Entre el Pirón y el Lozoya, un bandolero

Historia. HistoriasENTRE EL PIRÓN Y EL LOZOYA, UN BANDOLERO.

 

I Encuentro en Rascafría.

─¡Alto a la Guardia Civil!

El sonido restalla en la silenciosa noche de la sierra de Guadarrama. Las zancadas presurosas del grupo de hombres que huyen embozados se atenúan al adentrarse en los pinares centenarios que rodean Rascafría. Buscan cobijo en la espesura. Un momento antes, han intentado entrar por la fuerza en el aserradero de los pinares del Paular atraídos por el pago del último gran pedido de la Villa de Madrid, pero son sorprendidos por los guardias civiles del puesto que, alarmados por un vecino, abortan el robo con prontitud.

Han recorrido los dos kilómetros que separan la fábrica de madera y el monasterio del Paular, vacilando cuando pasan por los muros grises que se alzan imponentes contra la negrura. El cobijo bajo sus piedras, ahora abandonadas, parece más atrayente que seguir corriendo hacia el frío del bosque, pero se mueven mejor por la verde sierra que por las construcciones de los hombres, así que no se detienen, dejando atrás la silueta del antiguo hogar cenobial.

Las casacas azules se abren en la carrera, revoloteando entre las piernas de los perseguidores que, fusil en mano, se adentran en los pinares poco después. La nieve corona los árboles más altos y el suelo está endurecido por el hielo. Aniceto San Atanasio, guardia primero desde hace un año, jura por lo bajo cuando pisa ese terreno con sus zapatos abotinados. Sabe que no va a encontrar ninguna huella con la que seguir su rastro.

Como si de un acuerdo tácito se tratara, las voces de unos y otros se acallan, los movimientos se aquietan. El juego del gato y el ratón ha comenzado entre los troncos rugosos y los restos de barrujo.

Los guardias avanzan cautelosos, apuntando a cada sombra sospechosa que, mecida por el viento gélido de febrero, cambia de posición sobresaltándolos.

La explosión de una pistola de pistón que destroza una rama justo al lado del cabo del puesto, rompe la formación y los perseguidores se disgregan, perdiéndose de vista los unos a los otros.

Aniceto se mueve con decisión entre los pinos. Se ha criado entre ellos y, aunque su pueblo se asienta en terrenos más llanos y arenosos, conoce los musgos ceniza que crecen al norte, las sendas traicioneras que se abren entre el follaje, la respiración húmeda de las agujas verdes que cala hasta los huesos y hace temblar las rodillas, obligando a aminorar el paso. Levanta la vista hacia el cielo y descubre entre el ramaje una luna inmensa que alumbra su figura, arrancando destellos de los botones de metal blanco con la G y la C entrelazadas. Vuelve a maldecir entre dientes y se cierra la esclavina verde entorno al cuello, cubriéndose la casaca con la capa. Espera que la funda negra de hule del sombrero de tres picos no reluzca demasiado en esa noche tan clara, pero no se lo quita. Aun en esa situación tan peligrosa, sabe que se metería en problemas si el cabo le viera sin el sombrero bien calado. El fusil le molesta cuando avanza. Es demasiado largo y pesado para un terreno como ese, pero aún no han llegado las pistolas que se prometían en la última circular del ministerio de guerra. En su fuero interno, sabe que nunca llegarán.

De pronto, un movimiento fugaz llama su atención a su izquierda. Observa el brillo del metal sobre la casaca azul y suspira aliviado. Se acerca a su compañero que le encañona durante un segundo antes de darse cuenta de que es amigo y apoyan sus espaldas contra un enorme pino, agazapados.

─¡Polilla! ─susurra con voz ronca Aniceto─. Cúbrete los botones con la capa o estaremos muertos sin haber visto ni la boina de uno de esos bandoleros.

El Polilla, recién llegado del colegio del Valdemoro, con el susto tatuado en la cara, asiente y se cierra la esclavina con manos torpes.

