Días de niebla

Presenté este relato al concurso de primavera del foro Ábretelibro y quedé la tercera del jurado y tercera en la votación popular. Espero que os guste y ¡quiero comentarios! 

Días de niebla

Intenté escapar de ella en los primeros tiempos, pero fue en vano. Y sé que soy débil por necesitar lo que me da, por aceptar que tome lo que se le antoje de mí en cada encuentro. Así de fuerte es su devoción, inútil cualquier esfuerzo mío por huir. Soy consciente de que un día me disolveré del todo en ella, perderé mi sustancia, mi peso y densidad, y no seré.

En los ratos de lucidez, aún fantaseo sobre el modo de huir, pero la mayoría del tiempo tan solo subsisto sobre el camastro de la habitación que tengo alquilada en el 74th de Queensway street en Kensington Garden. Las rentas de la hacienda que heredé de mis padres aún me permiten darme ese lujo. Una cama y dos comidas calientes que no pueden llenar el vacío que siento, que no templan mi sangre tras mis encuentros con ella. El frío se cuela entre mis huesos y se enreda en ellos como una mortaja prematura. Jamás me abandona.

Hubo un tiempo en que cada día me proponía no acudir a la cita, quedarme en mi lecho y descansar, quizá solicitar ayuda de un médium o de un practicante del mesmerismo que intentara romper este vínculo, pero es arriesgado. Si se corre la voz, me ingresarán en una institución psiquiátrica y entonces me perderé definitivamente. Ahora, aunque cada noche vivo una mentira, durante un tiempo puedo olvidarme de todo y creer que realmente Eli está conmigo, aunque sepa que no es más que una burda imitación. Pero hoy va a ser distinto. Necesito una respuesta, un porqué. ¿Por qué yo? ¿Por qué me eligió a mí? Y estoy dispuesto a preguntárselo, aunque el terror y el deseo tiren cada uno hacia un lado y me partan en dos. Así que me levanto, peino los escasos cabellos que aún me quedan, ralos y finos en las sienes, me adecento un poco para pasar desapercibido por las calles y me dirijo a orillas de Támesis, a los subterráneos donde está ubicada la casa del opio, por donde ella se cuela para envolverme y hacerme suyo cada noche.

—Buenas noches, señor Collinwood —me saluda el chiquillo que vigila por si la policía se acerca. Es un crío harapiento que ya luce una cicatriz en el rostro y una mirada con un brillo peligroso en sus ojos negros. No dudo de que lleva escondida una navaja y de que sabe usarla. Siempre se moja los labios mientras me observa con detenimiento. Cuando me alejo tras ofrecerle un breve saludo, se lleva la mano derecha a los testículos y los aprieta echando hacia delante la cadera de forma brusca—. ¡Cuando quiera pagar, puede tener estos! —Me alejo, pero aún le escucho al adentrarme en el corredor que desciende—: ¡Por un plato de comida le dejo chupar!

Me sobreviene una náusea, pero el aroma que llega del subterráneo me calma por momentos. Dos matones flanquean la entrada al fumadero de opio. Son hombres curtidos, ásperos y compactos, que poco tienen que ver conmigo y mi estampa famélica y consumida. Mis dedos tiemblan al sacar la billetera. Solo mostrando una buena cantidad de libras puedes pasar al antro de Chin Lei Ming-Ho. Cuando me ve, la mujer asiática tuerce una sonrisa. Tiene los dientes de un tono oscuro, delgados y afilados, como las uñas que coronan sus dedos torcidos. El meñique derecho está cubierto por un punzón dorado adornado con símbolos chinos. He visto rebanar una garganta con ese filo y trago saliva cada vez que ella mueve su mano hacia mí.

—Señor Collinwood, de nuevo en mi casa. —Ladea la cabeza sin que el moño en el que se recoge el cabello aceitado se resienta—. Le he subido el precio de mis servicios. Ya sabe por qué. ¿Está dispuesto a pagarlo?

Asiento con la cabeza y, al punto, la mujer ejecuta un baile extraño con su diminuta figura, mientras se desprende un aroma almizclado a mi alrededor que me satura las fosas nasales. Da dos palmadas y la seda de su túnica revolotea; parece estar en varios sitios a la vez. La sala está dividida en varios cubículos delimitados por cortinajes opacos color sangre que no pueden contener las volutas de humo en movimiento, como serpientes del sueño enroscándose las unas con las otras. Desde un cuarto habilitado al fondo, y obedeciendo las órdenes de Chin Lei Ming-Ho, acuden las chicas. Visten tan solo unas batas y medias de lana hasta las rodillas. Los pechos que apenas sobresalen y la tersura de sus pubis me recuerda que son unas niñas. Yo ya lo sé, pero lo olvido convenientemente cada noche. Una de ellas me toma de la mano y me lleva al cubículo que voy a ocupar. Mi némesis necesita que haya alguien conmigo cuando acude a visitarme, así que debo contratar sus servicios: una pipa, una chica. Intento no fijarme en la cría, pero es imposible. Su vientre está anormalmente hinchado. «Preñada», pienso, y me avergüenzo porque no me importa, estoy ansioso por tener a Eli una vez más.

La muchacha aparta la cortina y me señala el diván en silencio. Me quito la chaqueta y me desabrocho los primeros botones de la camisa para tumbarme. Siempre hace mucho calor en el fumadero. Escucho los sonidos que provienen del resto de cortinas. Gemidos ahogados, lamentos, una cancioncilla infantil tarareada, algún golpeteo rítmico, sollozos.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto cuando vuelve a entrar con la bandeja que he pagado. Sobre ella, la pipa alargada, una lámpara de alcohol, una aguja que rueda con el bamboleo y la pasta de opio. La cría baja la mirada. Parece azorada con mi curiosidad.

—Marie, señor. Ya me conoce, no es la primera vez que le atiendo.

Arruga la naricilla y frunce el ceño. Me parece hermosa con esas mejillas redondeadas y los labios llenos, hasta que me doy cuenta de que es por el embarazo. No la recuerdo, el opio me borra toda imagen que no sea la de mi visitante nocturno. Marie se acerca a mí para encenderme la pipa con movimientos estudiados. Se ha quitado la bata. Su pezón derecho roza mi antebrazo y ella me mira como si no supiera lo que quiero hacer. Me sorprende el brillo de temor que descubro en sus ojos oscuros. Aspiro la primera bocanada. Me recuesto mientras el humo arde en mis pulmones durante tanto tiempo como puedo retenerlo ahí. Noto los dedos de Marie, pequeños y delgados, forcejeando con el resto de mis botones y sus manos me rozan la carne flácida. Aún no tengo frío. Espiro lentamente y las volutas me resultan tan familiares que no puedo reprimir un temblor. Ya falta poco para que ella llegue.

—Ven, pequeña —le pido. Y la niña acomoda su cuerpecillo desnudo contra el mío. Su vientre se apoya en mi cadera y quizá son imaginaciones mías, pero noto un movimiento a través de su piel. Con la segunda bocanada, comienzo a divagar sobre lo que un día fui. Me gustaría encontrar por mí mismo la razón de este maldito destino, así que cuento mi historia en voz alta por primera vez. Sé que Marie me escucha, aunque percibo sus músculos tensos. No entiendo muy bien la razón.

