mientras buscaba la luz en la ventana que me llevaría hasta mi paciente. Tenía los pies empapados y la cabeza embotada. Todo aquello debía ser fruto de mi imaginación.

Entonces la vi. Titilaba y la llama que se reflejaba en el cristal creaba un dibujo extraño, como si estuviera bajo el agua.

Llamé a la puerta sin poder contener el temblor de mis manos y esperé. El rostro de Catalina surgió de la oscuridad y una vaharada de humedad me golpeó como si me hubiera abofeteado al verme.

—Has tardado mucho —me riñó al igual que lo hacía cuando llegaba tarde a casa. Me di cuenta entonces de cuánto la había echado de menos.

—¿Estás bien? —pregunté, tembloroso.

—Me duele. Me sigue doliendo. Lo siento. No debí hacerlo, pero quería estar con él. ¿Lo entiendes?

Escuché un chapoteo a mi alrededor. Quise abrazarla y volver a sentir su calor, pedirle que me perdonara, pero las palabras se me atascaron en la garganta y se negaron a salir. Mi cuerpo estaba inmóvil, anclado a la tierra mojada.

—El pantano es un buen lugar para morir —me confesó sonriendo. Entonces, me di cuenta de que llevaba la misma ropa que el día en el que me abandonó. Continuó—: Fue fácil. Apreté el acelerador y sostuve el volante recto al tomar la misma curva que tú, esa en la que te has salido de la carretera.

Durante una fracción de segundo, unos números parpadearon en una pantalla frente a mí.

“4.40 AM”

El agua llenó mis fosas nasales y comencé a toser.

El tiempo se detiene. La voz de Catalina me acuna mientras me muero.

—Él está aquí —me dice—. Quiere conocerte. ¿Lo escuchas?

Mientras mi corazón se apaga, un latido pequeño, aquel que anidó un día en su vientre, se acerca y ya no tengo miedo.

Imagen manuscrito una luz en la ventana

¿Qué os ha parecido? ¡Espero comentarios!

 

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