Días de niebla

Presenté este relato al concurso de primavera del foro Ábretelibro y quedé la tercera del jurado y tercera en la votación popular. Espero que os guste y ¡quiero comentarios! 

Días de niebla

Intenté escapar de ella en los primeros tiempos, pero fue en vano. Y sé que soy débil por necesitar lo que me da, por aceptar que tome lo que se le antoje de mí en cada encuentro. Así de fuerte es su devoción, inútil cualquier esfuerzo mío por huir. Soy consciente de que un día me disolveré del todo en ella, perderé mi sustancia, mi peso y densidad, y no seré.

En los ratos de lucidez, aún fantaseo sobre el modo de huir, pero la mayoría del tiempo tan solo subsisto sobre el camastro de la habitación que tengo alquilada en el 74th de Queensway street en Kensington Garden. Las rentas de la hacienda que heredé de mis padres aún me permiten darme ese lujo. Una cama y dos comidas calientes que no pueden llenar el vacío que siento, que no templan mi sangre tras mis encuentros con ella. El frío se cuela entre mis huesos y se enreda en ellos como una mortaja prematura. Jamás me abandona.

Hubo un tiempo en que cada día me proponía no acudir a la cita, quedarme en mi lecho y descansar, quizá solicitar ayuda de un médium o de un practicante del mesmerismo que intentara romper este vínculo, pero es arriesgado. Si se corre la voz, me ingresarán en una institución psiquiátrica y entonces me perderé definitivamente. Ahora, aunque cada noche vivo una mentira, durante un tiempo puedo olvidarme de todo y creer que realmente Eli está conmigo, aunque sepa que no es más que una burda imitación. Pero hoy va a ser distinto. Necesito una respuesta, un porqué. ¿Por qué yo? ¿Por qué me eligió a mí? Y estoy dispuesto a preguntárselo, aunque el terror y el deseo tiren cada uno hacia un lado y me partan en dos. Así que me levanto, peino los escasos cabellos que aún me quedan, ralos y finos en las sienes, me adecento un poco para pasar desapercibido por las calles y me dirijo a orillas de Támesis, a los subterráneos donde está ubicada la casa del opio, por donde ella se cuela para envolverme y hacerme suyo cada noche.

—Buenas noches, señor Collinwood —me saluda el chiquillo que vigila por si la policía se acerca. Es un crío harapiento que ya luce una cicatriz en el rostro y una mirada con un brillo peligroso en sus ojos negros. No dudo de que lleva escondida una navaja y de que sabe usarla. Siempre se moja los labios mientras me observa con detenimiento. Cuando me alejo tras ofrecerle un breve saludo, se lleva la mano derecha a los testículos y los aprieta echando hacia delante la cadera de forma brusca—. ¡Cuando quiera pagar, puede tener estos! —Me alejo, pero aún le escucho al adentrarme en el corredor que desciende—: ¡Por un plato de comida le dejo chupar!

Me sobreviene una náusea, pero el aroma que llega del subterráneo me calma por momentos. Dos matones flanquean la entrada al fumadero de opio. Son hombres curtidos, ásperos y compactos, que poco tienen que ver conmigo y mi estampa famélica y consumida. Mis dedos tiemblan al sacar la billetera. Solo mostrando una buena cantidad de libras puedes pasar al antro de Chin Lei Ming-Ho. Cuando me ve, la mujer asiática tuerce una sonrisa. Tiene los dientes de un tono oscuro, delgados y afilados, como las uñas que coronan sus dedos torcidos. El meñique derecho está cubierto por un punzón dorado adornado con símbolos chinos. He visto rebanar una garganta con ese filo y trago saliva cada vez que ella mueve su mano hacia mí.

—Señor Collinwood, de nuevo en mi casa. —Ladea la cabeza sin que el moño en el que se recoge el cabello aceitado se resienta—. Le he subido el precio de mis servicios. Ya sabe por qué. ¿Está dispuesto a pagarlo?