«Quizá no me creas, pequeña, ahora que me ves casi calvo, con este cuerpo blando y consumido, pero cuando ingresé en Peterhouse college, en la universidad de Cambridge, yo era un muchacho al que todos alababan por mi buen parecido y mi trato cortés. Decían de mí que era como una espiga de trigo, dorado y esbelto. Incluso mis iris tenían un matiz de bronce. Yo me reía y restaba importancia a los piropos, pero en cada ocasión en la que veía mi reflejo, me satisfacía el mechón ondulado que me caía sobre la frente y el contraste contra mi piel inglesa. Siempre me han gustado los deportes y estaba deseando probar mis aptitudes para el remo en las competiciones universitarias. Estaba lleno de energía y entusiasmo, era un necio.

Conocí a Elisabetta gracias a mi compañero de cuarto. Era su hermana pequeña y parecía que toda ella hubiera sido bendecida por el último rayo de sol de un atardecer otoñal. Llevaba siempre el cabello recogido en la nuca, pero ni siquiera los bucles retorcidos y aplastados al cráneo por el peinado de moda podían ocultar la voluptuosidad de su melena rojiza. Pestañas tupidas enmarcaban una mirada verde que se oscurecía cuando cavilaba sobre algún tema importante. Piel delicada, curvas que no lo eran. Dos conversaciones con ella, su carcajada tras una broma mía, y supe que era la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida.

Su hermano Michael nos dio su bendición. Al fin y al cabo yo era un muchacho de buena familia, muy popular entre los estudiantes, formal y con un gran futuro por delante. Cuando Eli venía a visitarnos, Michael nos acompañaba en nuestros paseos por el campus como exige la moral. Pero a veces se retrasaba a observar algún rosal del jardín, absorto en los movimientos de los pulgones sobre las hojas, solo para que pudiéramos tomarnos de la mano sin miradas indiscretas. El tacto de su piel desnuda me volvía loco. Entonces yo intentaba besar el nacimiento de su cuello a través del escote y ella se reía.

—¡Aquí no! —me decía entre susurros en mi oído. El calor de su aliento bajaba por mi pecho y encendía sensaciones a las que daba rienda suelta en las noches bajo la sábana de mi cama. Si soñaba con hacerla mía, la conclusión lógica era que lo fuera. Le pedí que fuera mi esposa.

No se me ocurrió mejor lugar que la ribera del río. A ella le encantaban los destellos de fuego arrancados en la superficie del agua por el atardecer desde que un día le dije que me recordaba a sus cabellos. Tomé su mano mientras Michael sonreía emocionado, me arrodillé y deslicé en su dedo el anillo que había heredado de mi madre. Entonces, se levantó el viento.

Hojas y ramas huérfanas nos azotaron con una fuerza inusitada. La bruma creció desde el río y comenzó a cubrir las orillas. Era una niebla densa y compacta que congelaba todo lo que tocaba. Se entrelazó en nuestros tobillos como si tuviera vida propia y Eli gritó de angustia cuando las volutas treparon por debajo de la falda de su vestido. Nos alejamos de allí con prisas, pero nos prometimos que nada empañaría el día en que nos habíamos prometido. Antes de despedirnos, besé a mi futura mujer en los labios y rocé su lengua con la punta de la mía. Un velo blanquecino y húmedo, restos de aquella bruma, se interpuso entre nuestros rostros. Escuché claramente: esta noche, amor mío y, aunque me pareció que su voz tenía un matiz extraño, supuse que era por la emoción, y un escalofrío de gozo me recorrió la espalda hasta hacerme jadear.

La niebla que había nacido en el río cubría también el campus de la universidad cuando regresamos. Michael me palmeó el hombro y estuvimos bebiendo una copa de coñac para celebrar que por fin seríamos hermanos. Recuerdo que me encendió un cigarro puro y me instó a que lo saboreara. El humo me quemó la garganta y empañó mis ojos. Su imagen se distorsionó  y la voz con la que me hablaba no me parecía real. Se reía. Era la primera vez que yo fumaba. También me reí. Recuerdo estar algo mareado.

Ve con ella, escuché a lo lejos mientras intuía una sonrisa en aquella mancha borrosa. Va a ser tuya dentro de poco. Yo os bendigo. Ve con ella.

La promesa que me hiciera Eli esa tarde me quemaba, así como el tacto de sus dedos, que yo imaginaba en ese momento rozándose contra el metal dorado del anillo de pedida, así que dejé a mi amigo envuelto en el humo del tabaco y salí a buscar un coche que me llevara hacia la casa de mi amada. ¿Qué le iba a decir al llegar? No lo pensé. Solo quería tenerla entre mis brazos.

El carruaje que encontré iba demasiado lento para mi gusto. El cochero me sonrió y me tranquilizó diciendo que no podía ir más rápido por la niebla, pero no me satisfizo su explicación. La quería a ella y la quería ya. Si no hubiera ido a buscarla aquella noche, pequeña Marie…

La mansión de los hermanos Moore se erigía en el barrio de Mayfair, entre pequeños jardines de parterres de flores y setos escrupulosamente cortados, aunque en ese momento solo podía adivinar su contorno al pasar junto a ellos. Le di una buena propina al cochero, estaba henchido de felicidad. En cuanto el sonido de las ruedas se alejó, la vi. Me esperaba junto a la puerta de entrada, con un camisón de seda ciñendo su cuerpo y el cabello de fuego cayendo sobre los hombros. Corrió hacia mí y tiró de mi brazo para que la siguiera.

Ven, amor mío. Vayamos hacia Hyde park para ver cómo son los destellos del agua en el lago Serpentine, me pidió. Lo hicimos. No me preocupó que tuviera las manos heladas o que sus labios tuvieran el tono de la sangre, ni que su piel pareciera de mármol y su voz vibrara un tono más grave. Solo podía admirar cómo la tela se pegaba a sus muslos con cada paso, deseando descubrir los pliegues que se ocultaban entre sus piernas.

Al llegar a la extensión verde del parque, la niebla era aún más espesa y tan solo se percibía la existencia del lago por el frío intenso que emanaba de él. Al llegar a la orilla, los destellos del agua se entreveían a través de los jirones blanquecinos que flotaban sobre ella. Eli se giró. Noté sus manos en la nuca y sus labios buscando los míos. En cuanto los toqué, no pude parar. Acaricié su piel por encima del camisón, pero con su primer gemido, deslicé mis manos por debajo. La besé y le mordí el cuello. Luego la tumbé sobre la hierba.

Los reflejos de plata también son hermosos, ¿verdad, amor mío? ¿No te gustan más que el maldito rojo de este cabello?, escuché que me preguntaba entre sollozos mientras mi boca bebía de entre sus piernas. Le contesté que sí sin entender lo que decía. Ella se incorporó y forcejeó con mis pantalones.

Soy tuya si me deseas. ¿Eres mío? ¿Recuerdas tu promesa?, me suplicaba con esa voz grave que resonaba como un eco demasiado lejano. ¡Tuyo! ¡Solo tuyo!, me oí responder justo antes de poseerla con un movimiento feroz. Un frío que me quemó por dentro recorrió todo mi cuerpo mientras el de ella se retorcía debajo entre gritos. Recuerdo haber succionado uno de sus pezones y notar el sabor de la sangre en la boca, pero ella me pedía más y yo se lo di. La poseí de mil formas y no hubo parte de su cuerpo que yo no cubriera con alguna del mío. Los hombros me ardían por sus arañazos, pero mi corazón estallaba de gozo cada vez que mi esencia lo hacía dentro de ella. Perdí la noción del tiempo y, agotado, me tendí sobre Elisabetta mientras el sueño me vencía. Me susurró: Eres mío. Recuérdalo. No puedes irte, antes de que todo se hundiera en la negrura.

