Inanna

ciencia ficciónInanna cruzó uno de los corredores laterales y salió del templo para respirar la brisa nocturna. En su estancia se ahogaba, sobre todo en las últimas noches, ya que no era capaz de conciliar el sueño.

Apoyó la espalda sobre los mosaicos de piedras de colores de la fachada y contempló la negra cúpula del cielo con sus estrellas titilantes. Si pudiera…  Pero estaba atrapada, recluida en un mundo que no era el suyo, prisionera de su cuerpo ahora deforme, limitada a ser un simple instrumento para cumplir los planes del consejo. Los planes de su madre. Su madre.

Formó una dura línea con los labios cuando pensó en ella.

Nammu, la que vino del mar, la que les guió a todos en el éxodo. ¿Cómo podía ella negarse a sus órdenes?

Había pasado mucho tiempo desde aquella primera conversación. Nammu había solicitado su compañía en esa tarde de verano. Recordaba nítidamente cómo habían paseado del brazo por la ribera del río. En aquella seca región donde predominaban los ocres, era un alivio notar cómo el frescor del agua hacía descender algo la temperatura a su alrededor.

Desde allí contemplaron la incipiente ciudad. Hecha de barro y piedra caliza, materiales primigenios, su contorno armonizaba con el paisaje. Los siervos estaban realizando un buen trabajo. Se los divisaba a lo lejos como pequeñas e insignificantes figuras que se movían sin descanso para complacer sus deseos. Acarrear agua, trabajar en los campos, construir nuevos edificios. Sin embargo, la vista no parecía complacer a su madre; su rostro afilado de líneas severas se tensó aún más cuando comenzó a hablar.

—No podemos reconstruir la gloria de nuestras antiguas ciudades. Lo hemos intentado, pero si los capitanes vieran lo que hemos hecho aquí, se echarían a reír y destruirían todo para comenzar de nuevo. ¿Por qué tuvimos que perder tanto en el éxodo? Tantas vidas… Gran parte del saber de nuestro pueblo está sepultado bajo las aguas junto a ellas. Cada vez somos menos, más vulnerables y débiles. No sé cuánto tiempo nos queda antes de la extinción.

—No digas tonterías, madre. Estamos adiestrando a la décima generación de siervos y, desde que llegamos a este lugar, sólo…

Su voz sonó fría cuando la interrumpió.

—¿Qué Inanna? ¿Que sólo hemos perdido a Zumi? ¿Sabes cuántos nacimientos hemos tenido desde el éxodo?

Bajó la cabeza antes de contestar.

—Ninguno—replicó quedamente.

—Este lugar nos envenena, hija. Lentamente, sí, pero nos está matando. Y si no hacemos algo, todo habrá acabado para nosotros. Nuestro saber y nuestra civilización se perderán, morirán con nosotros. Solo quedarán ellos y, sin guía, volverán a sus antiguas costumbres. Todo lo que ves quedará reducido a polvo.

Contemplaron durante un momento lo que les rodeaba. La ciudad de arcilla, Uruk, con los templos elevándose hacia el cielo y la muralla casi rozando el río lleno de vida. Los campos de cereales con sus canales como pequeños hilos que arañaban la tierra. Al fondo, los rebaños de onagros y vacas que pastaban el escaso forraje que encontraban.

Nammu se volvió de forma brusca y, sujetándole firmemente por los hombros, hizo que levantara el rostro hacia ella.

—Necesito…—recalcó cada sílaba con voz apremiante—, necesito tener tu apoyo. Haga lo que haga. ¿Lo entiendes?—La sacudió con brusquedad―. ¿Lo entiendes?

Inanna asintió levemente con la cabeza. Fue la primera vez que sintió miedo ante la mirada de su madre.

Un tiempo más tarde fue convocada ante el consejo. No podía recordar lo que allí se dijo sin estremecerse. Salió corriendo del templo horrorizada, las nauseas atenazándole la garganta. Sólo quería huir donde fuera, alejarse de todo y volver al mar para reunirse con sus ancestros.

Pero la encontraron. No la llevaron a sus aposentos, la encerraron en una de las salas del templo; una estancia   vacía como ella, una carcasa a la que habían despojado de toda identidad.

Nammu fue a verla más tarde. Se sentó en el suelo junto a ella, agarrándole la mano en un gesto de consuelo, aunque ella se soltó al instante como si el contacto de su piel le quemara.
Hija mía, tienes que hacer lo que debes. Ya es hora de que conozcas la verdad sobre el éxodo y  sobre lo que decidimos para nuestra supervivencia. —Su voz sonó triste, pero a la vez sintió la crueldad de sus palabras clavándose en su mente. La historia comenzaba, y no había marcha atrás.

