El reverso de la moneda

 

Primavera de relatosAquella primera imagen de la mujer recogiendo colillas me golpeó suavemente, como llamando a la puerta de mi intelecto pidiendo permiso para traspasar el umbral. La acompañaban otras distintas; cada una, promesa de una historia diferente que debía escribir. Pero no estaba yo para permitir que dolores ajenos invadieran mi espacio. Bastante tenía con lo mío.

Recuerdo el momento con meridiana claridad. Salía del edificio blanco y gris atestado de pequeñas ventanas deslucidas que tan bien he llegado a conocer y el viento se enredó en mi cabello ─esa media melena que llevo desde los albores de mi juventud─, arrastrando los mechones hacia las mejillas encendidas por la discusión que había tenido momentos antes.

─Lo entiendo, quizá le vendría bien un ansiolítico suave ─me dijo la muchacha con voz blanda, demasiado blanda para las noticias que habían salido de su boca; con el rostro redondeado de polluela recién salida del cascarón atento a mis gestos y ese punto de compasión desquiciante bailando en las pupilas.

No pude por menos que echarme a reír. La carcajada casi saltó de mi boca, impulsada por la rabia. Cuando faltan las palabras, a veces es mejor ir derramando amargura. Mejor eso que no involucionar como un agujero negro que se traga hasta el minúsculo rayo de luz que viaja por el espacio.

─Tú no entiendes nada. ¿Cómo vas a entenderlo? Maldita cría. ¿Cuántos años tienes? ¿Ya te han dado permiso para independizarte? ¿Y te atreves a darme lecciones sobre lo que yo siento?

─Señora, no la permito…

─Me lo vas a permitir todo porque estoy en mi derecho de gritar y enfadarme, y de llamarte cría y de llorar todo lo que me de la gana. ¿Entendido?

Y me fui cerrando la puerta de un portazo que sacudió las cabezas de todos los que estaban esperando fuera. Tengo mi carácter. Las lágrimas no llegaron hasta que salí del ascensor, en la planta baja. Silenciosas. Ya llegarían los gemidos plañideros en la intimidad de mi piso, allí había aún demasiada gente desconocida y una tiene su orgullo, aunque jamás me vuelvan a ver. Nunca se sabe.

Así que cuando aquella escena de la mujer agachada pasó por mi mente traída por el viento, como las nubes preñadas de tormenta que oscurecían el cielo, la arrinconé con ferocidad sin detenerme en los detalles, aplastando la necesidad de coger la pluma y describir ese gesto de concentración en cuanto comenzó a germinar. Estaba recreándome en mi barro particular, hundiéndome en las arenas movedizas de la autocompasión, sin ganas de nadar hacia la superficie y aquel cuerpo desastrado que yo adivinaba maltratado y que, sin embargo, lucía un rostro iluminado por las ganas de vivir, me ofendió en lo más profundo de mi ser. Y aún así, la tuve que poner un nombre: Sol, por la luz que irradiaba a pesar del desagradable asunto que se traía entre manos. Sí, sé que es bastante cursi, creo que fueron las circunstancias. En todo caso, solo se podía llamar así.

Semanas después, una segunda imagen ocupó de pronto todo el espacio de mis pensamientos ─en un golpe de viento, de nuevo─, y supe que mi gran amigo quería decirme algo. Esta vez no pidió permiso, me estremeció de arriba abajo con su embate y, durante un segundo, la mujer que recogía colillas del suelo fue todo lo que pude ver. En aquella ocasión, languidecía en el sofá con Bruna tendida sobre mi vientre revuelto. La ventana estaba abierta a los olores de una primavera recién descubierta y la luz moribunda de la tarde tocaba apenas las orejas grandes y sedosas de mi compañera canina. Bruna está hecha de pedazos de otras razas, componiendo un collage único en el que ella es la reina absoluta. Bonita hasta decir basta o eso me lo parece a mí. Tiene hocico y orejas de teckel, pelo largo y fino de labrador, y un cuerpo a mitad de camino entre el basset y el terrier. Una delicia.