Un ligero crujido en el barrujo hace que los dos giren la cabeza hacia la derecha. Varias sombras

salen del cobijo de unos arbustos espinosos. Los dos compañeros ven un fogonazo antes de escuchar el sonido y se lanzan cuerpo a tierra. Aniceto carga el fusil en el suelo y espera el siguiente movimiento. No pueden estar muy lejos. El Polilla está agazapado a su vera e intenta cargar el arma sin conseguirlo. El guardia primero atisba un quiebro entre dos pinos, dispara al bulto y un gruñido ahogado le hace saber que no ha errado el blanco.

─Polilla, mira a ver si está muerto o vivo y átalo aunque no respire ─ordena Aniceto que continúa aún más bajo─: Creo que ahí hay más de uno escondido.

Mientras el chico se levanta con precaución con el fusil a medio montar, él rodea el supuesto escondite y accede a los espinos por detrás. Entre las zarzas, pegado al suelo helado, se encuentra un cuerpo envuelto en la oscuridad y bien tapado por las ramas.

Aún no se ha dado cuenta de que está atrapado y tiene la cabeza vuelta hacia el otro lado. Aniceto se acuclilla y le da un toque con la culata del fusil en el hombro. Tenso y preparado, espera que el bandolero se gire. Cuando lo hace, solo los ojos relucen en una cara de piel tan morena como la de los campesinos tras la siega. En su ojo izquierdo una nube blanca cubre parcialmente el iris. Es él, el cabecilla del grupo, justo a quien Aniceto no quería encontrar. Quizá tenga el rostro más angular, el bigote más recortado, las arrugas más profundas que cuando lo conoció casi diez años atrás, mas no hay duda: es el Tuerto Pirón.

II En el paso de la Morcuera

Dos hombres descansan indolentes sobre el manto verde recién estrenado por la primavera. El más joven, Aquilino Díez, apodado el Ovejita por sus rizos oscuros apretados en torno a la cabeza, observa pensativo cómo su compañero se despereza y apoya la espalda sobre una de las rocas grises que forman el camino sinuoso por el que se derrama la chorrera de Mojonavelle.

El rostro de Fernando Delgado Sanz, más conocido por los vecinos de la sierra de Guadarrama como el Tuerto Pirón, se ilumina por un haz de luz tamizado a través de las hojas de los abedules y el ramaje de los pinos. En su frente se marcan dos arrugas de concentración que fruncen ligeramente el ceño poblado. Las aguas heladas del Sestil de Maíllo, que alimentarán más adelante al río Lozoya, salpican su piel al chocar contra la piedra. Parece gozar con los escalofríos que le arranca cada soplo nuevo del viento aún fresco de la mañana, con el olor de la tierra húmeda de rocío y con ese cielo tan azul que parece el manto recién pintado de la virgen de la iglesia de Sotosalbo.

─¿Qué vamos a hacer ahora? ─pregunta Aquilino con voz áspera, recordando precisamente el alijo de reliquias robadas de esa iglesia─. El Madrileño era el que hacía los tratos con los fulanos que nos compran lo de las iglesias.

─Ya nos apañaremos ─replica el Tuerto con una voz que parece lejana contra el tronar de la cascada. Abre los ojos y se mira las manos. Las tiene cubiertas de sangre seca. Saca el puñal del fajín negro y observa el filo contrariado─. ¡Maldita sea su estampa! Me se ha mellao. Tenía el hueso duro ese mal nacido.

─Pero, ¿tenías que matarlo? Con un tajo bien dao en la diestra lo habrías acorbadao pa siempre. Seguro que no volvía a piar.

─El Tuerto no paga traidores ─responde con voz fría y Aquilino calla, prudente. Se conocen desde el principio, cuando un Fernando casi adolescente comienza a robar reses huyendo del trabajo de sol a sol en unas tierras empobrecidas, en Santo Domingo de Pirón. Aquilino huía de un padre al que le hervía la sangre con más frecuencia de la que lo hacía el puchero de caldo sobre el fuego. El hambre y los golpes le hicieron buscar un camino más fácil para sobrevivir y sus vidas se cruzaron intentando rapiñar al mismo ganadero. Tras una trifulca inicial, decidieron aunar esfuerzos. Fernando era el más osado, el más firme, el mejor. Poco a poco se fue haciendo un nombre y, en unos años, el Tuerto se había convertido en el cabecilla de una banda que ya no se conformaba con unas pobres vacas malvendidas.

