El mago y el extraño dragón

Imagen blog teatroEscribir para los niños es muy complicado. Interpretar para ellos algo que tú has escrito, muchísimo más. Si no eres ni actriz, ni escritora de temática infantil, se convierte en un reto inmenso.

Hace casi un año del estreno de esta obra de teatro. Un grupo de madres de la asociación de familias del colegio decidimos hacer algo para los niños de educación infantil y 1º y 2º de primaria. Yo me encargué de escribir la pequeña obra de teatro y entre todas la pulimos. Resultado: muchas risas y ver la caritas de los niños hipnotizados mientras la historia de este mago (al que todos llamaron bruja, no comprendo el motivo) y su amigo el dragón se desgranaba en el aula.

Salimos airosas de este público tan difícil y aprendimos muchísimo. No nos juzguéis duramente, utilizamos los materiales que teníamos a mano y la historia es sencilla. Espero que os guste mi segunda obra de teatro infantil (sí, sí, hay una primera también grabada en vídeo, pero es un poco más complicado traerla a este rincón. Si lo consigo, será otra de las entradas del blog).

Para poder ver a este mago peculiar, pincha el enlace… ¡Ya me contarás!

El mago y el extraño dragón

Entra el mago muy preocupado y gesticulando mucho.

Mago: ¡Ay! ¡Ay! Pero ¿Cómo es posible? ¡Ay, la que he liado en un momento! ¡Uy! Si aquí hay muchos niños. Igual… ¿Os gustaría ayudarme a salir del lío en el que me he metido?

Contestan los niños

Mago: A ver, a ver… Empecemos por el principio.

Yo soy un mago poderoso que, al jugar con las palabras, creo hechizos sin quererlo. Tengo dos amigos y compañeros que me ayudan con la magia, y jugamos y viajamos en el tiempo.

Pero ¿sabéis que ha pasado? Que mi memoria me falla y he recitado dos hechizos que han enviado a mis amigos al pasado y ahora no sé cómo traerlos de vuelta.

Mi primer amigo es el dragón Ramplón, que de peligroso no tiene nada. Ni siquiera puede hacer fuego con su rugido como cualquier dragón que se precie. Por eso está conmigo, como no le salen chispas por la boca, me ayuda a crear versos sin peligro.

El caso es que el dragón Ramplón quería ir a la época de los caballeros y los castillos para encontrar a su antepasado más lejano, el gran dragón Verdemusgo, bisabuelo de todos los dragones modernos. Así que rimamos unas cuantas palabras y lanzamos una pizquita de polvo mágico y… ¡Tachán! ¡Desapareció!

Pero, ay, amigos, ahora no me acuerdo de las rimas que dijimos para traerle de vuelta y ¡Ya es la hora del almuerzo! ¡Tiene que tener un hambre!

Entonces, ¿me ayudáis a completar las palabras mágicas? Empezaba así:
Si al pasado quieres viajar y un castillo encontrar, bien fuerte debes soplar y la palabra mágica …

A ver, a ver… una palabra que rime con viajar, encontrar y soplar… (GRITAR)

Ahora todos juntos y al final, tenéis que decir la palabra mágica: ZUBÍ-ZUBÁ el dragón aparecerá.

Todos juntos dicen los versos y la palabra mágica: aparece el dragón

Dragón: ¡Ay! ¡Ay! Qué bien que me hayas traído de vuelta, Mago. ¡No te vas a creer lo que me ha pasado! Uy… si tenemos compañía… ¡Cuántos niños!

Mago: Pero ¿estás bien, dragón? Me tenías preocupado… ¿Has encontrado por lo menos a tu antepasado?

Dragón: Uff, vaya lío que se montó en un segundo. Y casi, casi…
Mago: ¿Casi, casi, qué?
Dragón: espera, espera, que te lo cuento… que seguro que a todos estos niños, también les gustará conocer mi historia. ¿Queréis que os la cuente? Imaginaos que cuando el mago dijo las palabras mágicas, se abrió un túnel de colores y yo me lancé dentro dando vueltas y vueltas… como una lavadora. Acabé tan mareado, que cuando aterricé en el pasado, no sabía muy bien dónde estaba…

En la pantalla aparece un torbellino y luego una imagen de un castillo.

Dragón: ¡Uy! ¡Qué mareo! ¡Anda, mira! ¡Qué castillo tan bonito! ¿Estará por aquí mi bisabuelo el dragón Verdemusgo?

Mira hacia los lados, debajo de las sillas, entre los niños.

Aparece el caballero.