Asiento con la cabeza y, al punto, la mujer ejecuta un baile extraño con su diminuta figura, mientras se desprende un aroma almizclado a mi alrededor que me satura las fosas nasales. Da dos palmadas y la seda de su túnica revolotea; parece estar en varios sitios a la vez. La sala está dividida en varios cubículos delimitados por cortinajes opacos color sangre que no pueden contener las volutas de humo en movimiento, como serpientes del sueño enroscándose las unas con las otras. Desde un cuarto habilitado al fondo, y obedeciendo las órdenes de Chin Lei Ming-Ho, acuden las chicas. Visten tan solo unas batas y medias de lana hasta las rodillas. Los pechos que apenas sobresalen y la tersura de sus pubis me recuerda que son unas niñas. Yo ya lo sé, pero lo olvido convenientemente cada noche. Una de ellas me toma de la mano y me lleva al cubículo que voy a ocupar. Mi némesis necesita que haya alguien conmigo cuando acude a visitarme, así que debo contratar sus servicios: una pipa, una chica. Intento no fijarme en la cría, pero es imposible. Su vientre está anormalmente hinchado. «Preñada», pienso, y me avergüenzo porque no me importa, estoy ansioso por tener a Eli una vez más.

La muchacha aparta la cortina y me señala el diván en silencio. Me quito la chaqueta y me desabrocho los primeros botones de la camisa para tumbarme. Siempre hace mucho calor en el fumadero. Escucho los sonidos que provienen del resto de cortinas. Gemidos ahogados, lamentos, una cancioncilla infantil tarareada, algún golpeteo rítmico, sollozos.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto cuando vuelve a entrar con la bandeja que he pagado. Sobre ella, la pipa alargada, una lámpara de alcohol, una aguja que rueda con el bamboleo y la pasta de opio. La cría baja la mirada. Parece azorada con mi curiosidad.

—Marie, señor. Ya me conoce, no es la primera vez que le atiendo.

Arruga la naricilla y frunce el ceño. Me parece hermosa con esas mejillas redondeadas y los labios llenos, hasta que me doy cuenta de que es por el embarazo. No la recuerdo, el opio me borra toda imagen que no sea la de mi visitante nocturno. Marie se acerca a mí para encenderme la pipa con movimientos estudiados. Se ha quitado la bata. Su pezón derecho roza mi antebrazo y ella me mira como si no supiera lo que quiero hacer. Me sorprende el brillo de temor que descubro en sus ojos oscuros. Aspiro la primera bocanada. Me recuesto mientras el humo arde en mis pulmones durante tanto tiempo como puedo retenerlo ahí. Noto los dedos de Marie, pequeños y delgados, forcejeando con el resto de mis botones y sus manos me rozan la carne flácida. Aún no tengo frío. Espiro lentamente y las volutas me resultan tan familiares que no puedo reprimir un temblor. Ya falta poco para que ella llegue.

—Ven, pequeña —le pido. Y la niña acomoda su cuerpecillo desnudo contra el mío. Su vientre se apoya en mi cadera y quizá son imaginaciones mías, pero noto un movimiento a través de su piel. Con la segunda bocanada, comienzo a divagar sobre lo que un día fui. Me gustaría encontrar por mí mismo la razón de este maldito destino, así que cuento mi historia en voz alta por primera vez. Sé que Marie me escucha, aunque percibo sus músculos tensos. No entiendo muy bien la razón.

«Quizá no me creas, pequeña, ahora que me ves casi calvo, con este cuerpo blando y consumido, pero cuando ingresé en Peterhouse college, en la universidad de Cambridge, yo era un muchacho al que todos alababan por mi buen parecido y mi trato cortés. Decían de mí que era como una espiga de trigo, dorado y esbelto. Incluso mis iris tenían un matiz de bronce. Yo me reía y restaba importancia a los piropos, pero en cada ocasión en la que veía mi reflejo, me satisfacía el mechón ondulado que me caía sobre la frente y el contraste contra mi piel inglesa. Siempre me han gustado los deportes y estaba deseando probar mis aptitudes para el remo en las competiciones universitarias. Estaba lleno de energía y entusiasmo, era un necio.

Conocí a Elisabetta gracias a mi compañero de cuarto. Era su hermana pequeña y parecía que toda ella hubiera sido bendecida por el último rayo de sol de un atardecer otoñal. Llevaba siempre el cabello recogido en la nuca, pero ni siquiera los bucles retorcidos y aplastados al cráneo por el peinado de moda podían ocultar la voluptuosidad de su melena rojiza. Pestañas tupidas enmarcaban una mirada verde que se oscurecía cuando cavilaba sobre algún tema importante. Piel delicada, curvas que no lo eran. Dos conversaciones con ella, su carcajada tras una broma mía, y supe que era la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida.