La luz de la mañana me hirió en los ojos y tardé un momento en darme cuenta de que estaba en mi cama. Me dolía la cabeza. Retiré las sábanas húmedas por mis sueños con Elisabetta y sonreí al pensar que esas fantasías se cumplirían en mi noche de bodas. Entonces vi la sangre. Apenas unas gotas que fueron suficientes para alarmarme. Me llevé las manos al escozor de mis hombros y palpé los arañazos: desgarros de mi piel, marcas de uñas recorriendo mi espalda. Recordé entonces nítidamente sus gritos y el dolor de sus manos en garra sobre mi carne cuando la hice mía. Me vestí y aparté por completo las cortinas entreabiertas del ventanal. El sol iluminaba un cielo sin nubes. No había ni rastro de la niebla que había cubierto mi noche.

Unos golpes desesperados en mi puerta me sobresaltaron. Michel gritaba incoherencias sobre su hermana.»

Dejo de hablar porque los ojos me escuecen y tengo un nudo en la garganta que apenas deja pasar las vaharadas de opio hasta mis pulmones. Marie se agita contra mí. Está dormida. El cubículo ya está lleno de humo y un escalofrío recorre cada fibra de mi ser. Apenas puedo ver sus rasgos de niña a través del manto denso que fluctúa entre nosotros. Entonces llega ella. El cabello oscuro de Marie refulge entre destellos rojos y se alarga y ondula. La melena de fuego se desparrama sobre mi pecho y siento cómo las curvas de su cuerpo se dibujan de nuevo por una pluma diabólica. Se estrecha la cintura, se ensanchan las caderas. Abre los ojos y su verde se me clava, como siempre, en la herida que me abrió las entrañas aquel día.

Acaricio con dedos temblorosos la línea de su mentón y ella me sonríe. La beso con una urgencia insana. Su lengua recorre mis dientes y el dolor por ese contacto helado resuena en mi cráneo.

—¿Me has echado de menos, amor? —El sonido me llega un momento antes de que sus labios se muevan. Todo su cuerpo parece desvanecerse por momentos y luego vuelve a cobrar forma, aunque yo intento no pensar en ello. Así puedo creer que realmente es Eli. La aprieto contra mí sin poder poner palabras al ansia con el que la deseo, pero debo frenarme porque hoy necesito una respuesta. Me llevo la pipa a los labios y aspiro una bocanada para calmarme.

—Claro que te he echado de menos. Llevo echándote de menos mucho tiempo —le contesto con voz monocorde, mientras el humo se escapa de mi boca junto con las palabras. Ella comienza a acariciarme el pecho y yo le sujeto las muñecas para que se detenga—. Quiero hacerte una pregunta. ¿Por qué yo?

Ella levanta la cabeza y acerca su rostro al mío hasta que nuestros labios se rozan. Libera sus dedos de mi presa y comienza a dibujar círculos en los pliegues de mi ombligo, pensativa. Luego se incorpora de repente y se aleja un poco de mí. Está dolida.

—No lo recuerdas, ¿verdad? —Parece aún más inconsistente que de costumbre. Su contorno se difumina entre el humo que yo exhalo—. Nuestra primera vez…

—¿El lago Serpentine? —titubeo. El nombre se me atasca en la garganta provocándome un nuevo dolor. No quiero recordar.

—¡No! —Se levanta y al momento vuelve a caer sobre mí. Sus ojos ahora están velados por una película blanquecina que se mueve de un lado al otro de las cuencas—. ¡El día de la promesa! —Espera en silencio a que yo diga algo, pero no puedo. Mi mente se va una y otra vez a la orilla del lago donde tuve a Eli por primera y última vez—. Me conociste en Reding, amor —añade con rencor.

«¡Reding!», pienso y no logro encontrar un recuerdo que me lo aclare. Solo he visitado la ciudad de Reading una vez, pero era un niño y viaje allí por un asunto de negocios de mi difunto padre. Es una localidad en expansión, sede de importantes manufacturas.

—¿Comienzas a recordar ahora, amor? —me pregunta de nuevo. Sus manos me rodean el cuello mientras se pone a horcajadas sobre mí. Está helada, como siempre… Sus ojos vuelven a tener volutas blancas que ser retuercen sin cesar. He visto antes esos jirones que me envuelven, que se cuelan en mis huesos y me estremecen. Ahora sí, reconozco de pronto ese frío y la primera vez que lo sentí.

Debía tener ocho o nueve años. Ya no quería que mi madre me agarrara de la mano cuando paseábamos porque era demasiado mayor como para hacerlo. Le había insistido durante toda la jornada en ir a ver la llanura aluvial del Támesis en su confluencia con el río Kennet. Claudicó cuando mi padre ya se había marchado hacia su reunión, a pesar del mal tiempo que íbamos a soportar. Caminamos entre la niebla y en un momento dado escuché mi nombre entre susurros y cómo una brisa suave me retiraba el cabello de la frente. Me quedé clavado con ese contacto leve e invisible durante el tiempo suficiente como para perder a mi madre. Recuerdo mirar hacia todos los lados y no ver más que blancura, llamarla a gritos y que el sonido sonara opaco y muriera al poco de salir de mis labios; recuerdo el chapoteo de mis pies empapados y el terror a dar un paso en falso y que la corriente del río me tragara. La soledad total y absoluta de los latidos de mi corazón. Entonces escuché otra vez esa voz. Preguntaba si estaba solo, si quería compañía. Contesté que sí. Sentí cómo la bruma me abrazaba, cómo las volutas blanquecinas intentaban sostenerme y rodearme para darme cobijo. No sé cuánto tiempo pasé inmerso en la niebla, pero sí sé que me cuidó.

—Empecé a quererte en ese instante, amor —susurraron los labios de Eli—. Y tú me prometiste que siempre estarías conmigo si te llevaba de nuevo con tu madre.

Lo había borrado de mi mente por completo. Quizá se lo contara a los adultos cuando me encontraron y pensaron que deliraba debido a las bajas temperaturas y a que estaba empapado, o quizá lo arrinconé por miedo. La niebla me habló y yo le prometí lo que quiso para que sacara de allí.

—Y desde ese día eres mío. ¡Niño mentiroso! —Sus manos se enredan en el vello cano de mi pecho y se me escapa un gemido—.  Quisiste tener a otra de cabellos de fuego y de carne rosada, en vez de mis ondulaciones blancas y mis destellos de plata. Pero no podías ser de otra, humana o no. Lo prometiste. ¡Tú me obligas a tomar sus cuerpos para poder estar contigo! ¡Eres mío!

Se hace dolorosamente tangible de nuevo y siento sus pezones endurecidos contra mis palmas, la humedad entre sus piernas clamando ser probada y con un gruñido animal dejo salir la oscuridad que me posee con su contacto. Me volteo y me tumbo sobre ella para penetrarla con violencia. La necesito.

Como aquella vez a la orilla del lago Serpentine, repito cada movimiento de mi cuerpo sobre el de ella, cada mordisco, cada forma de poseerla una y otra vez. Vuelvo a escuchar sus gritos y sus súplicas con esa voz que me llega lejana, pero no me importa. No puedo parar hasta caer exhausto.

