El viento y las palabras

51vA95fq8CL._SX346_BO1,204,203,200_ viento mistral cogió fuerza mientras atravesaba la meseta castellana, ondulando los campos de trigo dorado a su paso. Barrió las calles casi desiertas de un pueblecito empedrado, desordenando cabelleras y batiendo contraventanas mal aseguradas.

Llegó hasta los pinares de tierra arenosa y aún percibió el sabor a sal marina en los retazos que iba abandonando mientras perdía intensidad.

Poco a poco fue prestando más atención a las criaturas a las que envolvía. Conocía bien a los árboles centenarios que se dejaban mecer a su voluntad y a los pequeños animales que correteaban a su paso. No habían cambiado demasiado en su memoria.

Sin embargo, los humanos le intrigaban; ruidosos y volubles. Evolucionaban tan rápido, que no había tenido mucho tiempo de estudiarlos detenidamente.

Se escondían en estructuras rígidas por donde él apenas podía colarse y cubrían sus cabezas con esmero para que no fuera capaz de tocarlos cuando estaba en plena ebullición de energía. Siendo como era, viajero incansable y curioso por naturaleza, ya era tiempo de prestar más atención a aquellos animales extraños.

Mistral recordó que, internándose más al sur, podría encontrar a su hermano Levante. Cálido y travieso, le gustaba jugar entre los de sangre caliente; unas veces, aceleraba sus corazones hasta conseguir que sus latidos se desbocaran; otras, confundía sus mentes y reía al verlos perdidos. Él nunca había participado en sus juegos, pero quizá podría preguntarle un par de cosas para saciar su curiosidad.

Soplando apenas para impulsarse, ya tan lejos de la costa, se internó poco a poco buscando terrenos más templados.

Sí, allí estaba. Sentía la presencia húmeda de un mar que él frecuentaba poco, la fuerza del sol que caldeaba la tierra en sus ondulaciones.

Levante se alegró de verle. Arrastró vaharadas de arena caliente a su paso y se enlazaron ávidos de noticias, las nubes giraron en un remolino y el polvo se mantuvo suspendido durante un instante cuando se aquietaron.

En la tranquilidad de un valle, meciendo apenas las flores de un jacarandá, Mistral expuso su curiosidad sobre los humanos.

—Extraños, locos y volubles —silbó Levante—. Pequeños trozos de vida que revolotean sin cesar, pero sus palabras me divierten.

—¿Palabras? —repitió el viento del Norte.

—Es como un juego. Los humanos viven a través de ellas. A veces, me las llevo conmigo un tiempo y las saboreo. Luego sigo a los protagonistas a través de su corta vida y vuelvo a paladear lo que dicen. Es curioso cómo cambia su sabor.

—Creo que nunca me he tomado la molestia de probar los sonidos humanos que arrastro. Ya te contaré, hermano mío.

Giraron entonces, intercambiando soplos de olores diversos, de arena y madera seca, de cereal y piedras de río, y se despidieron de nuevo con un ligero pesar en su abrazo.

Deambuló entonces nuestro frío viento entre los humanos y sus pueblos, desde la costa hacia el interior, saboreando palabras, manteniéndolas suspendidas unos segundos hasta encontrarles significado.

Siguió a los gobernantes de los hombres. Y se maravilló de su elocuencia. Atrapó miles de discursos que conjuraban torbellinos de pasiones, pero pronto advirtió que sus palabras no se mantenían en el tiempo. Morían con cada vuelta del destino, se desdecían mientras él terminaba un remolino.

Aprendió a temer la palabra “Guerra”. Siempre seguida de dolor, muerte y cenizas que le entorpecían el paso y el sabor de la sangre en cada soplo. Siguiera a quien siguiera que hubiera pronunciado esa palabra, la desgracia le acompañaba.

Comenzaba a estar cansado del metal y la oscuridad que cabalgaba con él desde que comenzó a seguir a los humanos, cuando oyó a lo lejos un eco de campanas y cascabeles. Se acercó para ver cómo el sonido de una risa cristalina como un arroyo salía de la boca una niña de cabellos oscuros y grandes ojos de sol.

Absorto, revoloteó a su alrededor y sopló, haciéndole entrecerrar los ojillos y sujetarse el vestido firmemente. La niña reía divertida mientras jugaba con otro niño a perseguirse, haciendo quiebros con sus pequeñas piernas para despistar a su oponente. De pronto, el niño tropezó y cayó de rodillas. Los sollozos no se hicieron esperar, desgarraron el oído de Mistral y éste ya se alejaba cuando cesaron de repente. Los labios de la niña consiguieron el consuelo cuando acariciaron la rodilla lastimada, calmando su dolor.

El viento se maravilló de la facilidad conque lo había conseguido, aunque prosiguió su camino en pos de humanos más insignes.

Conoció entonces los versos de los poetas enamorados, espió a los amantes, acunó las promesas de amor que se dedicaban y aprendió el significado de «para siempre» y «eterno». Aunque al seguir en sus vidas, también supo de los celos y el engaño, de las palabras que hieren y del vacío de la ausencia. Y se entristeció al comprobar que esas palabras perdían su esencia por ello. Volvía a estar cansado de los hombres.