Su hermano Michael nos dio su bendición. Al fin y al cabo yo era un muchacho de buena familia, muy popular entre los estudiantes, formal y con un gran futuro por delante. Cuando Eli venía a visitarnos, Michael nos acompañaba en nuestros paseos por el campus como exige la moral. Pero a veces se retrasaba a observar algún rosal del jardín, absorto en los movimientos de los pulgones sobre las hojas, solo para que pudiéramos tomarnos de la mano sin miradas indiscretas. El tacto de su piel desnuda me volvía loco. Entonces yo intentaba besar el nacimiento de su cuello a través del escote y ella se reía.

—¡Aquí no! —me decía entre susurros en mi oído. El calor de su aliento bajaba por mi pecho y encendía sensaciones a las que daba rienda suelta en las noches bajo la sábana de mi cama. Si soñaba con hacerla mía, la conclusión lógica era que lo fuera. Le pedí que fuera mi esposa.

No se me ocurrió mejor lugar que la ribera del río. A ella le encantaban los destellos de fuego arrancados en la superficie del agua por el atardecer desde que un día le dije que me recordaba a sus cabellos. Tomé su mano mientras Michael sonreía emocionado, me arrodillé y deslicé en su dedo el anillo que había heredado de mi madre. Entonces, se levantó el viento.

Hojas y ramas huérfanas nos azotaron con una fuerza inusitada. La bruma creció desde el río y comenzó a cubrir las orillas. Era una niebla densa y compacta que congelaba todo lo que tocaba. Se entrelazó en nuestros tobillos como si tuviera vida propia y Eli gritó de angustia cuando las volutas treparon por debajo de la falda de su vestido. Nos alejamos de allí con prisas, pero nos prometimos que nada empañaría el día en que nos habíamos prometido. Antes de despedirnos, besé a mi futura mujer en los labios y rocé su lengua con la punta de la mía. Un velo blanquecino y húmedo, restos de aquella bruma, se interpuso entre nuestros rostros. Escuché claramente: esta noche, amor mío y, aunque me pareció que su voz tenía un matiz extraño, supuse que era por la emoción, y un escalofrío de gozo me recorrió la espalda hasta hacerme jadear.

La niebla que había nacido en el río cubría también el campus de la universidad cuando regresamos. Michael me palmeó el hombro y estuvimos bebiendo una copa de coñac para celebrar que por fin seríamos hermanos. Recuerdo que me encendió un cigarro puro y me instó a que lo saboreara. El humo me quemó la garganta y empañó mis ojos. Su imagen se distorsionó  y la voz con la que me hablaba no me parecía real. Se reía. Era la primera vez que yo fumaba. También me reí. Recuerdo estar algo mareado.

Ve con ella, escuché a lo lejos mientras intuía una sonrisa en aquella mancha borrosa. Va a ser tuya dentro de poco. Yo os bendigo. Ve con ella.

La promesa que me hiciera Eli esa tarde me quemaba, así como el tacto de sus dedos, que yo imaginaba en ese momento rozándose contra el metal dorado del anillo de pedida, así que dejé a mi amigo envuelto en el humo del tabaco y salí a buscar un coche que me llevara hacia la casa de mi amada. ¿Qué le iba a decir al llegar? No lo pensé. Solo quería tenerla entre mis brazos.

El carruaje que encontré iba demasiado lento para mi gusto. El cochero me sonrió y me tranquilizó diciendo que no podía ir más rápido por la niebla, pero no me satisfizo su explicación. La quería a ella y la quería ya. Si no hubiera ido a buscarla aquella noche, pequeña Marie…

La mansión de los hermanos Moore se erigía en el barrio de Mayfair, entre pequeños jardines de parterres de flores y setos escrupulosamente cortados, aunque en ese momento solo podía adivinar su contorno al pasar junto a ellos. Le di una buena propina al cochero, estaba henchido de felicidad. En cuanto el sonido de las ruedas se alejó, la vi. Me esperaba junto a la puerta de entrada, con un camisón de seda ciñendo su cuerpo y el cabello de fuego cayendo sobre los hombros. Corrió hacia mí y tiró de mi brazo para que la siguiera.

Ven, amor mío. Vayamos hacia Hyde park para ver cómo son los destellos del agua en el lago Serpentine, me pidió. Lo hicimos. No me preocupó que tuviera las manos heladas o que sus labios tuvieran el tono de la sangre, ni que su piel pareciera de mármol y su voz vibrara un tono más grave. Solo podía admirar cómo la tela se pegaba a sus muslos con cada paso, deseando descubrir los pliegues que se ocultaban entre sus piernas.