Caballero: ¡Alto ahí, malvada cosa verde!
(El dragón se queda quieto, mira hacia los lados)
Dragón: ¿Malvada cosa verde? ¡Oye, que yo soy un dragón muy honrado. Caballero: ¿Un dragón? Peor me lo pones, los dragones son todos malvados,

con esas escamas verdes y echando fuego por la boca y tan grandes… Bueno, tú no eres muy grande, pero seguro que eres peligroso si eres un dragón. ¡Vaya suerte la mía! Matándote, podré conseguir mi título de caballero. Así que… (se prepara para luchar)

Dragón: ¡Oye, oye, oye! Que yo no soy malvado, ni quiero que me mates. Si yo solo quiero aprender a ser un buen dragón. No entiendo por qué necesitas matarme para que te nombren caballero.

Caballero: ¡Eso lo sabe todo el mundo! Mira, mira… lo pone en las tres reglas de la caballería: si un buen caballero quieres ser, siempre habrás de comportarte amable y cortés.

Dragón: pues no estás siendo muy amable conmigo…

Caballero: pero tú eres un dragón, eso no cuenta. Bueno, bueno, sigo…

Si un buen caballero quieres ser, al que lo solicite ayudarás del derecho y del revés.

Dragón: pues yo necesito ayuda, que quiero encontrar a…

Caballero: ¡Calla, calla! Que aquí viene lo bueno.
Si un buen caballero quieres ser, lucharás contra el peligro que hay que temer.

Dragón: ¿Y eso por eso? Pero yo no soy ningún peligro, ni hay que tenerme miedo. ¡Pero ni siquiera puedo echar fuego por la boca. ¡Mira, mira! Pfffrrrrruuuuurrr

Hace ruidos con la boca

El caballero se dirige a los niños

Caballero: ¿Qué hago? ¿Este dragón os parece peligroso? ¿Creéis que debería ayudarle? A ver, a ver, dragón… ¿Qué es lo andas buscando?

Dragón: a mi bisabuelo Verdemusgo, que le quiero preguntar cómo hacer fuego con la boca.

Caballero: ¡Pero entonces sí que quieres ser peligroso!

Dragón: No, no, no… Yo lo que quiero es aprender a hacer fuegos artificiales, que quedan bien bonitos en las fiestas.

Caballero: Vale, vale… está bien, seré amable y cortés, y como me lo has pedido, te ayudaré. En esta época, todos los dragones se van de vacaciones al lago sulfuroso, que como todo el mundo sabe, es rojo y huele fatal. ¡Te acompañaré!

Se van andando y se pone un pañuelo rojo en la mesa mientras en la pantalla van cambiando los paisajes.

Mago: Así que, al final se comportó como un caballero, ¿verdad?
Dragón: Fue muy valiente. Recorrimos montañas, bosques, cruzamos ríos y navegamos por mares de colores… Pero eso te lo contaré en otra ocasión. ¿Puedo continuar?

Mago: continua, continua… es tu historia…

Cuando llegan a su destino, se oye una voz cavernosa

Verdemusgo: ¿Quién osa molestarme en mis vacaciones?

Dragón: ¡Ostras! Pues sí que da miedo.

Caballero: (poniéndose delante) No te preocupes, dragón, que yo te protegeré. ¡Sal y da la cara, cobarde!

Verdemusgo: (saliendo) ¡Pero bueno, qué modales son esos! Estos niños seguro que saben decir las cosas mejor. ¿Cómo se saluda? (preguntando a los niños) ¿Veis?: buenos días, hola ¿cómo estás?

Dragón: perdón, perdón… Es que con esa voz tan ronca… nos has asustado.

Verdemusgo: (Grita y ruge) ¡Un caballero! ¿Qué intenciones traes? Si intentas atacarme te freiré como a un huevo. ¿Y qué haces tú, animalillo verde, en compañía de un caballero buscando dragones? ¿No sabes que somos enemigos y que solo quieren darnos caza?

Dragón: ¡Bah! Solo al principio parecía peligroso, luego ha querido ayudarme, así que no es tan malo. ¿Verdad niños? Uy, se me ocurre una idea muy buena. ¿No sería mejor que fuerais juntos para ayudar a la gente? Un dragón poderoso y un gran caballero. ¡Podíais ayudar a mucha gente los dos!

Caballero: El caso es que… yo me canso mucho porque lucho muy bien, pero soy pequeño.

Verdemusgo: Y yo… me gustaría ayudar, pero me ven tan grande, que todo el mundo huye cuando me ven aparecer.

El caballero se sube a lomos del dragón grande y vuelan

Dragón: ¡Genial! Y ahora, ¡Ejem! Yo quería encontrarte para preguntarte una cosa… Y es que no echo fuego como cualquier dragón y como tú eres el más poderoso dragón de la familia… pues a ver si me puedes ayudar.

Verdemusgo: (mira al dragón y mira a los niños) ¿Vosotros creéis que es un dragón? ¿Seguro? ¿Qué animal creéis que puede ser? ¡Un cocodrilo!

Dragón: ¿Yo? ¿Yo un cocodrilo? ¿Y por eso no echo fuego?