Alguien está llorando. Los sollozos me traen la imagen de mi amigo y hermano Michael Moore aporreando la puerta de la habitación aquella mañana tras mi sueño con Elisabetta. Cuando entró apenas le pude entender. «¡Muerta!», lloraba mientras se arrancaba los cabellos rubios y la saliva le caía por la comisura de sus labios temblorosos. Mi alma se partió en mil pedazos al comprender lo que Michael me estaba diciendo. Secuestrada, torturada, violada y arrojada al lago Serpentine como un despojo, me pudo explicar entre sollozos. Habían encontrado su cuerpo envuelto en el camisón que utilizaba para dormir, pero no sabían cómo había llegado hasta el lago. La puerta de la mansión no estaba forzada y el servicio no había escuchado nada. Me derrumbé mientras sentía una y otra vez sus uñas en mi espalda, mientras escuchaba sus gritos bajo mi cuerpo y saboreaba su sangre en mi boca. Había sido yo, yo la había violado y asesinado, pero no lo recordaba. Tuvieron que atenderme por un colapso nervioso; una semana confinado en la cama sobreviviendo a base de láudano que me hacían tragar a duras penas. Hubiera estado mejor muerto.

Poco a poco regreso al presente. El humo del opio se ha diluido un tanto y el cubículo se define de nuevo. Miro a la mujer que está bajo mí, vuelve a tener los rasgos de la pequeña Marie. Su cuello y sus pechos apenas esbozados llevan la marca de mis mordiscos. En su mirada se mezclan la tristeza y una sombra de miedo que crece al saberme despierto. Intenta escabullirse y me doy cuenta de que mi miembro aún está dentro de ella. Yo le devuelvo un gesto de vergüenza. Me retiro y Marie se acurruca mientras se lleva las manos al abdomen abultado. Tiene sangre en los muslos.

—Es la niebla —musito—. Ella es la culpable de todo esto. Me quiere y no me dejará libre. Le pertenezco, ¿sabes? Mientras tome la forma de Eli me tendrá a su merced. No puedo contenerme cuando… —Es tan joven que las náuseas vuelven a aparecer. Aparta la cortina y sale arrastrando los pies, sujetándose la tripa con las dos manos.

No vuelvo a encender la pipa que se ha apagado. Quiero que el humo se disipe del todo. «Debería matarme», pienso en un instante de lucidez. «Así me libraré de ella para siempre y no podré hacer más daño».

La luz cambia de tono cuando Chin Lei Ming-Ho entra. Me acusa con su dedo envuelto en la púa de metal y me enseña sus dientes afilados en una mueca.

—¡Se acabó, señor Collinwood! Ni siquiera cobrándole el doble que a otro cliente es rentable su paso por mi casa. Marie no podrá trabajar y es una de mis mejores chicas. —Vuelve a sacudir su dedo y lo acerca peligrosamente a mi cuello—. ¡Vístase y no aparezca nunca más!

Obedezco con los dos matones franqueando mi salida del fumadero de opio. El sabor de Marie me perdura aún en la boca, aunque durante un instante tuve el de Eli. «Poseí a Eli, no a Marie», me repito para calmarme. Y luego me doy cuenta de que no, de que he sido un juguete para aquella niebla y que con la única que he estado ha sido con ella. Desde la noche del lago Serpentine ha sido así. Avanzó subiendo por el túnel hasta la superficie. La humedad y el olor a orín y a podredumbre hacen que el poco aire que llega a los subterráneos sea irrespirable, pero yo me ahogo por otro motivo. Su ausencia. No soporto no verla, no tocarla, no sentir que estoy con ella una vez más. Recuerdo su pelo de bronce y su mirada verde clavada en la mía, sus besos dulces y su risa repiqueteando en mi oído. Su cuerpo y su alma. Y me sorprendo pensando que me da igual que en realidad no sea ella. La necesito de todas formas.

El chiquillo que vigila el acceso me hace una mueca que no sé descifrar. Jirones de niebla se enroscan entre sus piernas provenientes de las orillas del Támesis y respiro el aire helado de la noche londinense. Me doy asco.

—¿Sigue en pie la oferta de antes, muchacho? —le pregunto al crío mientras su cara se ilumina por la perspectiva de un plato de comida caliente, y asiente—. Ven conmigo a pasear por la ribera.

Sobre la esencia de los perfumes…

Eso dicen por ahí, que los buenos perfumes vienen en frascos pequeños. No sé si el dicho es cierto, básicamente porque no uso perfume, pero sé que escribir una historia completa con sentido mediante unas pocas frases es un reto.

Hace tiempo que quería reunir todos esos experimentos de Twitter en una entrada para tenerlos juntitos y bien avenidos. Espero que os gusten y no os resulten demasiado empalagosos, que las esencias concentradas, tienden al extremo.

 

La soledad de la tejedora

Tejió tantos hilos que le anclaran a ella, que cuando se fue, quedó cubierta de telarañas.

Hojas secas

Fue vaciándose de palabras y se llenó con los silencios que le dedicaban, hasta que perdió la voz.

 

Disolución

El mar era de un gris melancólico, tejido con recuerdos. Se sumergió y la espuma acogió los suyos.

Inspiración

Tu aliento en mis labios como el aleteo de una mariposa. Un segundo más y te respiraré entero.

La última pieza

Intenté encajar cada palabra, mirada y beso, hasta que te llamé amor y el puzzle se completó de repente.

Hogar, dulce… 

Prende la chimenea con la luz de tu sonrisa y allí se acurruca. Nunca tiene frío si te piensa, aunque se tape con cartones.

Tormenta de arena

Quiso hablarle, pero tras un tiempo mudo, la palabra salió vacía y arrastró el aire. El vendaval de silencio se los llevó.

Tinta en vena

Escribió sobre el agua y el viento, sobre sus pasos en la arena. Miró atrás, sus personajes le sonrieron. Nunca había estado sola.

Amnesia 

En el callejón sin salida del olvido, asesiné a quien le amaba. Reviví desangrada de su recuerdo.

¿Continuará el cuento?

Y fueron felices, y se comieron las ganas de echarse de menos.

Lunática fiebre

Esta noche es la luna la que pide a los lobos que aúllen. Quizá así consiga un poco de viento que la alivie.

Ortografía geométrica

Si me amaras en modo subjuntivo, rompería todos los condicionales. Quiero tu presente de indicativo.

Entre líneas

El negro y el blanco de tu mirada no entiende mis grises. Ignoras que sin ti, no tengo color, ni líneas que explicar.

Páginas nocturnas

Me cuenta la luna entre bostezos, los sueños que ha estado velando. Mis labios están sellados, pero mi pluma rebosa tinta.

Argamasa de letras

Con tinta y sueños, trabajé sobre el muro de mi realidad hasta que pude perderme en lo que había creado sin ver los ladrillos .

Sobre la noche y el día

—¿Por qué te vistes de noche si eres mediodía? —Quien quiera luz, tendrá que aceptar mis sombras.

Las princesas no existen

Entre mi flecha y tu espada, sólo cambia una línea. No necesito ser salvada, luchemos juntos.

Fuuuuuuuu

Soplaré y soplaré hasta ser capaz de aullar contigo, le aseguró caperucita al lobo. Y él le prometió una luna llena cada noche.

Dedicatoria

De saliva y aliento, sobre mi cuello se tatuaron tus besos. Y se desliza la tinta, dibujando mis versos, a golpe de sal y recuerdos.

Cóctel de hormonas

—¡Brindemos por la oxitocina, la dopamina y las endorfinas!

—Así me enamoré de ti.