Al llegar a la extensión verde del parque, la niebla era aún más espesa y tan solo se percibía la existencia del lago por el frío intenso que emanaba de él. Al llegar a la orilla, los destellos del agua se entreveían a través de los jirones blanquecinos que flotaban sobre ella. Eli se giró. Noté sus manos en la nuca y sus labios buscando los míos. En cuanto los toqué, no pude parar. Acaricié su piel por encima del camisón, pero con su primer gemido, deslicé mis manos por debajo. La besé y le mordí el cuello. Luego la tumbé sobre la hierba.

Los reflejos de plata también son hermosos, ¿verdad, amor mío? ¿No te gustan más que el maldito rojo de este cabello?, escuché que me preguntaba entre sollozos mientras mi boca bebía de entre sus piernas. Le contesté que sí sin entender lo que decía. Ella se incorporó y forcejeó con mis pantalones.

Soy tuya si me deseas. ¿Eres mío? ¿Recuerdas tu promesa?, me suplicaba con esa voz grave que resonaba como un eco demasiado lejano. ¡Tuyo! ¡Solo tuyo!, me oí responder justo antes de poseerla con un movimiento feroz. Un frío que me quemó por dentro recorrió todo mi cuerpo mientras el de ella se retorcía debajo entre gritos. Recuerdo haber succionado uno de sus pezones y notar el sabor de la sangre en la boca, pero ella me pedía más y yo se lo di. La poseí de mil formas y no hubo parte de su cuerpo que yo no cubriera con alguna del mío. Los hombros me ardían por sus arañazos, pero mi corazón estallaba de gozo cada vez que mi esencia lo hacía dentro de ella. Perdí la noción del tiempo y, agotado, me tendí sobre Elisabetta mientras el sueño me vencía. Me susurró: Eres mío. Recuérdalo. No puedes irte, antes de que todo se hundiera en la negrura.

La luz de la mañana me hirió en los ojos y tardé un momento en darme cuenta de que estaba en mi cama. Me dolía la cabeza. Retiré las sábanas húmedas por mis sueños con Elisabetta y sonreí al pensar que esas fantasías se cumplirían en mi noche de bodas. Entonces vi la sangre. Apenas unas gotas que fueron suficientes para alarmarme. Me llevé las manos al escozor de mis hombros y palpé los arañazos: desgarros de mi piel, marcas de uñas recorriendo mi espalda. Recordé entonces nítidamente sus gritos y el dolor de sus manos en garra sobre mi carne cuando la hice mía. Me vestí y aparté por completo las cortinas entreabiertas del ventanal. El sol iluminaba un cielo sin nubes. No había ni rastro de la niebla que había cubierto mi noche.

Unos golpes desesperados en mi puerta me sobresaltaron. Michel gritaba incoherencias sobre su hermana.»

Dejo de hablar porque los ojos me escuecen y tengo un nudo en la garganta que apenas deja pasar las vaharadas de opio hasta mis pulmones. Marie se agita contra mí. Está dormida. El cubículo ya está lleno de humo y un escalofrío recorre cada fibra de mi ser. Apenas puedo ver sus rasgos de niña a través del manto denso que fluctúa entre nosotros. Entonces llega ella. El cabello oscuro de Marie refulge entre destellos rojos y se alarga y ondula. La melena de fuego se desparrama sobre mi pecho y siento cómo las curvas de su cuerpo se dibujan de nuevo por una pluma diabólica. Se estrecha la cintura, se ensanchan las caderas. Abre los ojos y su verde se me clava, como siempre, en la herida que me abrió las entrañas aquel día.

Acaricio con dedos temblorosos la línea de su mentón y ella me sonríe. La beso con una urgencia insana. Su lengua recorre mis dientes y el dolor por ese contacto helado resuena en mi cráneo.

—¿Me has echado de menos, amor? —El sonido me llega un momento antes de que sus labios se muevan. Todo su cuerpo parece desvanecerse por momentos y luego vuelve a cobrar forma, aunque yo intento no pensar en ello. Así puedo creer que realmente es Eli. La aprieto contra mí sin poder poner palabras al ansia con el que la deseo, pero debo frenarme porque hoy necesito una respuesta. Me llevo la pipa a los labios y aspiro una bocanada para calmarme.

—Claro que te he echado de menos. Llevo echándote de menos mucho tiempo —le contesto con voz monocorde, mientras el humo se escapa de mi boca junto con las palabras. Ella comienza a acariciarme el pecho y yo le sujeto las muñecas para que se detenga—. Quiero hacerte una pregunta. ¿Por qué yo?

