Desde las profundidades

Hoy toca terror. ¿Por qué? Todo empezó con un juego al que me han invitado y me está gustando mucho. Se trata de una tirada de los story cubes cada semana.Tirada de terror

Aquí los tenéis. Todos los viernes, se tiran los dados y te estrujas la mente para escribir una pequeña historia con la combinación de imágenes que salgan. Esta semana me lo he pasado tan bien escribiendo este relato, que lo quiero compartir con vosotros. ¡Espero que os guste!

 

 

Desde las profundidades

El melanocetus nadaba en la oscuridad abisal, tanteando con sigilo las vibraciones del agua. Mantenía su mandíbula dismórfica abierta, los dientes como agujas preparados para cerrarse en torno a una presa y la luminiscencia de su aleta en alto como linterna para atraerla.
De pronto, un rugido hizo temblar la masa de agua densa como la gelatina que se resquebraja con un movimiento brusco. El relámpago con el que respondió el cielo en la superficie fue tan potente que el fulgor iluminó la zona por un momento y todas sus criaturas quedaron cegadas, inmóviles. Si hubieran podido ver el ojo que se asomaba entre las rendijas de su encierro en la fosa hadal hubieran huido… o hubieran muerto.

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La noche había cambiado alrededor del faro, pero no había nadie despierto para percatarse de ello. No sólo era la tormenta, el aire sabía a lodo primigenio, a polvo de hueso, al miedo más ancestral.
El niño soñaba en la habitación del fondo cuando se rompió el candado que aseguraba el recinto. Cuando se escuchó el chasquido, la sangre de los viejos marinos que corría por sus venas comenzó a gritar: ¡Corre! Pero tan solo su corazón se aceleró y se agitó, aún dormido.
La puerta se abrió con suavidad y un rostro, mitad calavera, mitad músculo descarnado se asomó por el resquicio. A través de las cuencas vacías sobresalían las puntas de sendos tentáculos verdosos que se clavaron, como una suerte de pupilas extrañas, en la figura tendida en la cama.
El niño continuó soñando y, en su pesadilla, ya no podía moverse si no era por medio de unos brazos tentaculares que tiraban de sus articulaciones, no podía hablar si no pronunciaba un idioma extraño que le quemaba la garganta y sabía a sal y a oscuridad.
A la mañana siguiente, los viejos pescadores se santiguaron y miraron aterrados al mar en calma. El sobrino del farero había desaparecido y, en su lugar, el cadáver descompuesto de otro niño, como una marioneta desmadejada que nadie recordaba, se desmoronaba sobre el colchón.