El golpe de viento nos sobresaltó a las dos. A mí por lo inesperado de una imagen que ya no recordaba. A ella por lo tempestuoso del gesto. Y aunque no tenía mucho ánimo para nada, sentí el cosquilleo en mis dedos con el que comienza esa necesidad, esa angustia que es casi una enfermedad. Cuando el viento me trae sus historias, tengo que plasmarlas en papel. Es doloroso, las ideas a veces se gestan en un instante, pero luego hay que parirlas. Hasta que

no lleno con curvas de tinta los folios en blanco, esa desazón intensa no cesa. Así que fui a recoger mis utensilios de escritura a la habitación que utilizo como cuarto para trastos. Vivir sola tiene sus ventajas. Tuve que hacer una pequeña parada en el baño para vaciar de nuevo mi estómago agitado por las nauseas y cogí la fina pluma con filigranas de plata que Joaquín me regaló en un arrebato amoroso de los suyos hace mucho tiempo, cuando los encuentros y desencuentros eran la base de nuestra relación.

Observé un momento aquellas manos pálidas y nervudas que la sostenían. Estaban cubiertas por minúsculas cicatrices y hematomas que dibujaban un mapa milimétrico de mis visitas al hospital. Tenían predilección por las manos. Ahora ni siquiera lo intentan ahí. Una a una, mis venas han ido claudicando al veneno en forma de inyección amarillenta.

Volví a mi hueco del sofá en el salón. Bruna se removió un poco, algo descontenta con el cambio de posición. La situé a mi lado. Ella siempre apoya su cabeza en alguna parte de mi cuerpo, en este caso, se acogió a la curva desigual de mi pierna derecha, así que tuve que apoyar mi libreta en la otra. Eché la manta sobre mis hombros para templar un poco este frío que últimamente me entumece los huesos y empecé a escribir. Imaginé una vida turbia y mil desgracias, comunes para alguien que vive en la calle, pero Sol es un personaje ingobernable y dicta su propio camino. Cansada de luchar contra una historia que no quería ser contada, me dejé llevar.

«Se agacha encorvando su cuerpecillo enjuto, invisible para los que caminan a su alrededor. Estampa olvidada de lo que nadie quiere ver, de lo que nadie quiere admitir. Capas de ropa superpuesta de un tono ceniciento, como el gris de su cabello, van engordando en volumen medio kilo de arrugas y unos huesos de pájaro herido. Las guedejas que escapan de un moño maltrecho enmarcan un rostro que sonríe hacia dentro. Recoge las colillas de la acera. Las evalúa con gesto experto y las separa según sus cualidades. Las mejores se las mete con cuidado en el bolsillo del abrigo de paño acartonado. El resto vuela de nuevo hacia el asfalto por encima de su hombro. Quien osa mostrar desagrado se encuentra con una mirada limpia y dulce inmersa en un mundo propio de vencedores y vencidos y una burla de su lengua afilada que dice cosas con solo descubrirse entre los labios; la línea del bien y del mal se difumina cuando se vive en la calle y el invierno al descubierto impone sus propias reglas de convivencia.

El viento agita los flecos del chal que envuelve sus hombros, juguetón, pero ella declina la invitación apretando los labios agrietados en señal de desacuerdo. Esa noche no. Tiene una cita importante con la oscuridad de un destino incierto, pero ella lo solucionará. Como siempre.

La recolección ha sido provechosa. Arrastra su carrito repleto de trozos de vida por las calles tardías ya desiertas: una radio sin antena, un paraguas volteado que alguien abandonó, cartones secos, una manta verde esperanza, un sombrero sin flor, dos libros sin final, el final de una novela sin empezar y una canción entre los labios que sabe a añejo y a romero.

En el camino se encuentra con viejos recuerdos que le trae la ventisca. Muchos son amargos, como el de la infancia perdida entre golpes y nubes de alcohol, una huida en la que perdió todo. Y luego la calle, cobijo y desazón. Días de grises lamentos, de la mano extendida hacia la compasión o hacia la culpa del otro. Monedas, un trozo de pan, unas sonrisas ─las menos─, la eterna espera sin meta. Y más tarde la aceptación, la caricia de los primeros rayos del amanecer en el rostro, el descubrimiento de que las manos sucias y agrietadas también saben acariciar.

Apenas es consciente, mientras arrastra entre chirridos destemplados su carrito, de que alguien la observa ─quizá un tenue estremecimiento en la base de la nuca que la contemplación de ese espectáculo que es el encendido del alumbrado nocturno borra de un plumazo─ . Una sombra indefinida tras los contenedores, un transeúnte que adapta, sospechosamente, su paso al caminar lento de Sol y sus trastos.