Aquilino conoce el genio vivo de su compañero. Sabe que, para él, su modo de vida está por encima del bien y del mal, y que no vacilará en hacer cualquier cosa para proteger su libertad. El Ovejita tiene grabada la escena del día anterior en la retina. Nunca había visto así a su jefe, si bien es verdad que nunca nadie se había atrevido a ponerlo a prueba. El Madrileño se había ido de la lengua sobre sus escondites de la sierra en la venta de Torrecaballeros. Eso era lo que un parroquiano le dijo al tuerto para salvar el contenido de su faltriquera en un asalto. Y él le creyó. Le pidió explicaciones al subalterno junto a la fuente del pesebre. Era un lugar poco transitado, en medio de un páramo salpicado de bosquecillos de abedules en el que lo único que rompía el paisaje eran las ruinas de una posada caída en desgracia durante la Segunda Guerra Carlista y un caño tísico que regaba un antiguo abrevadero de piedra. La mirada habitualmente torva del Madrileño se tornó asustadiza de pronto. El que le rodearan ocho hombres fornidos y enfadados en la soledad del paraje, no ayudó a que se tranquilizara. Juró casi en llanto que una jarra de vino de pijacha había tenido parte de la culpa, pero el Tuerto fue inclemente. Su cuchillo se clavó certero en mitad del pecho que crujió al abrirse. Las burbujas rojas que manaron de las costillas les indicaron a todos que el Madrileño no volvería a levantarse. Dos punzadas más silenciaron el gorgojeo molesto de su garganta al intentar respirar. El traqueteo de un coche de caballos hizo imposible que ocultaran el cuerpo, así que el cabecilla y Aquilino marcharon hacia la sierra, por si el asunto atraía a la Guardia Civil, mientras que los otros se quedaban por la zona intentando solucionar el tema del cadáver. Quedaron al inicio del paso de la Morcuera, su lugar preferido de correrías, para reunirse de nuevo.

─¡Vámonos! Los demás ya habrán rematao la faena ─apremia de repente el mayor sacando a Aquilino de aquella escena sangrienta.

Los dos bandoleros se levantan con gesto cansado y el tuerto se lava las manos en el arroyo hasta que los restos de sangre se diluyen en la corriente. Limpia también la hoja de su cuchillo que, aunque mellado, aún puede servir para amedrentar a los incautos. Se llena los pulmones con una gran bocanada de aire fresco de la sierra y comienza a caminar de vuelta hacia el pueblo de Canencia, en la falda norte del paso. Aquilino le sigue cabizbajo. Nunca habían matado a nadie en sus fechorías.

Van a pie, con el paso ligero y seguro de quien ha crecido sobre los terrenos rocosos sin sendas. Deshacen parte del camino que recorrieran ayer desde la fuente del pesebre y sus tripas rugen por la necesidad. Tienen que encontrar algo para comer, algo que no sepa a berros aguados ni a hojas de cuchillera.

Unas voces lejanas les hacen pisar con cautela y aminorar la marcha. Si son pocos y llevan buena bolsa, puede que ese día terminen por llenar el buche. Las bocas se les hacen agua cuando piensan en unos buenos huevos fritos en la venta Magullo, mejor si se los sirve la hija del ventero: una moza prieta de carnes blancas y cabello revuelto.

Se acercan, sigilosos, al lugar de donde surge la conversación. Se trata de un pequeño campamento improvisado en torno a una fogata. Al abrigo de una hondonada, al lado del camino, con una chopera de finos troncos bordeando un reguero de agua, dos hombres y un niño dan cuenta del almuerzo antes de ponerse de nuevo en marcha.

La voz aflautada del pequeño les llega con claridad ahora y se esconden tras las últimas rocas que conforman la bajada de la chorrera.

─Yo me sé una, yo me sé una… «Tened ojo con el Tuerto, que es ladrón que nunca avisa, capaz de robar al cura, el copón diciendo misa»…¡Ay! ─se queja cuando uno de los dos hombres le suelta una colleja.

─¿Y tú dónde has aprendido esa copla, motardín del demonio? ¿Sabes lo que te haría el Tuerto si te pillara por los caminos? Lo mismo que Marianico a los metomentodos. ─El hombre más mayor, de cabello negro entrecano y frente despejada, saca una chaira reluciente de entre la tela triple del fajín blandiéndola frente a la cara asombrada del niño y recita: ─«Yo soy Marianico, el Sastre, el que a nadie tiene miedo. Yo rasgo, pincho, corto y saco las entretelas del cuerpo».

