La taza

La taza esperaba su turno, amontonada junto a sus hermanastras, sobre la barra. Aún humeaba y pequeñas gotas se deslizaban por sus paredes después del último lavado.

La campanilla de la puerta al abrirse hizo que vibrara la loza de la que estaba hecha y, un instante después, fue izada para colocarla luego bajo la espita por donde salía el café. Un chorro de leche, su compañero, el platillo, y la cuchara tintineando contra ella cuando los movieron de lugar.

Las manos que la cubrieron estaban heladas y por eso supo que era ella.

Aquella mujer que olía a jabón entraba a la cafetería de cuando en cuando, llenaba la mesa con cuartillas que garabateaba durante un buen rato, sorbía el café con leche a pequeños sorbos hasta que se quedaba frío y se marchaba sin cruzar una palabra de más con nadie. Siempre pedía que le sirvieran en la taza verde. “Verde como el bosque umbrío cuando lo ilumina un haz de luz valiente, como sus ojos”, musitaba para sí.

Y la taza parecía brillar un poco más cuando lo escuchaba. Le gustaba que la cogiera por el asa con la fuerza exacta y que se la llevara a los labios con cuidado, como si su contenido aún quemara aunque llevara mucho tiempo sin que el vapor se dispersara en volutas. Le gustaba porque, con cada sorbo que ella daba, la taza recibía de su boca parte de la historia que la mujer estaba escribiendo en ese momento.

De ese modo había viajado a Mesopotamia, la tierra entre dos ríos, se había colado en el dormitorio de cierta reina mientras confesaba sus secretos, viajado a la guerra cuando los morteros silbaban cruzando el cielo y se había enamorado en mil y una ocasiones. Así que, cuando la acercó a su rostro, soplando levemente para enfriar su contenido, la taza latía de anticipación ante una nueva historia.

Los labios sobre su borde, presionando. La punta de la lengua rozándola ligeramente, y un beso.

El primero. El calor de otra boca, un cosquilleo de los que cierran el estómago y la garganta, de los que te ponen del revés y no te importa si ese día es lunes o domingo, si la Tierra ha comenzado a girar del otro lado, si el cielo se oscurece y comienza la tormenta porque lo que deseas es empaparte con la lluvia, aferrarte a una cintura sabiendo que no vas a caer cuando lo haga el resto del planeta y que los días del calendario puedan confundirse al fin.

Después de haber visto tantos besos en tantas historias, la taza pensó que no podía conmoverse con uno más. Ella quería aventuras, visitar las pirámides o navegar por el Amazonas, pero la imagen de aquellos dos críos besándose en la esquina de una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera, hizo que una fina capa de vapor la cubriera.

El segundo sorbo le mostró caricias temblorosas e inexpertas sobre un sofá. Sintió cómo los latidos de dos corazones se desbordaban y también el miedo que les frenaba a ir más allá. Los jadeos, el aliento compartido y el vacío de la separación cuando se cerraba la puerta y la hoja de madera quedaba en medio de los dos tras la despedida. Sintió cómo era ser dueño de todo y de nada al mismo tiempo.

Tres. La taza quiso sacudirse la tristeza y la desesperación que le dejaron los labios al beber. Ya no había besos, ni caricias, ni abrazos, ni latidos, ni perder la cabeza, ni una mano que entrelazara los dedos con otra. Ni anclaje, ni cuerda que volara una cometa, ni sueños, ni despertares sin dolor. Había días de silencios sin atreverse a preguntar para así evitar las heridas, pero la piel ya se había quebrado y con cada respiración sin el aliento ansiado cerca, lo hacía aún más.

Con el cuarto sorbo, el café se volvió aún más amargo. Escuchó fragmentos de conversaciones que dolían más que los hechos y susurros a la espalda. Un abismo se abrió justo delante de sus pies y saltó para huir. En la caída perdió la ropa, la dignidad y el resto de piel que le quedaba. Pero la taza supo que olvidar no es nada fácil cuando algo se te tatúa en el alma. Suele grabarse con tinta indeleble al tiempo y la distancia, ni siquiera arrancando a bocados los jirones que aún pudieran quedar desaparece.

Los trazos de tinta siguieron dibujándose un rato sobre las cuartillas blancas. Aún quedaban un par de tragos en el fondo y la taza esperó para saber el final de la historia. En aquel impasse en el que solo podía escuchar el rasgado de la punta de la pluma deslizándose, pudo unir todas las imágenes y las sensaciones que la mujer le había dejado entre los restos de saliva. Y supo que en esa ocasión, estaba contando su propia historia.

Entonces, un temblor hizo que tintineara. La mujer cogió lo que había escrito esta tarde y lo rompió en pedazos mientras daba una palmada sobre la madera pulida con rabia.

—¡No debería haber ocurrido así! —Escuchó la taza justo antes de caer desde el borde de la mesa y estrellarse con un golpe seco.

Del resto, solo recuerda una voz temblorosa que la acunaba entre restos de café y azúcar cuando recogieron sus fragmentos del suelo.

—Lo siento, compañera de relatos —susurraba la voz de mujer que la sacó del aquel bar entre las manos heladas—. Se me dan bien los puzzles… Te reconstruiré pedazo a pedazo como lo hice conmigo y, aunque se noten las cicatrices, volverás a ser mi taza.

Ahora reposa sobre la balda de una alacena cualquiera en una ciudad cualquiera y espera, como siempre, la hora del café en la que la mujer la llena de líquido oscuro y escribe, junto a ella, aventuras en las que ya no es la protagonista.

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