Hace una breve parada para dejar una lata grande de atún a medio vaciar, chorreante de aceite, en un banco desocupado. Unos palmoteos alborozados arrancan a Sol una breve carcajada. Doña Miau, un paquete de cabellos nevados y piel arada por el tiempo envuelto en

una gruesa cortina granate, expresa así su agradecimiento al regalo del que se apropiará en cuanto Sol se aleje un poco. Doña Miau tiene unos guardianes leales, que darán cuenta del atún, Epi y Blas, dos enormes gatos negros curtidos en la batalla de las calles, y un temor reverencial al contacto humano. Sol aún recuerda la bofetada que cruzó su cara antes de saber cómo tratar a tan delicada dama. Se aleja y la sombra reaparece. Doña Miau olfatea el aire con las manos grasientas aferradas al aluminio y entrecierra los ojos negros en mil arrugas de presagio. Los gatos yerguen las orejas y bufan.

Sol se acerca al gran parque y gira la cabeza barriendo con mirada crítica las entradas. Últimamente han desparecido viejos conocidos. Algo no va bien. Se oyen rumores de un fantasma que quiere limpiar las calles. Sol se pregunta por qué limpiar algo que no está sucio y se entristece recordando a los que nunca más han vuelto a dormir en el parque. Se asegura de que el camino está libre y cruza la verja de hierro, adentrándose en la oscuridad del vergel.

La humedad la acoge como un viejo amigo. Es un frío que despeja, que revitaliza las piernas embotadas y el corazón triste, que te guía hacia el abrazo de los amigos y revive pasiones tibias. Le gusta recorrer los senderos embarrados acariciando las hojas que llenan de escarcha sus dedos. Cada instante es un regalo que atesora con celo».

La tercera imagen recorrió un extraño camino hasta llegar hasta mí. Bob Dylan me acariciaba con las notas de su armónica llamando a las puertas del cielo. Yo seguía su camino con los ojos cerrados mientras el líquido brillante ─más intenso que yo aquella mañana, desde luego─ irrumpía en mi circulación a través del portal implantado bajo mi clavícula. No lo veía, pero podía sentirlo quemando las células de mi cuerpo, así que siempre escuchaba música para intentar evadirme de esa sala tan minimalista que parece el cielo que nos vendieron en la escuela: blanco, sin mácula y tremendamente aburrido. Pilar, la enfermera del hospital de día, siempre me ofrecía su fría mirada de «estúpida loca insensible» cuando oía al bueno de Bob, aunque era la mejor pinchando; sin perder el tiempo en preguntas estúpidas sobre cómo me encuentro o cómo lo llevo. Ese día no fue una excepción y, solo por su buen hacer con el tercio de banderillas, la eximí de una contestación por mi parte igual de ácida que su gesto. Dylan desgranaba su avance hacia la oscuridad y yo me dejaba llevar, cuando uno de los celadores abrió la puerta de la sala empujando una silla de ruedas. En ese preciso instante, una ráfaga de viento se coló por una de las ventanas del pasillo abierta por el calor reciente del verano y llegó hasta mí esquivando los radios metálicos, revolviendo cabelleras y pañuelos de seda, ligeramente domado y con cierto olor a lilas y desinfectante.; quizá por eso la necesidad de escribir fue menos fuerte y pude esperar hasta llegar a casa para dibujar esa idea con palabras.

Joaquín me esperaba allí, como siempre, con Bruna a sus pies. Releía uno de mis compañeros de tinta, tan queridos, que viven en las estanterías de mi salón. Los dos se levantaron al verme. Mi pequeña se lanzó a mis rodillas lamiéndome con devoción. Joaquín fue más comedido, sabe que me agobian las muestras de afecto que no sean de cuadrúpedos peludos.

Como siempre, le invité amablemente a que me dejara sola. Somos amigos, amantes ocasionales y es la única persona a la que confío el cuidado de Bruna, pero no quería que me viera derrumbada. Eso no.

Evité su mirada al cerrar la puerta, aunque me robó una caricia de sus dedos en mi mejilla y un «hasta que me necesites, Soledad» musitado en mi oído. Sabía que le había herido, que cada vez la brecha era más profunda, pero lo único que quería era tumbarme y escribir. Escribir hasta perder la noción de la realidad, del dolor de cabeza, del terrible cansancio, del estómago vuelto del revés. Encerrarme en mi mundo, al fin y al cabo, y huir del otro.