Ella levanta la cabeza y acerca su rostro al mío hasta que nuestros labios se rozan. Libera sus dedos de mi presa y comienza a dibujar círculos en los pliegues de mi ombligo, pensativa. Luego se incorpora de repente y se aleja un poco de mí. Está dolida.

—No lo recuerdas, ¿verdad? —Parece aún más inconsistente que de costumbre. Su contorno se difumina entre el humo que yo exhalo—. Nuestra primera vez…

—¿El lago Serpentine? —titubeo. El nombre se me atasca en la garganta provocándome un nuevo dolor. No quiero recordar.

—¡No! —Se levanta y al momento vuelve a caer sobre mí. Sus ojos ahora están velados por una película blanquecina que se mueve de un lado al otro de las cuencas—. ¡El día de la promesa! —Espera en silencio a que yo diga algo, pero no puedo. Mi mente se va una y otra vez a la orilla del lago donde tuve a Eli por primera y última vez—. Me conociste en Reding, amor —añade con rencor.

«¡Reding!», pienso y no logro encontrar un recuerdo que me lo aclare. Solo he visitado la ciudad de Reading una vez, pero era un niño y viaje allí por un asunto de negocios de mi difunto padre. Es una localidad en expansión, sede de importantes manufacturas.

—¿Comienzas a recordar ahora, amor? —me pregunta de nuevo. Sus manos me rodean el cuello mientras se pone a horcajadas sobre mí. Está helada, como siempre… Sus ojos vuelven a tener volutas blancas que ser retuercen sin cesar. He visto antes esos jirones que me envuelven, que se cuelan en mis huesos y me estremecen. Ahora sí, reconozco de pronto ese frío y la primera vez que lo sentí.

Debía tener ocho o nueve años. Ya no quería que mi madre me agarrara de la mano cuando paseábamos porque era demasiado mayor como para hacerlo. Le había insistido durante toda la jornada en ir a ver la llanura aluvial del Támesis en su confluencia con el río Kennet. Claudicó cuando mi padre ya se había marchado hacia su reunión, a pesar del mal tiempo que íbamos a soportar. Caminamos entre la niebla y en un momento dado escuché mi nombre entre susurros y cómo una brisa suave me retiraba el cabello de la frente. Me quedé clavado con ese contacto leve e invisible durante el tiempo suficiente como para perder a mi madre. Recuerdo mirar hacia todos los lados y no ver más que blancura, llamarla a gritos y que el sonido sonara opaco y muriera al poco de salir de mis labios; recuerdo el chapoteo de mis pies empapados y el terror a dar un paso en falso y que la corriente del río me tragara. La soledad total y absoluta de los latidos de mi corazón. Entonces escuché otra vez esa voz. Preguntaba si estaba solo, si quería compañía. Contesté que sí. Sentí cómo la bruma me abrazaba, cómo las volutas blanquecinas intentaban sostenerme y rodearme para darme cobijo. No sé cuánto tiempo pasé inmerso en la niebla, pero sí sé que me cuidó.

—Empecé a quererte en ese instante, amor —susurraron los labios de Eli—. Y tú me prometiste que siempre estarías conmigo si te llevaba de nuevo con tu madre.

Lo había borrado de mi mente por completo. Quizá se lo contara a los adultos cuando me encontraron y pensaron que deliraba debido a las bajas temperaturas y a que estaba empapado, o quizá lo arrinconé por miedo. La niebla me habló y yo le prometí lo que quiso para que sacara de allí.

—Y desde ese día eres mío. ¡Niño mentiroso! —Sus manos se enredan en el vello cano de mi pecho y se me escapa un gemido—.  Quisiste tener a otra de cabellos de fuego y de carne rosada, en vez de mis ondulaciones blancas y mis destellos de plata. Pero no podías ser de otra, humana o no. Lo prometiste. ¡Tú me obligas a tomar sus cuerpos para poder estar contigo! ¡Eres mío!

Se hace dolorosamente tangible de nuevo y siento sus pezones endurecidos contra mis palmas, la humedad entre sus piernas clamando ser probada y con un gruñido animal dejo salir la oscuridad que me posee con su contacto. Me volteo y me tumbo sobre ella para penetrarla con violencia. La necesito.

Como aquella vez a la orilla del lago Serpentine, repito cada movimiento de mi cuerpo sobre el de ella, cada mordisco, cada forma de poseerla una y otra vez. Vuelvo a escuchar sus gritos y sus súplicas con esa voz que me llega lejana, pero no me importa. No puedo parar hasta caer exhausto.

