Memeta y la nada

En el mundo de las pesadillas de la Niña se hizo el silencio.

Y con el silencio, llegó el vacío blanco, aunque sus habitantes aún no lo sabían. Tan solo se inquietaron al dejar de oír el «bum-bum» del corazón desde el cielo rojo. Las criaturas que poblaban el bosque tenebroso salieron de sus escondrijos en los troncos retorcidos de los árboles y de las madrigueras a ras de suelo. Los habitantes del sótano de la casa abandonada se arrastraron hacia afuera, preocupados. Las arañas voladoras, peludas y oscuras como las sombras, los gatos susurradores que arañaban las puertas cerradas por las noches, las momias, los fantasmas invisibles, los zombies sin alma… Todos esperaron que el corazón de la Niña volviera a latir sobre la máquina que daba vida a su mundo y que su eco recorriera, como siempre, los dos cielos: el de los sueños bonitos y el suyo.

Memeta, que era una de las primeras pesadillas que tuvo la Niña, jamás había vivido en silencio y se asustó, aunque aún no había visto la nada.

Memeta había llegado allí después de que alguien pensara que era una buena idea regalar a la Niña una muñeca por el día de difuntos. Pero no una cualquiera, una que imitara las calaveras pintadas y celebrara la muerte, como se hace en esa fiesta tradicional mexicana. Así que líneas de vivos colores rodeaban las cuencas vacías de los ojos y se retorcían en una nariz que no existía. Los dientes sonreían sin labios. Dos trenzas de cabello violeta caían por los huesos de la espalda porque en su cuerpecillo estaba dibujado un esqueleto blanco. Su vestido de volantes era negro y rojo.

Eso vio la pequeña cuando abrió la caja que le dieron con sus manos regordetas y nadie supo por qué, pero comenzó a llorar y a gritar con su media lengua: «¡Nooo, memeta nooo!».

Así obtuvo Memeta su nombre, la pequeña aún no sabía pronunciar la palabra «muñeca» y, aunque el regalo fue a parar a la basura, ella nació en sus pesadillas. Se acumuló el miedo suficiente en la máquina de los sueños como para que se formara una buena tormenta en el cielo color sangre y, de una de las nubes, cayó Memeta envuelta en una gota que chocó contra el suelo junto con la caja de regalo. Al llegar allí, no existía aún la colina con la casa abandonada, ni el cementerio cubierto de niebla, ni tan siquiera el bosque tenebroso. Tan solo ella y el lodazal de La Criatura.

Cuando la burbuja que contenía a Memeta estalló y contempló por primera vez su nuevo hogar, sintió un frío intenso justo en el centro de las costillas. Una sombra de arena y barro se movía a lo lejos. La llamó «la Criatura» y supo que era extraña y terrible porque había llegado a los sueños de la Niña antes que nadie, antes que ella.

Durante un tiempo, solo estuvieron las dos, aunque Memeta era la pesadilla preferida en aquel momento y la Niña la visitaba a menudo gritando al verla salir de nuevo de su caja. Pero pronto se acumularon nubes de color rubí en el cielo y volvió a llover sobre su mundo. Cada vez que se desataba una tormenta, un nuevo ser o un nuevo lugar aparecía en una de las gotas, como ella, para quedarse a vivir allí. Así que Memeta jamás regresó al lodazal y se lanzó a explorar el resto del mundo de las pesadillas.

El día en el que comenzó esta historia, cuando los latidos del corazón de la Niña se dejaron de oír, Memeta caminaba hacia el cementerio. Le encantaba sentarse en las lápidas frías y que la niebla le acariciara los huesos de los pies. Desde allí, además, podía contemplar el cielo dorado del mundo de los sueños donde vivían las historias bonitas, las hechiceras que sabían volar, los piratas que surcaban los mares para buscar tesoros y de los que la Niña era capitana. Todo eso lo veía Memeta en los reflejos de oro que a veces aparecían más allá de la frontera.

Se paró en seco justo al lado de la verja cubierta de telarañas y esperó, angustiada por ese silencio repentino. Miró a su alrededor y fue entonces cuando descubrió la nada. Los objetos se volvían cada vez más transparentes: los hierros de la puerta, las tumbas grises, los sauces que arrastraban sus ramas hacia los jirones de niebla, como si alguien los estuviera borrando con una goma invisible dejando un espacio vacío. A Memeta le empezó a faltar el aire.

De pronto, un relámpago enorme estalló en el cielo rojo volviéndolo blanco por un instante y se oyó, por fin, el sonido que les había acompañado siempre en el mundo de las pesadillas: «Bum-bum». La muñeca suspiró aliviada. Todas las cosas que habían desaparecido, volvieron al ritmo constante de los latidos del corazón de la Niña.

Sin embargo, Memeta, que conocía bien su mundo, supo que algo había cambiado. Algo iba mal.