—Durante tanto tiempo? —Soy de metabolismo lento

Incendios

Se encendió la chispa cuando se dio cuenta de que no era nadie. Se secaron sus sueños y se agrietó su piel. Se prendieron sus recuerdos en jirones ardientes y se astillaron sus huesos. Se elevó en llamas consumiendo los labios, los párpados, sus cabellos. Ardió desde las entrañas y se convirtió en polvo. Cuando el viento se llevó la ceniza, solo quedó el vacío. Nadie, nada.

Alma norteña

El mar en la costa norte es joven y fuerte. Menos salado por el paso del tiempo, de espuma helada y azul profundo. Golpea y se retira, como un cachorro demasiado grande que no mide su potencia. Las historias que me susurra por las noches, junto a las rocas, tienen el sabor de la sangre de los guerreros.

Lluvia en el reloj de arena

Desde el cielo de ceniza, cada gota se lleva un grano de arena para limpiar la playa de mi recuerdo. Se lleva el polvo del camino que me queda por recorrer para que, cuando regrese y me encuentre de nuevo con las olas batidas de espuma y la luna acariciándolas, amorosa, sean imágenes nuevas, limpias, sin manchas.

Versos al viento

Tres palabras susurradas,un deseo sin razón. Bajo el cielo de Granada, en custodia por el viento, te dejo batallas del alma, tormentas, un beso, mi voz…

Un beso inocente

—¡Bésala!
Rebulló, pero el empujón masculino la acercó aún más a la cama de matrimonio. El autobús del colegio llegaría pronto. Tendría que volver a inventar algo para contestar las preguntas del profesor: ¿tu madre sigue enferma?
Miró al hombre. Acariciaba el cuerpo embalsamado e incorrupto de su esposa con las yemas de los dedos en estado de éxtasis.
«Mamá está muerta y papá se ha vuelto loco». La besó.

Y de repente, el silencio

El punto final la estremeció. Buscó otro poema con que cubrirse.

 

Hijo de garza

«Este va a ser tu verano. Es la hora», le había susurrado la garza, y Mario le creyó porque nunca le había mentido.

Mientras recorría el camino que bordeaba el pueblo hacia la ribera del río, se lo repetía para sí mismo y sonreía. Cada vez que separaba los labios enseñaba los huecos de las dos paletas de leche perdidas dos meses atrás. Y si fruncía el ceño como respuesta a la vocecilla que escuchaba en su cabeza, casi inaudible ya por las palabras de la garza, se le plegaba la frente en una única arruga que le hacía parecer mayor de lo que era. En aquellos instantes fugaces le invadía el pánico y observaba sorprendido el cuchillo del matancero que ahora estaba recubierto de una costra de sangre, barro y paja.

Se lo había llevado del corral porque así se lo había pedido la garza y a él le gustaba sujetarlo entre sus manos. Ese iba a ser su verano. Él era el protagonista.

Se detuvo bajo los chopos que susurraban en verde y plata; el rumor del río se sumaba a ellos un poco más lejos. Aún no podía verlo, pero sí sentía su frescor. Pasó un dedo por el filo manchado y retiró parte de la mugre carmesí dejando a su vez un rastro de sangre fresca: la suya. El corte en la yema, limpio, brillante, se parecía poco al tajo en la garganta del abuelo; sangre vieja que salió a borbotones y se mezcló con el sudor de una jornada en el campo y con los trozos de paja que flotaban alrededor de las alpacas cuando se lanzó contra el cuerpo quejumbroso del viejo.

Así le silenció por fin.

Su abuelo nunca había creído en la existencia de la garza. «Déjale con nosotros durante el verano». Su voz grave y potente de campesino traspasaba puertas y paredes. «Con el trabajo en la granja se le quitarán esas tonterías». Y su madre accedió, aunque a ella no la pudo escuchar.

«¿Qué te pensabas?», se había carcajeado la garza aquel día, «¿Que tu madre iba a decir que no? No se negó cuando le ordené que se abriera de piernas cuando te concibió. Tu madre es débil, pero tú eres hijo mío y este será tu verano».

Mientras la sangre seguía manando por el corte del dedo bajo los chopos, Mario supo por qué se había llevado el cuchillo. ¿No iba a ser él el protagonista? ¿No iba a ser su verano? ¿Por qué no desaparecían todos de una vez y le dejaban ser quien era en realidad?

La garza no le había pedido que matara a sus abuelos. Lo había hecho por sí mismo. A uno, para que no sacara jamás el cinto cuando llegaba con plumas engarzadas en el cabello y lo estrellara contra su espalda hasta hacerla sangrar; a la otra, para que dejara de cogerle en su regazo después, mientras le susurraba que ella había visto a la garza sobre el alféizar de la ventana de la habitación de madre antes de quedarse preñada, pero que lo que tenía que hacer era callarse. Así que cuando la abuela cayó de rodillas junto al cuerpo desangrado del abuelo, gritando algo sobre el demonio, le hundió el cuchillo bajo el ombligo y siguió abriendo hasta que vio todo lo que quería ver. Por dentro era igual que madre, igual que el abuelo, pero no eran iguales que él.

A madre la había inspeccionado justo antes de coger el autobús para ir al pueblo. Sobre su cama, con las manos y los pies atados. Si él era el hijo de la garza, ¿cómo pudo salir por ese agujero? Los cortes dejaron al descubierto los tendones y los huesos de los brazos. Con eso no se podía volar. Le abrió los pómulos empapados de lágrimas y le sacó los dientes cuando ya no pudo gritar buscando el nacimiento del pico, pero no encontró nada. Se miró después en el espejo del baño y palpó los huecos de sus encías. Suspiró aliviado. Allí no había dientes y en el borde de los ojos seguía manteniendo aquella línea negra como la garza blanca. Sonrió, dio un beso a madre que le supo a óxido y a orina, y se fue al pueblo con los abuelos, hasta que no pudo más.   

Cuando la pareja de la guardia civil llegó a la chopera, Mario blandía el cuchillo del matancero, indolente, con los dedos ensangrentados y la mirada fija en la ribera, esperando.

Justo cuando los dos impactos de bala le quemaron el pecho y le impulsaron hacia atrás, Mario sonrió a la garza que le decía lo que debía hacer. Ante la mirada enloquecida de los guardias, el niño se clavó la punta del cuchillo en el ombligo y subió hasta que chocó con el esternón.

Si los dos hombres no hubieran caído de rodillas, agarrándose el estómago para no vomitar, hubieran visto cómo de sus entrañas surgía una bola de plumas blancas que alzó el vuelo desprendiéndose de la sangre mientras se elevaba. Mario la vio antes de que su conciencia se oscureciera por un momento. Después solo pudo ver la tierra que se alejaba y las nubes a su alrededor.

Imagen de Alejandra Miranda.

Desde las profundidades

Hoy toca terror. ¿Por qué? Todo empezó con un juego al que me han invitado y me está gustando mucho. Se trata de una tirada de los story cubes cada semana.Tirada de terror

Aquí los tenéis. Todos los viernes, se tiran los dados y te estrujas la mente para escribir una pequeña historia con la combinación de imágenes que salgan. Esta semana me lo he pasado tan bien escribiendo este relato, que lo quiero compartir con vosotros. ¡Espero que os guste!