«Hacía tiempo que la vida en nuestro hogar era insostenible. Los sabios lo predijeron y buscaron durante muchos ciclos un lugar donde pudiéramos sobrevivir. Las condiciones en las que subsistimos en aquellos tiempos eran… terribles. Pero al fin lo encontraron y prepararon las naves para el éxodo. Tu padre era uno de los capitanes, yo, una simple obrera que cuidaba de uno de los invernaderos. Al principio no supe por qué se fijó en mí, pero acepté su atención encantada. Yo era una cría tímida y asustadiza, y él era tan poderoso y carismático… Me adiestró bien. Al principio me sometió a sus deseos, incluso fue cruel. Hasta que me rebelé y él me dijo que era lo que quería, que pensara por mí misma. Todo era por mi bien. Debes entenderlo, tu padre, a su modo, me quería. Los capitanes controlaban nuestros pensamientos. No admitían nuevas ideas, el control sobre todos los tripulantes era preciso para que los engranajes de la nave, es decir, nosotros los obreros, funcionaran de manera precisa. Pero tu padre disentía. Decía que sólo sobrevivirían los que supieran tomar decisiones difíciles, no los que asumieran su papel de rebaño. Me enseñó a cubrir mis pensamientos, a utilizar mi energía mental para expandir y desarrollar mi poder hasta llegar casi a su nivel. Sorteamos juntos la vigilancia de los Segas, los segadores de mentes que vigilaban porque el orden en las naves prevaleciera, y entrenamos a otros obreros como yo. Él estaba convencido que el futuro de nuestra raza se encontraba fuera del Consejo.

»Tu gestación nos hizo felices. Lo habíamos deseado mucho tiempo, y cuando llegó la autorización… ¡Oh! Fue uno de los momentos más grandes de mi existencia.

Eras muy pequeña cuando divisamos nuestro nuevo hogar, pero algo salió mal y al atravesar su atmósfera, todas las naves comenzaron a arder. Cundió el pánico, perdimos el contacto con el resto de la flota… sólo veíamos bolas de fuego a nuestro alrededor. Hasta que nos envolvió la oscuridad completa.

Caímos al mar. Y seguimos descendiendo durante interminables momentos hasta que chocamos con el fondo de una sima. El mar primigenio nos envolvía y la nave estaba dañada. Nos quedamos atrapados.

»Sólo te contaré que sufrimos momentos de horror y lucha. Y la paz llegó con la ley del más fuerte. Los capitanes y los Segas nos sometieron a su voluntad y la vida se hizo muy difícil. Comenzó el racionamiento de comida y agua, y largas jornadas de canalización de energía mental para que la nave pudiera seguir proporcionándonos una atmósfera adecuada.

Nos explotaban mientras ellos no sufrían las consecuencias del hambre y la inmovilidad. Éramos como el ganado que ahora cuidan los esclavos en esta tierra. Tú no te acuerdas, apenas eras un esbozo, y me alegro por ello.

»Aguantamos lo que pudimos, pero la situación era desesperada, y no parecía que hubiera salida. La nave no tenía potencia suficiente para vencer la fuerza del agua. Era nuestra tumba.

Gracias a tu padre estamos hoy las dos aquí. Lo tenía todo perfectamente calculado. Reunió a nuestro kaab, el grupo que habíamos estado entrenando, y nos dijo que teníamos que hacernos con uno de transbordadores de emergencia, que esperáramos allí con todas las provisiones que pudiéramos encontrar y los trajes de protección especial. Él se quedó con tres de los obreros más fuertes que teníamos en el kaab. «Un último detalle del que depende nuestra supervivencia. Si no vuelvo, haz lo que tengas que hacer», me dijo. Y obedecí.

»Esperamos en la oscuridad de la pequeña nave durante una eternidad y, de pronto entre mis manos, apareció un cofre pequeño. Al momento sentí cómo nos inundaba una energía muy poderosa, tanto, que impulsó el pequeño transbordador con una fuerza inusitada. Vencimos la resistencia del agua y tomamos rumbo a lo que hoy es nuestro hogar. Lo comprendí enseguida. Él se sacrificó para que nosotros pudiéramos salvarnos. Utilizó toda su energía hasta morir, pero antes robó la caja que me envió telepáticamente. Cuando la abrí, me encontré con semillas. Viejas semillas que logramos conservar de nuestro mundo. Algo que cultivar y un kaab de invernadero. ¿Qué más se podía pedir?