La Niña no apareció esa noche. No corrió perdida entre los árboles que la intentaban enganchar con sus dedos de madera, ni encerrada en el sótano de la casa abandonada escuchando los ruidos tras la puerta, tampoco las sombras la arrastraron bajo la cama, ni la engulló la niebla del cementerio. Los habitantes del mundo de las pesadillas esperaron. Se imaginaron que estaría teniendo buenos sueños; no era extraño que la Niña dejara de acudir un tiempo, pero siempre volvía.

Memeta vigilaba el cementerio, atenta a su regreso. Oculto entre las lápidas, pisando con cuidado las hojas secas para no hacer ruido, una sombra también la esperaba. Le habían regalado aquel libro sobre antiguas leyendas en su noveno cumpleaños y, desde entonces, la Niña había soñado mucho con los caminos que separaban las tumbas. Allí la acechaba un perro enorme de pelaje largo y negro con las fauces abiertas de las que manaba una baba espesa y maloliente. Los ojos rasgados, rojos como las llamas, la paralizaban y tardaba un poco en echar a correr. En ocasiones, se lanzaba contra ella enseñando los colmillos afilados y, justo cuando se cerraban sobre el cuello, la pesadilla desaparecía. En otras, el perro la perseguía por entre las lápidas grises hasta que se caía sobre una de ellas y sentía los dientes en la piel. Siempre intentaba luchar contra el perro antes de que se acabara la pesadilla.

A Memeta le gustaba ver cómo la Niña soñaba, aunque fuera con otros seres. Con ella ya nunca lo hacía, había miedos más aterradores que poblaban el mundo.

Pero en esta ocasión, era el monstruo quien temblaba en el cementerio. Todo había empezado con un soplo de aire molesto y luego un cosquilleo que le recorrió la punta de las orejas justo cuando se volvieron a oír los latidos sobre el cielo. Cuando se miró en un charco de agua que se había acumulado entre las piedras, lanzó un gruñido de angustia: a Cadejo, el perro negro de ojos de fuego, le estaban desapareciendo las orejas. Se asustó tanto que, cuando vio a la muñeca merodear por allí, él, que era una pesadilla poderosa, quiso pedirle ayuda.

Memeta no gritó, ni se desmayó, ni echó a correr con su esqueleto blanco cuando aquel enorme animal le cortó el paso saliendo de repente de detrás de la última lápida, tan solo se le quedó mirando con aquel rostro de calavera y, en el fondo de las cuencas sin ojos, una luz azul pálido relució por la sorpresa.

—Tú eres de las primeras —le soltó Cadejo sin presentarse—, tienes que saber qué es lo que está pasando.

—¿Tú también lo has notado? No hay nubes, la Niña no está. Nuestro mundo está cambiando…

—¿Qué dices de nuestro mundo? ¡Son mis orejas! —aulló el perro con furia.

Entonces Memeta vio el borde redondeado que lucía el perro en lugar de los grandes y peludos triángulos que debería tener y se asustó, pero no por el aspecto de Cadejo, sino por lo que vio detrás del perro. En cielo dorado del mundo de los sueños, había aparecido una mancha blanca, un hueco, un vacío. Lo mismo que sucedió el día en que se paró el corazón de la Niña. Y se estaba extendiendo hacia ellos.

Cadejo siguió la mirada de la muñeca y gruñó, escondiendo la cola entre las patas. Por un momento, los dos se quedaron quietos viendo cómo la mancha blanca continuaba creciendo. Ya casi rozaba la verja oxidada, muy cerca de donde estaban. Una de las esquinas se borró y la niebla que cubría el cementerio comenzó a escaparse por el hueco, desapareciendo a su vez y haciendo que el vacío fuese aún más grande.

—¡Vamos, Memeta, tenemos que escapar de aquí! ¡Súbete a mi lomo! —Los ojos ardientes del perro refulgieron mientras se agachaba para que la muñeca se acomodara encima y gruñó cuando le tiró del pelo al agarrarle.

Cadejo pegó un salto hacia delante y Memeta se inclinó sobre él hasta que pudo sentir el pelo áspero en su rostro de hueso. Enseguida dejaron atrás el camino del cementerio y se internaron en el bosque tenebroso. Los árboles se retorcían a su paso, alargando las ramas puntiagudas hacia ellos y arrugando aún más los rostros de corteza. Susurraban al frotar sus hojas secas… «Memeta… ¿dónde están el ulular de los búhos y el chillido de los murciélagos?». La muñeca entonces prestó atención mientras atravesaban por entre los troncos y comprobó que solo podía oír la voz de los árboles. ¿Habían desaparecido también los animales que habitaban en la oscuridad?

—¿Qué está pasando? —preguntó Cadejo con un ladrido tan suave que parecía el de un cachorro.