Verdemusgo: Da igual que seas un dragón o un cocodrilo, lo único importante es que tengas ganas de aprender el secreto del fuego… Los dragones nos lo pasamos de

generación en generación, pero como has tenido una idea estupenda y me has buscado un compañero, creo que te puedo confesar el secreto a ti también. (Le habla al oído)

Se oyen la palabras mágicas y el decorado desaparece

Dragón: Y así ha sucedido mi aventura. ¿Os ha gustado?

Mago: Pero, ¿entonces? ¿No eres un dragón? ¿Eres un cocodrilo?

Dragón: Pues mira, mago, los demás pueden decir lo que quieran, pero yo me siento dragón, así que soy un dragón.

Mago: a mí me parece estupendo. ¿A que es un dragón estupendo? (dirigiéndose a los niños) ¿Y nos vas a enseñar cómo sacas fuego por la boca?

Dragón: a ver si me sale… También hay que decir unas palabras mágicas, repetid conmigo:
para el fuego de colores poder ver, dad una palmada y contar hasta tres. ¡Uno, dos, tres! (se repite)

El dragón echa encima de los niños confeti o similar.

Bajo la luz de una vela

Shhh… ¡Silencio! ¿Queréis que os cuente algo que escribí hace tiempo? ¿Escuchar mi voz? ¿Creéis que seré capaz de declamar este trocito de historia? ¿Que he expresado los sentimientos que afloran en el enamoramiento? Luego me lo cuentas…

 

Escríbeme a la luz de las velas, me pides. Y yo, que desde hace un tiempo ya no pienso y solo soy capaz de sentir, accedo con algo de curiosidad. Así que encuentro una, la enciendo con cuidado y contemplo la llama fascinada: hace mucho que no me perdía en su baile tembloroso. Acerco los dedos y, al percibir el calor tímido que los acaricia, pienso en ti. ¿Cómo no hacerlo?

Fueron tus palabras las que llegaron primero. Así, como por casualidad. Haciéndome reír cuando no tenía ganas, invitándome a formar parte de ti. Trocito a trocito, frase a frase, tejiste una cuerda para que me aferrara a ella. Y me enredé sin quererlo.
Escríbeme, me pides y yo no sé si es debido a la luz de la vela, pero observo las letras que se desgranan en el papel, de un tono anaranjado ahora, y me parece que lo que te cuento en estas líneas se desvanece ante mis ojos. Se me antoja vacío de significado.

No quiero escribirte. No quiero que me escribas.

Quiero ver cómo se tiñe de anochecer tu piel, tan solo iluminada por esta llama que arde cada vez más fuerte. Desordenar tu pelo con un movimiento rápido de mis dedos y comprobar si eres capaz de ponerme esa mueca de niño malo que tanto me gusta. Deslizar mis labios sobre los tuyos, tanteando el sabor que me prometen. Que sigas la trayectoria de mis lunares sobre la espalda y les encuentres un significado que a nadie más se le ha ocurrido buscar.

Quiero que nos aprendamos de memoria las muescas con las que la vida nos ha tatuado, que me mires a los ojos y me los cierres a besos. Que te pierdas en mí cogiéndome de la mano y no encuentres el camino de vuelta. Dejar que nos consuma el fuego, recoger las cenizas y comprobar que aún están calientes para comenzar de nuevo.

Quiero que me respires, deshacerme en lluvia bajo tus manos y que me bebas para saciar tu sed. Ser el alimento que te mantenga despierto y la canción que te deslice hacia los dominios de Morfeo. Que me busques y que, al encontrarme, no me sueltes jamás. Encajar y ser uno. Que no se deslíe el abrazo que nos mantiene hasta que estemos exhaustos y, cuando nos separemos, te lleves el aroma de mi piel en el alma.

Quiero ser lo peor que has probado: loba sobre la nieve para morderte, semilla de amapola para que te quedes conmigo, la tormenta que te empape en un segundo.
Quiero ser lo mejor que te ha pasado: refugio para tus heridas, tus acordes preferidos, el punto y seguido de tus renglones.

Quiero… que marques el camino hacia mi ombligo con saliva, que mis caderas se alcen reclamándote, un instante feroz en el que pronuncies mi nombre y todo lo demás desaparezca.

Tú me pides que te escriba porque solo tenemos palabras con las que disfrutar este juego. Y yo lo hago. Pero cuando repaso los párrafos, me doy cuenta de que hay palabras que no se deben enviar porque están escritas al ritmo del fuego y comprendo por qué me pediste que lo hiciera bajo la luz de esta vela. La llama ilumina mis rincones más oscuros, desvela lo que palpita bajo la nieve y te confieso lo que quizá de otro modo no sabrías. He caído en tu trampa.

Entonces acerco el borde de esta carta hacia la mecha y dejo que se consuma en humo sobre mi escritorio. Admiro cómo se derrite la cera y cae por los laterales, suave como una caricia, y me doy cuenta de que te diría una sola cosa.

No quiero escribirte, quiero tenerte.