«Intuye su silueta agazapada bajo la enramada de espino. Se acerca silenciosa y, cuando él levanta la mirada, le obsequia con unos pasos de baile en los que arrastra el chal por la tierra helada.

La llama Princesa y colorea sus mejillas bajo la capa de mugre. Ella hace una reverencia, doblando las rodillas tras un chasquido. Le da las gracias y musita su nombre con dulzura: Capitán, mi caballero, mi amor, sonriéndo como una chiquilla.

Se dan las manos y el Capitán la conduce a su guarida bajo los espinos. Parece en verdad un bucanero de otros tiempos, con su barba enmarañada avanzando hasta el pecho y el cabello largo que roza sus hombros. El abrigo le llega hasta los tobillos y se abre con el viento dejando ver un cuerpo espigado envuelto en mil retales.

Bajo la arcada de ramas les espera una manta sobre el suelo, unas manzanas con más inquilinos que carne y una botella de ron ─no podía ser otro licor el que bebiera un viejo pirata de mundo─.

El Capitán se saca de la manga un ramillete de rojas flores de plástico y se las ofrece a su Princesa que ríe encantada con el gesto. Se sientan sobre la manta que apenas contiene el frío que emana el suelo de tierra y se acurrucan como un solo cuerpo: cabeza sobre pecho, brazo alrededor de los hombros, los rostros bien juntos, aliento contra aliento. Por un claro en el techo de ramas se cuelan las estrellas que salpican el cielo invernal.

Recuerdan, juntos, los años pasados recorriendo las calles, rebuscando entre la basura de los supermercados. Ríen al hablar de cómo se conocieron peleando por un paquete de jamón caducado, las chispas que saltaron de ese encuentro y que les hizo volver a verse para compartir una comida más.

─Me diste un paraguazo ─suspira el Capitán, ─y me enamoré de la valentía que había en tus ojos grises.

─Y tú me miraste e interrumpiste una blasfemia cuando te diste cuenta de que era una mujer ─replica la Princesa. ─Estabas magnífico, ahí, enfadado y luego con esa cara de corderito cuando me ofreciste el paquete sin luchar más. Ahí me di cuenta de que eras un caballero.

Suspiran, brindan y toman un sorbo que les calienta las gargantas. Disfrutan del calor del amigo, de la noche clara, de la charla a media voz.

─Hace mucho frío esta noche, Princesa.
─sí.
─¿Estás segura de …?
─Sí, esta es la noche perfecta. Lo haremos juntos, como dijimos
A Princesa le brillan los ojos cuando le ofrece su tesoro, el que ha recogido para él

durante todo el día. Ahueca la mano y vacía el contenido de su bolsillo. Se lo muestra con orgullo y el rostro del Capitán se ilumina. Saca una caja de cerillas del calcetín bajo la caña de la bota y enciende una de las colillas, iluminando con un punto titilante la nube de humo que exhala de su boca. La sombra se impacienta, espera su momento, agazapada y vigilante».

Terminaba de escribir lo que yo conocía de la historia cuando apareció el temblor. Comenzó como una agitación leve en los dedos y fue elevándose hacia la muñeca con sacudidas violentas. Dejé caer la pluma. Bruna me lamió la otra mano con una mirada interrogante en sus ojos castaños. Me asusté. Llamé a Joaquín con voz temblorosa y, cuando llegó, dejé que me sostuviera hasta su coche. Los aullidos lastimeros tras la puerta de mi piso me rompieron el alma.

Tuve que volver al edificio gris de mis pesadillas, a visitar de nuevo a la cría insulsa que me dictaba lo que debía sentir, las batallas que habría de ganar y las que debería dar por perdidas. Y mi instinto me gritaba que esta batalla era un desastre.

Así que me tragué el orgullo ─amargo bocado─ y me entregué a la causa con más inercia que devoción, sin una réplica ácida a la condescendencia, sin devolver agravio alguno, intentando ignorar que, en aquella ocasión, quizá no tenías fuerzas para revelarme.

La cuarta imagen fue difícil de conseguir. Semisentada en la cama mecánica con la pared de un verde apagado enfrente de mí, la televisión zumbando improperios y mi compañera de habitación parloteando con la visita de turno, la necesidad de evadirme de mi realidad era acuciante. Añoraba la soledad ganada por los años de vaivenes y un trabajo

absorbente al que me entregué en cuerpo y alma. Mi personaje debía seguir viviendo su historia y yo quería guiarla.