—No lo sé —Memeta solo pudo sacudir sus trenzas al negar con la cabeza—. Comprobemos que todo esté bien en la casa abandonada.

Pero allí también sucedía algo extraño. Al entrar por la enorme puerta cubierta de telarañas, no escucharon aquella música de terror de película que tanto asustaba a la Niña. Ni un solo zombie salió a su encuentro babeando, ni el sonido de las zarpas arañando les llegó a través de las puertas cerradas. Tan solo los fantasmas vagaban por los pasillos y, enredándose entre las patas del perro, tiraron del vestido de la muñeca con sus dedos invisibles, preguntando mediante soplos de aire helado por sus compañeros perdidos.

—¡Ya lo tengo! —gritó tan fuerte Memeta, que los espíritus desaparecieron colándose entre las grietas de las paredes y Cadejo estuvo a punto de tirarla de su lomo por el brinco que dio—. Los búhos, las canciones de miedo… ¡Tus orejas! Os pasa a las nuevas pesadillas de la Niña. Os está olvidando… —Sabía que había dado en el clavo. Lo que no acertaba a comprender era por qué el mundo de los sueños había desaparecido el primero y ellos aún seguían allí —. Nos olvidará a todos… ¡Ya está pasando! Tenemos que averiguar cómo pararlo.

Cuando salieron de la casa abandonada, el vacío blanco estaba devorando el bosque tenebroso. Se podían oír los lamentos de los árboles justo antes de desaparecer. Cadejo lanzó un aullido lastimero y Memeta sintió cómo la llama azul del fondo de sus cuencas se apagaba un poco. Su mundo desaparecía.

Fue entonces cuando oyeron la voz. Era un susurro de arena que se colaba en sus oídos sin pedir permiso, era un viento cortante y frío que te hacía estremecer, era oscuro y terrible… y estaba llamando a Memeta.

Cadejo se quedó paralizado. El pelaje se le había erizado y el gruñido se le congeló en la garganta sin atreverse a salir de nuevo. Memeta acercó su boca a lo que le quedaba de la oreja derecha y le dijo entre dientes:

—Es la Criatura. Quiere hablar conmigo. Si alguien puede saber qué está pasando, es ella. Fue la primera, ¿sabes? La primera pesadilla de la Niña.

El perro negro asintió con la enorme cabeza y comenzó a andar hacia la voz. Se acercaban al comienzo del lodazal: el hogar de la Criatura.

Cadejo se sentía más ligero. Incluso con el peso de la muñeca sobre él, se movía rápido, pero cuando giró la cabeza para ver el camino que habían dejado atrás, algo le dejó sin respiración. Su cola había desaparecido. Una minúscula bola de pelusa oscura se movía de un lado al otro al correr. Por tercera vez ese día, sintió miedo. No le dijo nada a Memeta, si ella tenía razón, pronto desaparecería como el resto de pesadillas nuevas, pero la muñeca era de las primeras y tenía la oportunidad de cambiar las cosas.

Llegaron hasta la vieja caja de Memeta. Estaba igual que la recordaba, con el papel brillante hecho jirones y el lazo colgando a un lado, medio deshecho. Pasaron a su lado y algo se agitó entre las costillas de la muñeca, añoraba los días en los que solo ella aparecía en las pesadillas de la Niña. Ver su mirada de terror al descubrirla, saltar hacia ella y enredarse en su pelo mientras oía los gritos, aferrarse a sus hombros con las manos heladas, desaparecer para surgir de entre las sombras de repente y así asustarla otra vez. Una lágrima de fuego azul, se derramó por el rostro de la muñeca.

Cuando dejaron la caja atrás, los pasos de Cadejo comenzaron a ser más lentos. Sus patas se hundían en un barro gris que tiraba de él hacia las profundidades de la tierra.

—¡Para! —ordenó Memeta—. Si seguimos andando, la ciénaga nos atrapará y no podremos volver.

El perro asintió, cansado, preguntándose dónde iban a volver si el vacío les perseguía y ya se había tragado el cementerio, el bosque y la casa abandonada, pero tan solo un aullido lastimero surgió de su garganta. Hacía rato que había dejado de sentir uno de los cuartos traseros y había avanzado con tan solo tres patas. La otra había desaparecido, aunque aguantaría lo que fuera necesario.

—¡Criatura! —la voz de la muñeca resonó clara.

El viento que llevaba las palabras giró en un remolino de tierra y tomó la forma de un ser extraño; a veces, un garabato mal dibujado, otras, la sombra de un hombre gigante que se estiraba hacia el cielo, o una boca enorme que se abría para engullirlo todo.

Un ráfaga de aire se dio la vuelta hacia ellos y un puñado de arena les golpeó. La Criatura les habla en su idioma de imágenes.