El otro, más bajo y joven, se ríe ante el gesto asustado del pequeño. Le revuelve los cabellos y le ofrece otro trozo de pan negro.

─¡Anda!¡Come y calla! Y no tentéis a la suerte, que quien mienta al diablo…

Los bandoleros echan un vistazo evaluando las pertenencias que se pueden divisar desde donde se encuentran. Un mulo joven cargado de habas, otro medio muerto con cominos y un zurrón a medio llenar con lo que parece un trozo de queso y unos picos de pan negro.

El Tuerto se cala bien la boina azul contrariado. Aquilino se mira los borceguíes manchados del polvo del camino. Luego observa los pies descalzos del niño que está atendiendo a las mulas y las abarcas destrozadas de los adultos que lo flanquean.

─Estamos apañaos ─musita el Ovejita al oído de su jefe─. Estos no han visto una perra gorda en su vida, ni una chica, diría yo.

Los pasos de un grupo de hombres resuenan por el camino sobresaltando a los dos mercachifles que, dando un brinco, se levantan cubriendo al niño con sus cuerpos.

El resto de la banda del Tuerto se deja ver con las navajas levantadas, amenazantes. Sus ojos enrojecidos y el caminar de medio lado, dan a entender a Aquilino que han hecho una parada en alguna fonda para dar cuenta de algún cuartillo de vino que otro. La mano del jefe se posa sobre su antebrazo, deteniendo al bandido que iba a abandonar su escondite. Con un dedo sobre los labios le indica que guarde silencio.

Los hombres rodean el campamento y, entre bravuconadas y risas, comienzan a revolverlo todo, mientras que los dueños se mantienen callados, con la cabeza gacha y el miedo atenazando sus gargantas.

─Aquí no hay más que mierda ─dice uno esparciendo la mercancía por la hierba─. ¿Habas y cominos para Madrid? ¿Eso os ha pedido el Amadeo para ganar la guerra de Cuba? ─Y la carcajada que suelta resuena en la hondonada.

─¡Bah! Hasta los machos están más pallá que pacá ─afirma otro y, con un golpe seco de su machete, taja la corva del animal que cae emitiendo un chillido.

Un segundo después, una piedra certera abre la frente del bandolero que, con los ojos abiertos como platos, se mira los dedos manchados de sangre al llevárselos a la herida.

El pequeño que la ha lanzado se intenta escabullir entre las piernas de los bandidos, pero unas manos enormes detienen su huida sujetándolo por los hombros. Al momento, el agredido le cruza la cara de un bofetón, lanzándolo contra el suelo. Los dos hombres que le acompañan, padre y tío, presume Aquilino, intentan socorrerlo hasta que el filo de una navaja en su cuello les disuade.

El niño mira apenado al mulo que gime en el suelo mientras se frota la mejilla hinchada y escupe a la cara del bandido que tiene más cerca. El Ovejita oye asombrado cómo el Tuerto sofoca una risita divertida y sale de su escondrijo. Aquilino le sigue, intentando adivinar qué es lo que va a hacer a continuación y saca con diligencia el arma que siempre lleva encima, levantándola por encima del pecho para que se vea bien.

─¿Ahora matamos animales y pegamos a críos? ─El vozarrón rasgado ahoga cualquier protesta de los otros hombres, aunque alguno mantiene el filo acerado levantado, desafiante. El Ovejita se sitúa a su diestra. Al fin y al cabo, el Tuerto es su única familia, le seguiría al fin del mundo. Tras un silencio tenso, relaja el gesto y baja un poco la navaja que porta en la siniestra: ha leído en los rostros de los otros la mansedumbre y les comprende;; al fin y al cabo, han visto cómo el día anterior el Tuerto hundía su cuchillo en las costillas de un tipo como el Madrileño, que le sacaba cabeza y media, y tenía unas manos con dedos como morcillas.

El Tuerto se agacha a la altura de los ojos del niño. ─¿Cómo te llamas? ─pregunta con voz tranquila.

─Aniceto, señor.