Le pedí a mi compañera con la voz rasposa debido al tubo que había tenido alojado en mi garganta que llamara al timbre para que me abrieran la ventana. Anclada al sistema de suero y con aquel vendaje aparatoso que convertía mi cabeza en una bola de billar ─pesada y rígida─, solo podía entregarme a la duermevela inconsistente del recién operado. No llegué a mirarme al espejo ─era incapaz de levantarme─, pero intuía una cara hinchada y con la piel tirante. Echaba terriblemente de menos a Bruna. Mi pequeña bola de pelo chocolate y sus atenciones silenciosas. Mi mente voló hacia Joaquín por asociación y tuve que reconocerme a mí misma que añoraba también su compañía. Un poquito. Maldije por haberle prohibido que me viniera a ver.

La cotorra de la otra cama puso el grito en el cielo por mi petición. Intenté dialogar, la enfermera intentó dialogar. La visita empezó a enumerar los efectos de las corrientes en diversas enfermedades y, cuando llegamos al punto de mencionar las metástasis cerebrales, les mandé a la mierda. Yo quería mi viento, que entrara impetuoso y barriera el perfume almizclado y los trazos de sudor, ese aroma agrio que impregna las paredes del hospital. Claudicaron, más por lástima que por derrota, pero me dio igual. Conseguí ese soplo con sabor a hojas secas que me refrescó de inmediato y que me acercó de nuevo a la historia. El silencio se impuso de pronto cuando pedí lápiz y papel. Como si de una cámara lenta se tratara, todo se frenó a mi alrededor y, al ver la mirada esquiva que aquellas mujeres dirigían a mi brazo, fui consciente con el horror ahogando las palabras, de que mi mano derecha estaba paralizada en una garra grotesca.

Días después, veté todo rastro de aire en movimiento. Las ventanas bien cerradas, las persianas por las que solo podía entrar un resquicio de luz y mi cuerpo maltrecho visitando alternativamente la cama y el sofá. Joaquín venía a casa para sacar a Bruna y yo me escondía debajo de la manta cuando lo oía llegar. Supongo que mi amigo llegó al límite de su resistencia ante mi caída, porque aquella mañana de comienzos de invierno no se presentó. Mi perra gemía lastimera y restregaba su hocico húmedo en mi mano lastrada. Esperé y esperé hasta que Bruna aulló de dolor. Entonces, la vergüenza me despertó de mi aletargamiento, me puse el abrigo encima del pijama, las botas y salí a la calle, enfadada con el mundo, seguida por una cola casi indistinguible por el veloz movimiento.

En el parque, el silbido casi me tira por su feroz abrazo. Bruna ladraba, el viento me recriminaba, las imágenes se superponían en rápida sucesión y yo lloraba al sentir el crujido de mis huesos en movimiento. Una mujer dormía en un banco, la nieve cubriendo su cama improvisada y Bruna corrió hacia ella y lamió su mano. Ella acarició su cabeza y la sonrisa que apareció en su rostro era tan parecida a la que vi en aquella primera imagen hacía ya un año, que me congelé contemplando cómo ellas disfrutaban de ese momento de complicidad. Respiré hondo y tuve que reconocer que había olvidado cómo vivir ─vivir de verdad─ en estos últimos días. Sentí de nuevo el hormigueo en mis dedos y, aunque la sensación era dispareja y me dejó un regusto amargo al darme cuenta del porqué, todas las historias necesitan un final, mis personajes, a los que había abandonado, estaban esperando el suyo y solo yo era capaz de dárselo.

Adiviné que Joaquín estaba esperándome en casa por los saltos de Bruna cuando entramos en el portal. Luego vi su figura calmada, aquel cuerpo delgado que conocía tan bien, el cabello castaño demasiado largo, la barba de varios días sin afeitar y sus ojos oscuros observándome, brillando con asentimiento cuando me vio llegar.

─Estás preciosa ─me dijo.

Y mi barrera se quebró con demasiada facilidad. Me derrumbé entre sus brazos, llorando como una cría ─yo que siempre me había jactado de que nadie sabía de qué sabor eran mis lágrimas─.