»¿Lo entiendes Inanna? Dejamos morir a nuestro pueblo, pudriéndose bajo el mar, para que otro orden renaciera. Nos salvamos nosotros, los cuidadores de las plantas, los obreros, los pequeños engranajes de la gran nave, para construir un nuevo futuro. ¡Tu padre murió por eso! ¿Y ahora vamos a dejar que todo se extinga? ¿Que lo que hemos construido se derrumbe?

»Sobrevivirán los que sean capaces de tomar decisiones difíciles, yo ya cumplí con la mía. ¿Nos vas a deshonrar negándote a tomar la tuya?»

Acto seguido abandonó la sala y dejó a Inanna a solas con sus pensamientos. Al principio, la nada la envolvía, luego las palabras la quemaron y abrieron un tajo profundo en su interior. ¿Quién era ella? ¿La hija de unos oportunistas que abandonaron a los suyos a su suerte a la primera oportunidad? ¿De unos héroes que crearon un orden nuevo? Un reino de polvo, de servilismo y supremacía, pero un reino al fin al cabo. Hija de una madre que la condenaba para salvar ese reino maltrecho.

Renació de los jirones que la historia había dejado en su mente, al principio insegura, luego decidida. Se levantó lentamente y esbozó una sonrisa que nada tenía de alegre. Había tomado su decisión. Era digna sucesora de su madre, cumpliría con su deber a la perfección.

Lo que llegó después estuvo a punto de quebrar su determinación. Tras aceptar su destino, fue llevada ante el consejo que convocó a los sanadores para que actuaran sobre ella.

En los borrosos recuerdos de aquellos días aparecían sombras que sajaban su piel, quitaban, cosían, volvían a abrir su carne, separaban… y dolía. Olía a carne quemada, a menta y a azufre, y volvía a doler. Y el dolor sabía amargo y ácido. Sabía a abandono.

«¿Qué me han hecho?», pensó la primera vez que pudo hacerlo con claridad. Pero no se permitió el lujo de volver a planteárselo nunca más. Estaba hecho, era la Inanna que querían que fuera, pero, ¿la aceptaría su propia gente con todo lo que eso implicaba?

No tuvo que esperar mucho para comprobarlo. El día elegido por los astros llegó pronto. La acicalaron con aceites aromáticos y pusieron sobre la fina piel una túnica con flecos y un chal enrollado a la cintura con bordados metálicos. El tocado con que cubrieron su cabeza estaba trenzado con plata y oro, mostrando imágenes de la naturaleza en floración. El símbolo de la fertilidad.

Avanzando por los corredores del templo principal, todos se inclinaban ante ella, pero también apartaban la vista. Inanna, en cambio, mantenía una postura erguida y orgullosa.

La sala a la que la condujeron estaba en la penumbra, apenas iluminada por dos esferas de luz. Al fondo podía distinguir el contorno de la enorme figura que la estaba esperando. Cerraron las puertas tras ella, sobresaltándola por un momento.

El ejemplar que habían elegido era impresionante. Los músculos se marcaban definidos sobre la piel opaca, cubierta por entero de vello oscuro. De la boca surgió un gruñido gutural que Inanna no logró descifrar, mientras se acercaba a ella lentamente. Su miembro erecto decía todo lo que tenía que saber.

Todo ocurrió muy rápido. El siervo se abalanzó sobre su cuerpo mientras arrancaba la túnica con aquellas enormes garras y dejaba expuesto su cuerpo modificado. Cerró los ojos y llevó su mente lejos de lo que le estaba ocurriendo. Después tan solo recordaba sensaciones inconexas: el olor acre sobre su piel, la presión de aquel enorme cuerpo sobre el suyo cuando la puso de rodillas, el dolor sordo cuando la penetró con ferocidad, el aliento que le quemaba el fino cuello.

Se despertó horas más tarde, ensangrentada y dolorida. El siervo había desaparecido, pero sus huellas estaban sobre ella, marcándola ante los ojos de todos. La lavaron y la dejaron descansar. Ni siquiera su madre tuvo el valor de ir a visitarla.

La noche siguiente se preparó para sufrirlo todo de nuevo y la siguiente, y la siguiente… Los días se sucedían en una duermevela consciente; por las noches cerraba su mente y vagaba recorriendo las estrellas, mientras usaban su cuerpo como querían, una y otra vez.

Una de las noches le trajeron un macho un poco más joven que los anteriores. Inanna se quitó los ropajes y exhibió su desnudez de manera automática. Pero no sucedió nada. Cuando clavó su mirada en el siervo, observó que estaba aún más asustado que ella. Se acercó y deslizó sus pequeñas manos por su cuerpo recubierto de pelo con curiosidad. Era cálido al tacto, ligeramente áspero contra su palma y se estremecía con cada caricia. Innana se sorprendió al comprender que era ella la que tenía el poder.