 

 

Desde las profundidades

El melanocetus nadaba en la oscuridad abisal, tanteando con sigilo las vibraciones del agua. Mantenía su mandíbula dismórfica abierta, los dientes como agujas preparados para cerrarse en torno a una presa y la luminiscencia de su aleta en alto como linterna para atraerla.
De pronto, un rugido hizo temblar la masa de agua densa como la gelatina que se resquebraja con un movimiento brusco. El relámpago con el que respondió el cielo en la superficie fue tan potente que el fulgor iluminó la zona por un momento y todas sus criaturas quedaron cegadas, inmóviles. Si hubieran podido ver el ojo que se asomaba entre las rendijas de su encierro en la fosa hadal hubieran huido… o hubieran muerto.

*********

La noche había cambiado alrededor del faro, pero no había nadie despierto para percatarse de ello. No sólo era la tormenta, el aire sabía a lodo primigenio, a polvo de hueso, al miedo más ancestral.
El niño soñaba en la habitación del fondo cuando se rompió el candado que aseguraba el recinto. Cuando se escuchó el chasquido, la sangre de los viejos marinos que corría por sus venas comenzó a gritar: ¡Corre! Pero tan solo su corazón se aceleró y se agitó, aún dormido.
La puerta se abrió con suavidad y un rostro, mitad calavera, mitad músculo descarnado se asomó por el resquicio. A través de las cuencas vacías sobresalían las puntas de sendos tentáculos verdosos que se clavaron, como una suerte de pupilas extrañas, en la figura tendida en la cama.
El niño continuó soñando y, en su pesadilla, ya no podía moverse si no era por medio de unos brazos tentaculares que tiraban de sus articulaciones, no podía hablar si no pronunciaba un idioma extraño que le quemaba la garganta y sabía a sal y a oscuridad.
A la mañana siguiente, los viejos pescadores se santiguaron y miraron aterrados al mar en calma. El sobrino del farero había desaparecido y, en su lugar, el cadáver descompuesto de otro niño, como una marioneta desmadejada que nadie recordaba, se desmoronaba sobre el colchón.

Mi espejo se rompió una noche de San Juan

Mi primera vez. Este relato es muy especial para mí porque fue la primera vez que mostré mi lado oscuro, el primer intento de soltarme la melena y contar lo quería sin tapujos, sin pudor. Así que yo soy un poco como la protagonista de este relato. El espejo se rompió y liberó a quien estaba encerrado en él. Ahora vuelo sobre las letras sin cadenas.

Espero que os guste…

Tengo frío. Me cuesta abrir los ojos. Respiro profundamente aún en la oscuridad y mi pecho arde en cada bocanada. Cuando me abro al mundo, me abofetea un dolor sordo de cabeza. Mis manos tiemblan. El resto del cuerpo, también.

Contemplo el cielo despejado sobre mí. Amanece. Estoy tumbada sobre la hierba húmeda de rocío y siento la brisa en mi piel desnuda. ¿Dónde estoy?

Observo lo que me rodea pese a la neblina que cubre mi mirada. La cueva del santero está detrás de mí, deduzco que estoy cerca del río. Sí, ahora oigo el gorgoteo del agua y vislumbro su brillo entre los troncos de los álamos. Me incorporo. Veo mi ropa doblada sobre un tocón; el espejo está a mi alcance. Al abrirlo, caen los pedazos sobre mis piernas. Me cuesta pensar, lo intento. Recuerdo…

Recuerdo sus ojos reflejados sobre mi espejo de bolsillo. Aparecen de la nada mientras me arreglo el flequillo despeinado con mi peineta de placa y nácar. Ambos me los legaron hace tiempo: peineta y espejito mágico, memorias del ayer. Me sobresalto cuando me habla.

-¿Conoces la memoria de “la Encantada”? -me susurra al oído. Niego con la cabeza y prosigue con voz seductora-: En la noche de San Juan, una hermosa doncella peina sus largos cabellos delante de un espejo. Si un caballero se le acerca, ella le da a elegir su cuerpo o el peine que está utilizando. No sé por qué razón, en la leyenda el hombre siempre elige el peine y ella lo insulta, culpándolo por seguir encantada.

Su risa me arropa. Ojalá yo pudiera reír así, libre y sin preocupaciones. Me tiende la mano para que salte la hoguera a su lado. Me resisto y me siento sucia. No puedo abandonarme porque otra imagen me invade, una siniestra. No debería estar aquí, pero mis amigos me han convencido. “No puedes encerrarte para siempre. Ya es hora de que te diviertas un poco”, me dicen. Y me arrastran hasta el río donde han organizado la fiesta para saltar la hoguera: el fuego de San Juan que todo lo purifica.

Allí sigue su mano, tendida hacia mí, y en la otra una copa. Me recoloco la peineta y cierro el espejo. Ahora sus ojos se clavan en los míos directamente, sin reflejos. Bebo de su vaso porque aún no puedo dar un beso verdadero, pero él lo entiende, no sé cómo, y posa sus labios en el sitio exacto que he calentado con los míos. Toma un sorbo y me sonríe.

Me abrigo con ese gesto cálido que me brinda y doy el salto aferrada a su compañía. Las chicas nos miran y me animan, cuchichean y se dan codazos convencidas de que todo va bien. Sus carcajadas me marean, se superponen unas a otras y se enroscan en mi mente. La gente se divierte, quema lo viejo y se renueva. La noche nos envuelve y el fuego crepita con fuerza. Me noto la cara enrojecida, febril. Él no me ha soltado aún, ahora se ancla en mi cadera y, con ese gesto, encuentro un cosquilleo que hace tiempo que no sentía. Jugamos, bailamos…

Y entonces ocurre. Olvido…

Olvido quién quería ser y emerge aquello que tenía encerrado muy abajo, en mis entrañas.

Lo guío por la vereda semioculta por las zarzas y las hiedras, regalando promesas con las caricias de mis dedos.

Encuentro la cueva del santero, vigía del río Duratón, ancestral refugio para los que huyen. Él me sigue expectante hasta su interior, casi puedo ver la saliva que se le escapa de entre los labios pensando en lo que sucederá.

Allí, sobre el polvo de roca que tapiza el suelo, lo desnudo, me desnudo. Me acaricia el pecho en círculos hasta llegar al pezón, oscuro y sensible a su tacto. Siento su lengua sobre él, succionando. Gimo, o tal vez es a él quien lo hace y su sonido reverbera en mi vientre. Aparto su cabeza y me arrodillo. Esta vez soy yo la que lame y paladeo su esencia amarga. El jadeo resuena contra las paredes de la cueva y rompe el sueño de los murciélagos que se enredan en mi cabello enmarañado, aunque no me importa porque empiezo a derretirme como el hielo en esa copa de la que bebí hace un siglo. Cojo su mano y le indico el camino hasta la humedad que rezuma entre mis piernas. Estoy lista.

Se tumba sobre las piedras afiladas. Le da igual, creo que no lo nota. Me subo a horcajadas y me hundo hasta tocar sus caderas. Su miembro me llena. Subo y bajo, más deprisa, el sudor abre un sendero hasta mi ombligo. Siento que las llamaradas queman los restos de lo que quería ser. Ardo y estallo. Él me inunda.

Tras los últimos suspiros, impera el silencio. Ahora sí que puedo darle un beso de verdad, porque soy otra. Por eso, después de que mis labios se posan en los suyos, bebiendo su aroma, clavo mi peineta de plata y nácar en su garganta.

Aún le tengo dentro mientras el gorgoteo de la vida se escapa con la sangre que mana de su herida. Se ahoga en ella y yo le compadezco. Él no sabía que soy un monstruo, que me ha desencantado con su elección y que con su cuerpo en el mío ha liberado a la bestia. Llego una vez al éxtasis cuando el líquido rojo llega hasta mi sexo y resbala por mis mulos.