«Se despiden en el claro, junto a una pequeña arboleda de abedules. El capitán se marcha con las estrellas aún en lo alto y la deja algo temblorosa, aunque decidida. Espera, paciente. De pronto, las hojas crujen con brevedad y la sombra que ha estado escondida se revela. El brillo acerado se ilumina en su diestra. Viste de negro, el rostro cubierto, cobarde,

como lo son todos los que juegan a ser dios. Sol no huye, solo lo hizo una vez en su vida y no piensa volver a caer en ese error. Los problemas se enfrentan de cara. La figura oscura titubea, no se espera que la mujer le mire a los ojos. Y, en ese momento, el Capitán aparece por detrás y le agarra del cuello con un brazo escuálido. El cuchillo abre un tajo en el grueso abrigo y se adivina el rojo en el fondo, pero no logra aflojar el abrazo. El hombre, más joven, se agacha y lanza al Capitán por encima de su cabeza. El golpe sordo suena a roto. Entonces, Sol se abalanza sobre la sombra paraguas en mano y clava la punta en su estómago. Se dobla en dos, pero se incorpora con rapidez y lanza el cuchillo hacia el rostro de la mujer. De pronto, una bola oscura aparece de la nada y se enrosca sobre el brazo del hombre de negro, haciendo que falle su blanco por muy poco. Otra se aferra a sus ojos descubiertos. Un remolino de uñas y dientes abren la piel. Gotas carmesí salpican la plata mullida del suelo. Un maullido feroz ahoga el grito de dolor agónico, mientras que un palmoteo familiar se oye desde el interior del bosquecillo. Los dos gatos desaparecen a la llamada de su dueña tan rápido como aparecieron. Sol acude al lado del Capitán, aunque al pasar por la figura ensangrentada que se retuerce en el suelo, le da una patada solo por si acaso. Han vencido.

La madrugada acude tímida, asomándose entre las hojas de espino. Los encuentra enredados en un abrazo profundo y teme despertarlos. Lo que no sabe es que llevan en vela toda la noche, renovando los votos que se hicieron hace varios años. No necesitan que nadie santifique la unión. Ya se tienen el uno al otro. Ella seguirá recogiendo colillas, es lo que le puede ofrecer, aparte de su cuerpo ajado. Él cambiará sus monedas por una botella de calor barato, como de costumbre y la llamará Princesa, porque sabe ver más allá de lo evidente y ha encontrado el valor inscrito en el reverso de la moneda. Y cada noche bailarán juntos, suavizando las heridas de la vida con caricias hasta que la llegada del alba les vuelva a encontrar.

─¿Seguro que quieres que tu historia termine así, Soledad? ─La voz rasgada de Joaquín hace que mi piel vibre sin tocarme.

Estoy tendida con la cabeza sobre sus piernas y Bruna sobre las mías. Él sujeta mis papeles y vuelve a repasar el último fragmento, el que está escrito con una letra diferente.

Observo cómo mi mano agarrotada intenta apretar la pelota blanda que sostengo entre los dedos, le miro y, por un momento, vuelvo a ver la escena sombría que una vez estuve a punto de escribir. Luego, sonrío.

─sí, es exactamente como lo quiero. Y ahora…, ¿qué tal si llevamos a Bruna de paseo?

─Vale, vale, tú sabrás. Pero sigo pensando que ese final no pega con el tono del relato ─replica y, notando mi mirada sobre la suya, añade: ─Lo que tú mandes, princesa. Ahora mismo nos vamos.

─Otra cosilla, Joaquín…¿Puedes llamarme simplemente Sol?
Joaquín me mira ligeramente sorprendido. Lo hará porque me quiere, aunque no entienda por qué se lo pido.

Me levanto con algo de esfuerzo, apoyándome en su pierna. Me coge de la mano y me acerca a su cuerpo, ajustándome el pañuelo sobre la cabeza desnuda. Bruna salta entre nosotros. Sabe que vamos a salir.

La primavera salta desde cada brizna de hierba verde, desde cada destello dorado reflejado en el rocío. Respiro hondo hasta que los pulmones casi me duelen y un ligero mareo hace que me detenga. El viento juguetea con mi cabello, llevándose las escasas nubes que empañan el cielo, ofreciéndome nuevas imágenes para escribir. Yo soy dueña de esas historias, doy voz a los que nunca la tuvieron, pero también puedo construir caminos nuevos y, más que nunca, necesito creer en los finales felices. Hoy quiero vencer a mis propios demonios, dar una patada a la sombra que me acecha. Soy Sol, voy a luchar por mi vida.