III La deuda

Aniceto se sorbe los mocos que ha intentado disimular. El bofetón le ha dolido lo suyo, aunque es capaz de tragarse la lengua antes de gritar de dolor.

─Aniceto, señor ─contesta con toda la fuerza que es capaz de reunir y mira con curiosidad al hombre que está enfrente. Con la boina bien calada hasta las orejas, algún mechón oscuro escapa por los bordes. La cara ancha y morena, con un bigotillo ralo sobre el labio, le sonríe. Lleva un chaleco de paño marrón, algo gastado y un chaquetón largo que ahora, agachado, roza el suelo.

─Así que yo soy el mismo diablo. Pues ya puedes hacer lo que yo te diga pa que ésta que tengo en la mano se quede quietecita y no rasgue… ¿cómo era? ¿Las entretelas? Aunque valor no te falta y a mí me gustan los hombre valientes.

El pecho de Aniceto se hincha como un pavo por el halago, pero sus ojos se clavan en los del Tuerto, desafiantes.

─Me quedaré quieto si no le hacéis más daño a Pitoche.

─¿Pitoche es ese mulo?

El niño asiente con la cabeza. El hombre del ojo blanco le da más miedo de lo quiere demostrar. Ha visto cómo los demás agachaban las orejas como los perros ante su amo y sabe que ellos también le temen. Una vocecilla en su interior le advierte de que tenga cuidado.

El Tuerto Pirón le ofrece la mano para que se levante y el niño la toma algo azorado. Luego se

dirige a los dos hombres que esperan con gesto angustiado, con las navajas aún amenazando su cuello. ─Tranquilos ─les dice─, no le voy a hacer na. Pero hay una cosa que tiene que aprender pa ser

un hombre. ─Y se lleva al niño al lado del macho herido.

Aniceto se arrodilla junto a él. Observa la sangre que empapa la tierra alrededor de la pata trasera y se le revuelve el estómago. Mira expectante al hombre que le tiende su enorme cuchillo.

─Cógelo ─le ordena.

El niño se niega ladeando la cabeza. Intuye lo que le pide y no puede hacerlo.

─Cógelo. ¿No ves que está sufriendo? ¿Quieres que no pueda andar nunca más? ¿Pa qué sirve entonces? ¿Puedes llevarlo tú o lo dejamos pa que se lo devoren vivo los lobos? ¡Vamos! ─insiste y sostiene la pequeña barbilla entre sus dedos ásperos, consiguiendo que Aniceto le mire a la cara─. Tienes ojos de tormenta. Sabrás hacerlo.

El Tuerto sostiene las pequeñas manos que sujetan el cuchillo entre las suyas y juntos lanzan un estoque certero al animal que se derrumba con un estremecimiento.

─Bien hecho ─concede el hombre, revolviéndole los cabellos llenos de polvo.

Aniceto se limpia furioso las lágrimas con el dorso de la mano, manchando aún más el contorno de su cara. Mira de nuevo al mulo que ya no gime lastimero. Sus ojillos oscuros ya no le suplican. Se ha ido.

El Sol brilla en lo alto y el calor del mediodía aprieta. Las moscas comienzan a acudir al olor de la sangre y cubren el cuerpo inerte del mulo. El pequeño aparta la vista y corre a refugiarse en los brazos de su padre, que le besa la frente sin decir nada. Aniceto sabe que es demasiado mayor para esas muestras de afecto, pero hoy no le importa. Mañana será un hombre que ha matado a su mulo en un acto de piedad y se alegrará por ello. Hoy es un niño que sufre por haber perdido a un compañero de viaje.

Nota cómo alguien le da una palmada en el hombro y levanta la cabeza. El Tuerto no le mira,

está hablando con su padre, y él lo agradece porque no quiere que le vea con lágrimas en los ojos.

─Tenéis suerte. Hoy me he levantado amable y no os voy a hacer na. Mis hombres cargarán los fardos en el otro mulo y podéis marchar al camino. ─Luego se dirige a su tío y, lanzándole una moneda, continúa: ─Y pa ti tengo un encargo. Compra otro macho y le haces unos buenos arreos en los que ponga: «recuerdo del Tuerto Pirón» y los estrenas cuando vayas por delante del puesto de la Guardia Civil.