«Yo estaba al principio, cuando la Niña no podía poner palabras a los pensamientos. Soy su primera pesadilla, aquella que tuvo cuando dejó de sentir el abrazo de Mamá alrededor del cuerpo. El miedo más antiguo, el miedo a estar sola, a que la abandonaran. Luego vinisteis los demás; cada uno, un terror diferente. Entre todos, hemos construido una parte de lo que la Niña es. Pero nos está olvidando. Su corazón está enfermo y se paró, todos dejamos de oírlo. Y ahora duerme, mientras la curan, pero no tiene sueños ni pesadillas. La máquina que nos trajo aquí y que nos mantiene en su mente también se detuvo. Y sin nosotros, no va a ser capaz de despertar porque somos parte de lo que es. Somos sus recuerdos, sus pensamientos, sus deseos o sus miedos. Tenemos que hacer funcionar de nuevo la máquina de los sueños».

—La máquina… —repitió Memeta enroscándose una de sus trenzas en un dedo y mirando hacia el cielo— ¿Cómo podemos llegar a ella?

De repente, la muñeca sintió cómo Cadejo se desplomaba y ella cayó hacia un lado. El perro no tenía patas, ni orejas, ni cola. Los ojos ardientes se apagaban en una mancha blanca mientras era borrado.

Sacó la lengua terminada en punta y lamió los huesos de la mano de Memeta. Ella lo acarició con la llama azul de sus cuencas derramándose, llorando de nuevo. El último aullido de Cadejo se lo guardó en el bolsillo de la falda, escondido entre los pliegues de la tela para que no desapareciera también. De repente, allí donde estaba el perro, no quedó nada, tan solo la huella de su cuerpo sobre el barro gris. La Niña no podía seguir olvidando.

—¿Dónde está? —gritó— ¿Dónde está la máquina de los sueños?

«Iremos juntos». La Criatura la envolvió con su abrazo de arena y viento arrastrándola con él.

Miró hacia atrás y ya no pudo ver nada, tan solo el vacío blanco extendiéndose mientras subían y subían hacia el cielo rojo. Más allá de él, sobre las nubes brillantes, en un espacio sin color, se encontraba la máquina de los sueños. Cientos de ruedas dentadas intentaban girar hacia un lado y otro sin conseguirlo. En un extremo, una flor de pétalos dorados se abría hacia donde debería estar el cielo de los sueños. De ella intentaba salir una minúscula nube dorada, pero no podía. El otro extremo tenía forma de lágrima color rubí. Era donde se formaban las nubes de lluvia que descargaban las pesadillas. La manivela que activaba el mecanismo estaba atascada.

Memeta, impulsada por el torbellino que era la Criatura, se aferró a la máquina e intentó llegar hasta la manivela. Pero ella era pequeña y frágil, y la Niña ya no soñaba con ella. Debería haber sido la primera en desaparecer porque ya la había olvidado.

—¡Criatura! ¿Por qué? ¿Por qué ya no hay sueños y solo quedamos tú y yo? —Necesitaba saberlo.

«Los miedos somos los más difíciles de borrar, más que los sueños. Dejamos una huella profunda, pero la Niña es como es gracias a nosotros. Nos necesita. ¿Sabes qué hizo cuando se sintió sola en la oscuridad por primera vez y me imaginó a mí? Llorar… Llorar hasta que Mamá llegó para volver a cogerla en brazos y ya no se sintió sola».

La muñeca sintió cómo el torbellino perdía fuerza.

«No puedo sostenerte más… ». La Criatura se deshizo y flotó, por instante, alrededor de Memeta y esta dejó caer todo su peso sobre los engranajes para intentar moverlos. Sobre ellos, el corazón de la Niña cada vez se oía más débil. El vacío engullía ya las primeras nubes y rozó los pies de la muñeca; sus dedos se borraron.

—¿Y para qué me necesita a mí?

«Se enfrentó a ti cada vez que te sacó de la caja. Le enseñaste a no quedarse quieta. Aprendió a luchar a pesar del miedo». La voz de la Criatura se apagó y comenzó a caer hacia el vacío en forma de lluvia de arena. El corazón de la Niña se dejó de oír.

Las piernas de Memeta desaparecieron junto con la puntilla que bordeaba su vestido. La máquina no se movió. Entonces, la muñeca sacó del bolsillo de la falda el aullido de Cadejo justo antes de que se borrara y lo lanzó contra la manivela mientras empujaba con todas sus fuerzas.

Mientras la nada lo invadió todo, se escuchó el chirrido de la manivela y un latido, dos, tres…

En una cama de hospital, la Niña abrió los ojos y miró a su madre, confusa. Una docena de tubos entraban y salían de su cuerpo. Estaba muy cansada.

—He tenido una pesadilla —le dijo a Mamá y ella la abrazó.