Por primera vez era dueña de sus actos, pero debía cumplir con su deber. Paseó sus manos por aquel cuerpo extraño, deteniéndose con deleite cuando oía cómo ronroneaba de placer. Hizo que la tocara con sus dedos largos y le guió hasta su sexo recién descubierto. Un calor desconocido floreció en sus entrañas mientras se deslizaban en su interior.

Ella le tumbó sobre la piedra y se colocó a horcajadas. Con una premura sorprendente, cogió el largo vástago entre sus manos y ella misma le deslizó dentro. Poseía el control, tenía el poder, sentía el placer. Por una vez, su cuerpo tomó el mando y su mente se sometió. Arriba y abajo, los gruñidos se mezclaron con sus gritos, mientras algo estallaba en su vientre. Aquella sensación inundó todo su ser, acallando temores y dolor.

No fue la última vez que aquel animal le proporcionó placer. Desde aquel día le llevaba consigo a todos los lados, obviando las miradas de reproche e incluso de repugnancia que sus congéneres le brindaban. El siervo la seguía complaciente: con una sola mirada estaba preparado para volver a yacer con ella.

Pero un día, Inanna comenzó a sentirse mal. Sus fuerzas menguaban, la comida la sentaba mal y solo quería rendirse al sueño. Su madre estaba exultante. «Lo hemos conseguido, hija. Todo el sacrificio ha dado sus frutos. Ahora debes descansar».

Descansar. Mientras su cuerpo empezaba a deformarse, la tristeza la inundaba. El ser que crecía en su interior absorbía toda su fuerza vital, se alimentaba de ella mientras crecía y ocupaba cada vez más espacio en su interior.

El siervo no volvió a darle placer. Tampoco le dejaron quedarse a su lado. Los sabios apenas le dejaban moverse de sus habitaciones. De nuevo fue sometida a pruebas, aparatos, mediciones. Aquella cosa crecía bien, le decían; no le cabía duda, cada vez lo notaba más fuerte, mientras ella menguaba y se consumía.

Apoyada en los mosaicos del templo, Inanna había recordado su historia en apenas unos momentos. Atrapada en un mundo que no era el suyo, en su cuerpo ahora deforme, deseaba en vano escapar a las estrellas que titilaban en la noche.

Cuando un dolor agudo rasgó su vientre en dos, supo que el momento había llegado. Con un grito alertó a sus custodios y la izaron para llevarla al nuevo templo que habían construido los siervos para el acontecimiento. La pirámide escalonada se elevaba imponente y vigilante, subyugando las otras edificaciones de Uruk. Así debía ser. Era la encargada de recibir aquel nacimiento y presentarlo al cosmos y a la ciudad al mismo tiempo, como ofrenda del comienzo de una era en ese mundo nuevo.
Entre sus gruesos muros, en la penumbra del amanecer, Inanna sobrevivió al alumbramiento; entre sangre y sufrimiento, aquel ser la dejó vacía y sola de nuevo.
Antes de que una sierva se lo llevara con gran reverencia, lo sostuvo entre sus brazos por un momento. Aquel pequeño que lloraba con rabia tenía la piel opaca del padre pero lampiña como la de ella, excepto por una ligera pelusa en su cabeza. Su cuerpo era fuerte, con formas redondeadas, parecidas a las de Inanna. Pero aquellos ojos con iris, tan diferentes de los suyos propios, poseían el azul del hielo que trajeron de las estrellas. Había dado a luz un nuevo dios.

Es fuerteLa voz de su madre sonaba llena de satisfacción―. Es el salvador de nuestra raza. Sobrevivirá a este maldito planeta y diseminará nuestros genes entre su gente.

¿De verdad lo crees, madre? ¿Hemos salvado nuestra raza, o hemos condenado la suya?

Nammu la miró con desprecio. Su piel brilló con aquella luminiscencia etérea bajo la incipiente luz de sol cuando se giró para salir de la estancia.

Descansa, hija mía. Cuando te encuentres mejor, buscaremos nuevos especímenes para que te aparees. No podemos desperdiciar los años fértiles que te quedan. Ya sabes que repoblar esta tierra no va a ser tarea fácil.

Inanna sintió cómo su mente huía hacia las estrellas, pero esta vez no regresó. Dejó su cuerpo en esa ciudad de arena convirtiéndose en la diosa de la fertilidad, madre de todos, mientras el resto de su ser aún recorre el firmamento buscando un hogar acogedor donde quedarse.