Alguien está llorando. Los sollozos me traen la imagen de mi amigo y hermano Michael Moore aporreando la puerta de la habitación aquella mañana tras mi sueño con Elisabetta. Cuando entró apenas le pude entender. «¡Muerta!», lloraba mientras se arrancaba los cabellos rubios y la saliva le caía por la comisura de sus labios temblorosos. Mi alma se partió en mil pedazos al comprender lo que Michael me estaba diciendo. Secuestrada, torturada, violada y arrojada al lago Serpentine como un despojo, me pudo explicar entre sollozos. Habían encontrado su cuerpo envuelto en el camisón que utilizaba para dormir, pero no sabían cómo había llegado hasta el lago. La puerta de la mansión no estaba forzada y el servicio no había escuchado nada. Me derrumbé mientras sentía una y otra vez sus uñas en mi espalda, mientras escuchaba sus gritos bajo mi cuerpo y saboreaba su sangre en mi boca. Había sido yo, yo la había violado y asesinado, pero no lo recordaba. Tuvieron que atenderme por un colapso nervioso; una semana confinado en la cama sobreviviendo a base de láudano que me hacían tragar a duras penas. Hubiera estado mejor muerto.

Poco a poco regreso al presente. El humo del opio se ha diluido un tanto y el cubículo se define de nuevo. Miro a la mujer que está bajo mí, vuelve a tener los rasgos de la pequeña Marie. Su cuello y sus pechos apenas esbozados llevan la marca de mis mordiscos. En su mirada se mezclan la tristeza y una sombra de miedo que crece al saberme despierto. Intenta escabullirse y me doy cuenta de que mi miembro aún está dentro de ella. Yo le devuelvo un gesto de vergüenza. Me retiro y Marie se acurruca mientras se lleva las manos al abdomen abultado. Tiene sangre en los muslos.

—Es la niebla —musito—. Ella es la culpable de todo esto. Me quiere y no me dejará libre. Le pertenezco, ¿sabes? Mientras tome la forma de Eli me tendrá a su merced. No puedo contenerme cuando… —Es tan joven que las náuseas vuelven a aparecer. Aparta la cortina y sale arrastrando los pies, sujetándose la tripa con las dos manos.

No vuelvo a encender la pipa que se ha apagado. Quiero que el humo se disipe del todo. «Debería matarme», pienso en un instante de lucidez. «Así me libraré de ella para siempre y no podré hacer más daño».

La luz cambia de tono cuando Chin Lei Ming-Ho entra. Me acusa con su dedo envuelto en la púa de metal y me enseña sus dientes afilados en una mueca.

—¡Se acabó, señor Collinwood! Ni siquiera cobrándole el doble que a otro cliente es rentable su paso por mi casa. Marie no podrá trabajar y es una de mis mejores chicas. —Vuelve a sacudir su dedo y lo acerca peligrosamente a mi cuello—. ¡Vístase y no aparezca nunca más!

Obedezco con los dos matones franqueando mi salida del fumadero de opio. El sabor de Marie me perdura aún en la boca, aunque durante un instante tuve el de Eli. «Poseí a Eli, no a Marie», me repito para calmarme. Y luego me doy cuenta de que no, de que he sido un juguete para aquella niebla y que con la única que he estado ha sido con ella. Desde la noche del lago Serpentine ha sido así. Avanzó subiendo por el túnel hasta la superficie. La humedad y el olor a orín y a podredumbre hacen que el poco aire que llega a los subterráneos sea irrespirable, pero yo me ahogo por otro motivo. Su ausencia. No soporto no verla, no tocarla, no sentir que estoy con ella una vez más. Recuerdo su pelo de bronce y su mirada verde clavada en la mía, sus besos dulces y su risa repiqueteando en mi oído. Su cuerpo y su alma. Y me sorprendo pensando que me da igual que en realidad no sea ella. La necesito de todas formas.

El chiquillo que vigila el acceso me hace una mueca que no sé descifrar. Jirones de niebla se enroscan entre sus piernas provenientes de las orillas del Támesis y respiro el aire helado de la noche londinense. Me doy asco.

—¿Sigue en pie la oferta de antes, muchacho? —le pregunto al crío mientras su cara se ilumina por la perspectiva de un plato de comida caliente, y asiente—. Ven conmigo a pasear por la ribera.

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