Todo ha acabado. Lo abandono y me voy al río para bañarme. Me tumbo, lánguida y húmedas, sobre la hierba y contemplo las estrellas. Los ojos se me cierran por el cansancio.

Lo recuerdo todo con claridad. Sonrío.

Imagen de Kasia Derwinska – El Espejo Roto.

La taza

La taza esperaba su turno, amontonada junto a sus hermanastras, sobre la barra. Aún humeaba y pequeñas gotas se deslizaban por sus paredes después del último lavado.

La campanilla de la puerta al abrirse hizo que vibrara la loza de la que estaba hecha y, un instante después, fue izada para colocarla luego bajo la espita por donde salía el café. Un chorro de leche, su compañero, el platillo, y la cuchara tintineando contra ella cuando los movieron de lugar.

Las manos que la cubrieron estaban heladas y por eso supo que era ella.

Aquella mujer que olía a jabón entraba a la cafetería de cuando en cuando, llenaba la mesa con cuartillas que garabateaba durante un buen rato, sorbía el café con leche a pequeños sorbos hasta que se quedaba frío y se marchaba sin cruzar una palabra de más con nadie. Siempre pedía que le sirvieran en la taza verde. “Verde como el bosque umbrío cuando lo ilumina un haz de luz valiente, como sus ojos”, musitaba para sí.

Y la taza parecía brillar un poco más cuando lo escuchaba. Le gustaba que la cogiera por el asa con la fuerza exacta y que se la llevara a los labios con cuidado, como si su contenido aún quemara aunque llevara mucho tiempo sin que el vapor se dispersara en volutas. Le gustaba porque, con cada sorbo que ella daba, la taza recibía de su boca parte de la historia que la mujer estaba escribiendo en ese momento.

De ese modo había viajado a Mesopotamia, la tierra entre dos ríos, se había colado en el dormitorio de cierta reina mientras confesaba sus secretos, viajado a la guerra cuando los morteros silbaban cruzando el cielo y se había enamorado en mil y una ocasiones. Así que, cuando la acercó a su rostro, soplando levemente para enfriar su contenido, la taza latía de anticipación ante una nueva historia.

Los labios sobre su borde, presionando. La punta de la lengua rozándola ligeramente, y un beso.

El primero. El calor de otra boca, un cosquilleo de los que cierran el estómago y la garganta, de los que te ponen del revés y no te importa si ese día es lunes o domingo, si la Tierra ha comenzado a girar del otro lado, si el cielo se oscurece y comienza la tormenta porque lo que deseas es empaparte con la lluvia, aferrarte a una cintura sabiendo que no vas a caer cuando lo haga el resto del planeta y que los días del calendario puedan confundirse al fin.

Después de haber visto tantos besos en tantas historias, la taza pensó que no podía conmoverse con uno más. Ella quería aventuras, visitar las pirámides o navegar por el Amazonas, pero la imagen de aquellos dos críos besándose en la esquina de una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera, hizo que una fina capa de vapor la cubriera.

El segundo sorbo le mostró caricias temblorosas e inexpertas sobre un sofá. Sintió cómo los latidos de dos corazones se desbordaban y también el miedo que les frenaba a ir más allá. Los jadeos, el aliento compartido y el vacío de la separación cuando se cerraba la puerta y la hoja de madera quedaba en medio de los dos tras la despedida. Sintió cómo era ser dueño de todo y de nada al mismo tiempo.

Tres. La taza quiso sacudirse la tristeza y la desesperación que le dejaron los labios al beber. Ya no había besos, ni caricias, ni abrazos, ni latidos, ni perder la cabeza, ni una mano que entrelazara los dedos con otra. Ni anclaje, ni cuerda que volara una cometa, ni sueños, ni despertares sin dolor. Había días de silencios sin atreverse a preguntar para así evitar las heridas, pero la piel ya se había quebrado y con cada respiración sin el aliento ansiado cerca, lo hacía aún más.

Con el cuarto sorbo, el café se volvió aún más amargo. Escuchó fragmentos de conversaciones que dolían más que los hechos y susurros a la espalda. Un abismo se abrió justo delante de sus pies y saltó para huir. En la caída perdió la ropa, la dignidad y el resto de piel que le quedaba. Pero la taza supo que olvidar no es nada fácil cuando algo se te tatúa en el alma. Suele grabarse con tinta indeleble al tiempo y la distancia, ni siquiera arrancando a bocados los jirones que aún pudieran quedar desaparece.

Los trazos de tinta siguieron dibujándose un rato sobre las cuartillas blancas. Aún quedaban un par de tragos en el fondo y la taza esperó para saber el final de la historia. En aquel impasse en el que solo podía escuchar el rasgado de la punta de la pluma deslizándose, pudo unir todas las imágenes y las sensaciones que la mujer le había dejado entre los restos de saliva. Y supo que en esa ocasión, estaba contando su propia historia.

Entonces, un temblor hizo que tintineara. La mujer cogió lo que había escrito esta tarde y lo rompió en pedazos mientras daba una palmada sobre la madera pulida con rabia.

—¡No debería haber ocurrido así! —Escuchó la taza justo antes de caer desde el borde de la mesa y estrellarse con un golpe seco.

Del resto, solo recuerda una voz temblorosa que la acunaba entre restos de café y azúcar cuando recogieron sus fragmentos del suelo.

—Lo siento, compañera de relatos —susurraba la voz de mujer que la sacó del aquel bar entre las manos heladas—. Se me dan bien los puzzles… Te reconstruiré pedazo a pedazo como lo hice conmigo y, aunque se noten las cicatrices, volverás a ser mi taza.

Ahora reposa sobre la balda de una alacena cualquiera en una ciudad cualquiera y espera, como siempre, la hora del café en la que la mujer la llena de líquido oscuro y escribe, junto a ella, aventuras en las que ya no es la protagonista.

Cae la nieve

Hoy es un día especial. Hace diez años llegó mi revolución, se desató la tormenta que me ha convertido en lo que soy. Este micro es un regalo…

Cae la nieve

Llegaste en medio de una ventisca en la que mis vientos se arremolinaban en torno al dolor. Por un momento lo cubrió todo, pero amaneció rozando el último grito y, por fin, llegó la calma a mi vientre.
Entonces comenzó a caer la nieve. Al principio fueron unos copos pequeños y desvaídos que aparecieron como por casualidad. Aún estaba dolorida y confusa, y tan solo podía contemplar la luz que brillaba en tu rostro sin atreverme a tenerte en mi regazo, aunque ya habías estado dentro de mí y jamás te irías.

Esa misma noche se cubrieron los caminos que yo tenía marcados para ti. ¿Y qué podía hacer perdida entre tu blancura? Solo quererte.
Tus sollozos se mezclaron con los míos y llegué a pensar que no te merecía, porque nunca he sido capaz de dibujar un copo de nieve. Intenté atraparlos entre mis dedos, intenté escarbar entre el frío para volver al sendero, pero siguió nevando. Por más que me esforzaba en entender la trayectoria de los destellos que se desprendían del cielo, no era capaz de seguir su recorrido hasta mi piel.