Pensó entonces en aquella niña de la risa de plata y recorrió la estepa buscándola. No sabía exactamente por qué quería verla, pero añoraba la paz que había sentido en el corto momento en que la conoció.

Y de pronto, allí estaba. Enmarcada en una ventana que se iluminaba, tenue, con las llamas de la chimenea. De mejillas arreboladas, poco quedaba de aquella niña que corría jugando. La mujer aún mantenía la dulzura de aquellos ojos color miel que ahora se perdían en un bulto que se removía en su regazo.

Mistral observó la escena hechizado. La caricia leve de la mano de la madre en la suave piel pálida del recién nacido, la búsqueda innata de su boca hacia el pecho descubierto del que manará el alimento. Y la mirada de íntima comunión con el hombre sentado a su lado, de esperanza, de miedo, de confianza.

El viento se escabulló sin ruido para no despertar al bebé, con la sensación de haber observado algo demasiado privado incluso para él. Y continuó su búsqueda de nuevas palabras.

Estudió a los creadores de grandes historias, intrigado por su búsqueda de la «inmortalidad». Les observó en su trabajo y les sostuvo en sus esperanzas. Fue su aliento y a veces trasladó veloz a las musas en su grupa. Esperó agradecimiento, pero se dio cuenta de que sólo tenían lealtad para con sus letras.

Mistral estaba un poco decepcionado. Tanto tiempo tratando con los hombres y poco sabía de ellos. Seguían siendo impredecibles y volubles. Sus pasiones se inflamaban y apagaban a más velocidad de lo que él llegaba a comprender. Lo único que era inamovible es que la muerte, inexorable, se llevaba al final a todos, sabios o no.

El viento inició el camino de vuelta hacia la costa, cansado de tratar de entender. Subió las colinas y se dejó caer por las laderas, arrastrando cualquier cosa que no estuviera anclada a la tierra.

Volvía a ser libre para recorrer los caminos y mecer los campos en flor, para levantar espuma en las olas y remolinos de arena en la playa.

Pero antes, se quiso despedir de la mujer de los ojos de sol. Había sido la que le había regalado los únicos momentos de certidumbre en ese mundo tan confuso.

Pero cuando llegó a su lado, ya era tarde. Aquella mirada luminosa se había apagado para siempre. Una multitud se congregaba alrededor de su cuerpo sin vida. Todos la lloraban, y él se enfureció por un momento y quiso convertirse en huracán para acabar de una vez. Sentía que había perdido algo antes siquiera de empezar a conocerlo. Ya no oiría aquella risa de plata, ni vería esas manos de suaves caricias. Y mientras la vida de aquella a la que hubiera querido conocer más se derramaba, él corría detrás de las frases de otros hombres y ni siquiera había podido escuchar el sonido de su voz. No conocería nunca a qué sabían sus palabras.

Empezaba a desatar su furia, cuando se encontró con unos iris dorados que contemplaban tranquilos los primeros embates de su poder.

Recordó entonces al niño que vio nacer y cómo ella lo había acunado en su regazo. Y el huracán se tornó en brisa para acariciar sus cabellos con ternura.

Mistral renunció a volver a su frío mar un tiempo y se quedó entre la gente del pequeño pueblo. Jugó con sus niños, meció las cosechas, ahuyentó las plagas de insectos y refrescó los duros veranos.

Pasaron los años y aprendió a amar a aquellos hombres sencillos, herederos de la mujer de la mirada brillante. Su historia se entrelazó con la de ellos y se volvió húmedo y templado. «Ábrego» le llamaban los lugareños y a él le gustó su nuevo nombre.

Un día, Levante fue a su encuentro. Tanto tiempo sin saber de su hermano le había preocupado.

Le encontró colocando con un soplo unos pétalos rosáceos sobre un montículo de tierra.

—¡Hermano! ¿Te has agotado tanto que ahora solo arrastras pequeñas flores?

—Es una ofrenda para alguien que me enseñó mucho

—Te percibo templado. Ya no eres aquel terrible viento del norte.

—Ábrego me llaman los humanos de estas tierras ahora. Llevo un tiempo entre ellos.

—¿Encontraste lo que buscabas?—sopló Levante con el asombro modulando sus giros.

—Busqué las palabras y recorrí grandes distancias. Seguí a los gobernantes, poetas, guerreros y enamorados. Conocí grandes historias, grandes guerras y mentiras. Llevé discursos importantes sobre mis hombros. —El viento del sur silbó admirado, pero Ábrego continuó—: No quería nada de eso. Me dejé arrastrar por las palabras, y descuidé lo verdaderamente importante. Eso es lo que me enseño ella. —Mistral señaló al montículo—. Que los hombres están hechos de luces y de sombras, que lo que perdura es lo que sienten y lo que hacen sentir, que la inmortalidad se alcanza con un legado que no está hecho de palabras, sino de actos, porque, amigo mío, las palabras, al fin al cabo, se las lleva el viento.

Levante se alejó entonces y dejó a su hermano colocando suavemente las últimas flores sobre la tumba.

Con un último soplo que inundó todo de sabor a sal, desapareció mientras la tarde caía sobre la meseta castellana.