Las carcajadas de la banda terminan de suavizar el ambiente. Incluso el padre y el tío de Aniceto se sonríen tras un momento inicial de asombro.

Se despiden con un gesto de asentimiento. Los hombres del Tuerto han realizado su encargo sin chistar, las navajas de vuelta a sus fundas.

Mientras Aniceto se aleja caminando al paso pesado del animal de carga, se gira un momento para ver una última vez al Tuerto. Cree que nunca podrá olvidar su rostro moreno y su ojo blanco. Una mezcla de tristeza y un cansancio que jamás ha sentido hasta ahora agravan sus pasos, dejando al niño que fue atrás, en el paso de la Morcuera.

EPÍLOGO

Tumbado en el viejo colchón de lana, que de tan gastado por su cuerpo se adapta perfectamente a su contorno consumido, con la mirada perdida en el techo desconchado de su celda, Fernando Delgado Sanz deja vagar sus pensamientos.

Vuelve al paso de la Morcuera, cuando era el rey de los caminos, atemorizando a los trajinantes incautos. Regresa a los pueblos perdidos, a desvalijar las iglesias con sus curas abotargados y a reírse en su cara sin que los feligreses se den cuenta.

Por un momento, puede sentir de nuevo sus huesos fuertes, su paso ágil entre las rocas del Guadarrama, su piel dorándose al sol seco de Segovia en los veranos. Libre, como debería haber seguido siempre, amo y señor de su propio destino.

¿Por qué tuvo que volver a por su compadre preso? Recuerda a aquel guardia civil que le tenía encañonado en el pinar del Paular. Con su bigote espeso y su sombrero de tres picos enfundado parecen todos iguales, pero este era diferente. Le bastó una mirada a sus ojos grises, grises de tormenta, como le dijo cuando se lo encontró de niño, para reconocerlo. Podría haber sido un bandido excepcional, porque tenía lo que hay que tener. Nunca pensó que se lo encontraría en el otro lado, maldita sea su estampa, como nunca hubiera pensado que un guardia le dejaría escapar así, con un gesto silencioso que decía «Nunca más. He cumplido contigo». Por lo menos, nadie se había enterado. ¡El mismísimo Tuerto Pirón corriendo como un cobarde hacia la libertad gracias al saldo de una deuda pendiente! Si aquella vez se hubiera ido… a Portugal, quizá. Empezar de nuevo. Ya había pisado el presidio una vez, antes del encontronazo de Rascafría. Debería haber estado atento a las señales. Pero no podía dejar a Aquilino preso, eso no. Por eso montó su rescate y todo salió mal. Aún sueña con los sesos de Aquilino desparramados por el suelo. Ni siquiera está seguro de que no fuera la pistola de uno de los suyos la que lo mató. Los mozos que le acompañaban estaban muy verdes: la emprendieron a tiros nada más llegar. Pero no hay caso, la culpa es suya, solo suya. Buen muchacho ese Aquilino, qué lástima.

La primera vez que pisó una cárcel, pudo escapar, la segunda vez… ¡Maldita nevada! Descubrió sus huellas como si hubieran dejado un candil encendido señalando su posición. Y nunca más. Nunca más volvió a sentir el viento helado del Guadarrama azotando su cara. La mitad de su vida ha trascurrido entre las paredes de un penal. Lo peor es sentir cómo aquella humedad de Valencia cala hasta los huesos y embota las articulaciones, el sabor salado que perdura en la boca, el calor pegajoso que impregna las celdas de la cárcel de San Miguel de los Reyes.

¡Cómo le gustaría ver por última vez sus montañas azuladas, los arroyos que tajan las piedras

frías, los pinares verdes con olor a resina! Volver a trajinar por los caminos llenos de polvo, decidir quién se irá con menos peso en la bolsa, esconderse de los guardias en los tocones vacíos y burlarse de sus tiesos uniformes. Pero ahora está cansado… tan cansado…

Tumbado en el viejo colchón de lana, Fernando Delgado, el Tuerto Pirón, cierra los ojos y deja de oler la sal del mar, se seca la humedad que cubre su piel arrugada y corre entre la jara, libre, sintiendo cómo la vida de la sierra segoviana lo atrapa para no dejarlo escapar nunca más.