Mi espejo se rompió una noche de San Juan

Mi primera vez. Este relato es muy especial para mí porque fue la primera vez que mostré mi lado oscuro, el primer intento de soltarme la melena y contar lo quería sin tapujos, sin pudor. Así que yo soy un poco como la protagonista de este relato. El espejo se rompió y liberó a quien estaba encerrado en él. Ahora vuelo sobre las letras sin cadenas.

Espero que os guste…

Tengo frío. Me cuesta abrir los ojos. Respiro profundamente aún en la oscuridad y mi pecho arde en cada bocanada. Cuando me abro al mundo, me abofetea un dolor sordo de cabeza. Mis manos tiemblan. El resto del cuerpo, también.

Contemplo el cielo despejado sobre mí. Amanece. Estoy tumbada sobre la hierba húmeda de rocío y siento la brisa en mi piel desnuda. ¿Dónde estoy?

Observo lo que me rodea pese a la neblina que cubre mi mirada. La cueva del santero está detrás de mí, deduzco que estoy cerca del río. Sí, ahora oigo el gorgoteo del agua y vislumbro su brillo entre los troncos de los álamos. Me incorporo. Veo mi ropa doblada sobre un tocón; el espejo está a mi alcance. Al abrirlo, caen los pedazos sobre mis piernas. Me cuesta pensar, lo intento. Recuerdo…

Recuerdo sus ojos reflejados sobre mi espejo de bolsillo. Aparecen de la nada mientras me arreglo el flequillo despeinado con mi peineta de placa y nácar. Ambos me los legaron hace tiempo: peineta y espejito mágico, memorias del ayer. Me sobresalto cuando me habla.

-¿Conoces la memoria de “la Encantada”? -me susurra al oído. Niego con la cabeza y prosigue con voz seductora-: En la noche de San Juan, una hermosa doncella peina sus largos cabellos delante de un espejo. Si un caballero se le acerca, ella le da a elegir su cuerpo o el peine que está utilizando. No sé por qué razón, en la leyenda el hombre siempre elige el peine y ella lo insulta, culpándolo por seguir encantada.

Su risa me arropa. Ojalá yo pudiera reír así, libre y sin preocupaciones. Me tiende la mano para que salte la hoguera a su lado. Me resisto y me siento sucia. No puedo abandonarme porque otra imagen me invade, una siniestra. No debería estar aquí, pero mis amigos me han convencido. “No puedes encerrarte para siempre. Ya es hora de que te diviertas un poco”, me dicen. Y me arrastran hasta el río donde han organizado la fiesta para saltar la hoguera: el fuego de San Juan que todo lo purifica.

Allí sigue su mano, tendida hacia mí, y en la otra una copa. Me recoloco la peineta y cierro el espejo. Ahora sus ojos se clavan en los míos directamente, sin reflejos. Bebo de su vaso porque aún no puedo dar un beso verdadero, pero él lo entiende, no sé cómo, y posa sus labios en el sitio exacto que he calentado con los míos. Toma un sorbo y me sonríe.

Me abrigo con ese gesto cálido que me brinda y doy el salto aferrada a su compañía. Las chicas nos miran y me animan, cuchichean y se dan codazos convencidas de que todo va bien. Sus carcajadas me marean, se superponen unas a otras y se enroscan en mi mente. La gente se divierte, quema lo viejo y se renueva. La noche nos envuelve y el fuego crepita con fuerza. Me noto la cara enrojecida, febril. Él no me ha soltado aún, ahora se ancla en mi cadera y, con ese gesto, encuentro un cosquilleo que hace tiempo que no sentía. Jugamos, bailamos…

Y entonces ocurre. Olvido…

Olvido quién quería ser y emerge aquello que tenía encerrado muy abajo, en mis entrañas.

Lo guío por la vereda semioculta por las zarzas y las hiedras, regalando promesas con las caricias de mis dedos.

Encuentro la cueva del santero, vigía del río Duratón, ancestral refugio para los que huyen. Él me sigue expectante hasta su interior, casi puedo ver la saliva que se le escapa de entre los labios pensando en lo que sucederá.

Allí, sobre el polvo de roca que tapiza el suelo, lo desnudo, me desnudo. Me acaricia el pecho en círculos hasta llegar al pezón, oscuro y sensible a su tacto. Siento su lengua sobre él, succionando. Gimo, o tal vez es a él quien lo hace y su sonido reverbera en mi vientre. Aparto su cabeza y me arrodillo. Esta vez soy yo la que lame y paladeo su esencia amarga. El jadeo resuena contra las paredes de la cueva y rompe el sueño de los murciélagos que se enredan en mi cabello enmarañado, aunque no me importa porque empiezo a derretirme como el hielo en esa copa de la que bebí hace un siglo. Cojo su mano y le indico el camino hasta la humedad que rezuma entre mis piernas. Estoy lista.

Se tumba sobre las piedras afiladas. Le da igual, creo que no lo nota. Me subo a horcajadas y me hundo hasta tocar sus caderas. Su miembro me llena. Subo y bajo, más deprisa, el sudor abre un sendero hasta mi ombligo. Siento que las llamaradas queman los restos de lo que quería ser. Ardo y estallo. Él me inunda.

Tras los últimos suspiros, impera el silencio. Ahora sí que puedo darle un beso de verdad, porque soy otra. Por eso, después de que mis labios se posan en los suyos, bebiendo su aroma, clavo mi peineta de plata y nácar en su garganta.

Aún le tengo dentro mientras el gorgoteo de la vida se escapa con la sangre que mana de su herida. Se ahoga en ella y yo le compadezco. Él no sabía que soy un monstruo, que me ha desencantado con su elección y que con su cuerpo en el mío ha liberado a la bestia. Llego una vez al éxtasis cuando el líquido rojo llega hasta mi sexo y resbala por mis mulos.

Todo ha acabado. Lo abandono y me voy al río para bañarme. Me tumbo, lánguida y húmedas, sobre la hierba y contemplo las estrellas. Los ojos se me cierran por el cansancio.

Lo recuerdo todo con claridad. Sonrío.

Imagen de Kasia Derwinska – El Espejo Roto.