Tú me enseñaste que lo único que podía hacer era contemplar la nieve caer y seguir tus huellas minúsculas sobre el suelo blando, arrastrar mis ojeras hasta tu sonrisa y quererte. Abrir la boca para beberme todo lo que cupiera en ella e intentar que se fundieran tus besos breves antes de rendirte al sueño.
A veces, te conviertes en lluvia y empapas mi regazo. Otras, eres granizo que azota mi paciencia y entonces, tú, que también haces girar tus vientos para formar tormentas, me desafías en combate hasta que las dos perdemos. Y te quiero sin medida.
Diez años, mi niña, y la nieve sigue cayendo.

Sobre tildes y acentos

Yo no soy de letras. Algunos recordarán ciertos test que nos hacían en el instituto para ayudarnos a elegir entre el camino de la ciencia o de las humanidades. A mí me dio un cincuenta por ciento en cada cosa, así que no me sacó de dudas. Al final, opté por ser sanitaria, que tiene un poco de arte y un poco de ciencia.

El caso es que, cuando comencé a escribir un poco más en serio, me di cuenta de mis carencias en el uso de las reglas. ¿Y por qué es importante a la hora de contar una historia? A mí me parece que está claro: debes escribir tan bien, que el lector no se dé cuenta de esa perfección. Es decir, poner la forma al servicio de la historia.

En Factoría de autores me ofrecieron la oportunidad de escribir artículos de ortografía y gramática para su blog. Y acepté, principalmente porque me así me obligo a investigar y a refrescar conocimientos. He mejorado mucho gracias a ello.

Hoy os dejo mi artículo semanal. Espero que os guste y que os ayude, si lo necesitáis.

¡Un beso enorme!

Tildes y reglas de acentuación.

Corazón de dragón, cuerpo roto

Me voy a teñir el pelo de azul.

Nadie me cree, pero va a ser así. Mi hermana se ha reído, pero seguro que me ayuda, siempre lo hace. Además, ya tengo catorce años y puedo tomar mis propias decisiones. Me tendrán que escuchar, en lo del pelo y en lo otro. Al final conseguiré las dos cosas, pero primero insistiré en un azul eléctrico, para convencerla de que me ayude para lo siguiente voy a necesitar todas mi dotes de persuasión.

El libro está sobre la silla en la que mi madre espera. Ahora creo que se ha ido a tomar un café. Mejor, prefiero estar solo. En clase, en el insti, siempre lo estoy y no es incómodo. Prefiero ser un mueble aposentado en el fondo del aula y pensar con tranquilidad, a que todos se giren hacia mí con esa mirada de “cómo puede soportarlo”. Menos mal que eso únicamente sucedió al principio de curso. Como siempre.

Esta mañana… ¿Seguro que es por la mañana? ¡Ah! Sí, han venido a asearme ya… El azul del reloj que está colgado en la pared es más oscuro. Imagino que fuera estará nublado. Intento mirar sólo al reborde color cielo, pero los ojos se me van hacia el movimiento de las agujas, no puedo remediarlo.

No sé por qué han traído el libro si no puedo leerlo. Vivirlo a través de la voz de mi madre no es lo mismo. ¡Cómo si pudiera imaginarme cruzar Rohan a caballo si me hablan en el mismo tono en el que me anuncian el cambio de pañal! Y la pronunciación de los nombres…

El polvo baila en aquel rayo de luz que entra por la ventana. Es fascinante. Parece que se desliza lentamente sobre él, pero si lo miras con más atención, gira con un movimiento rápido y se deshace en fragmentos para luego volver a unirse en un remolino. Es blanco, pero la luz lo hace dorado. Dorado, dorado. Y baila solo para mí porque soy el único que lo ve, que lo admira. Nadie se fija en él teniéndome delante.

Me duele la oreja. Un poco, un pinchazo en la curvatura, como siempre. Mira que intento que no me coloquen así, pero no me hacen ni caso cuando protesto. ¡Catorce años! Y no me sirve de nada.

Ahora es un escozor que recorre todo el cartílago y la presión aumenta. Es como si me la estuvieran partiendo en dos. ¡Joder! ¡Me duele! ¡Me duele! No lo soporto. Intento escupir el tubo de la garganta para gritarles, pero está bien anclado a ella y sujeto a mi boca con esta maldita cinta anudada. Toso y otro dolor se suma al de la oreja. Pero ha merecido la pena porque los aparatos se han vuelto locos con esos pitidos y luces intermitentes. Ahora vendrán.

¡Sí! ¡Ya están aquí! No, no, no… Otra aspiración, no. ¡Es la oreja! Pero no me hacen caso, de nuevo, y meten la cánula por el tubo para librarme de unos mocos que no tengo. Parpadeo hasta que las lágrimas ruedan por mi cara. Ellas se dan cuenta de que estoy consciente. Vuelvo los ojos hacia la derecha y las miro.

—¿Te molesta algo, Marcos?

¡Claro, joder! Parecen tontas. Intento mover el cuello para señalar la oreja derecha. Debo respirar muy rápido porque el monitor no deja de pitar. Una se acerca mucho a mi cara, como si no pudiera oírla bien desde donde está.

—¿Es el cuello?

Ladeo la cabeza lo que puedo, que no es mucho, y parece que me entiende.

—¿La cabeza? ¿Te damos un masaje en el cuello?

Me encanta que pasen las manos por mis vértebras retorcidas, la fricción y el calor son un alivio, aunque cada vez lo noto menos. Pero no… ¡No! ¡No quiero! ¡El dolor es insoportable!

—No te entiendo, Marcos… ¡La oreja! ¿Es eso?

Podría llorar de nuevo, esta vez de alivio, pero no lo hago porque se distraerían. Parpadeo en respuesta. Ella asiente.

Mete los dedos entre los sacos de arena que me sujetan la cabeza para que no la mueva y encuentra el doblez culpable de esta desazón.

—¡Pero si tienes la oreja doblada! No me extraña que estuvieras inquieto. Espera…

Me masajea el punto doloroso con un poco de aceite. Sería capaz de darle un beso, si pudiera. Ya tengo catorce años y, para ser una enfermera, no está tan mal. Le sonrío y a ella se le llenan los ojos de lágrimas. ¡Se jodió el encanto! No soporto que me miren con ese brillo de lástima, así que cierro los párpados como si fuera a dormirme.

Creo que ya se han ido. Abro solo una rendija para comprobarlo y veo que una de ellas está cargando una jeringa con el líquido de una ampolla marrón. Toca morfina. De lujo.

Me inyecta la dosis en el suero que viaja directo a mis venas y un cosquilleo cálido me inunda la garganta y sube hacia la cabeza. Es la única parte del cuerpo que siento, del cuello para arriba, desde que cumplí tres años y ese maldito tumor se hizo dueño de mi columna vertebral.

Y ahora una maldita neumonía me tiene atrapado a un respirador en una cama de hospital. Ni siquiera puedo leer, ni hablar… Solo contemplar este maldito hueco en la UCI donde me mantienen vivo.

Cuando salga de aquí me voy a teñir el pelo de azul… y así no se fijarán en mi cuerpo deforme, ni en mis brazos inertes, ni en unas piernas que no me han sostenido nunca. Ya tengo catorce años.

El polvo toma la forma de un dragón que vuela sobre la cama haciendo piruetas. Me está entrando sueño… Mi hermana me ayudará. Ahora se gira hacia a mí, sus escamas doradas relucen, y me invita a subir en su lomo. La habitación desaparece y yo con ella. Lo hará. Y lo otro también. Es hermoso, elevarse así…

Cuando quiera volar lejos de este cuerpo roto para siempre, la convenceré. No se negará. Lo sé. Nunca lo hace.