Mientras amanece

foto cuentos en el bolsilloDavid observó el fondo del barranco con una mezcla de anhelo y desesperanza. ¿Cómo se derramaría su cuerpo entre las rocas? ¿Teñiría con su sangre el manto verde que las recubría, o se verían sólo sus extremidades desmadejadas como un muñeco roto, un punto extraño en la lejanía?

Se imaginó cómo se lo dirían a ella. La culpa reflejada en su rostro perfecto, los hombros hundidos por la certeza de que había sido por ella; por su abandono.

Detuvo por un momento sus pensamientos paladeando lentamente esa imagen. Una pequeña victoria entre el fracaso en el que se había convertido su vida. Sí, así le recordaría para siempre.

El sol nacía tímido en el horizonte cuando trepó por la valla de contención del mirador. La neblina envolvía en sombras los bosques que se extendían a sus pies, pero se iba desprendiendo lentamente, haciendo tangible aquel paraje irreal.

Los destellos anaranjados rompían en jirones la noche que aún perduraba en el cielo.

«Tú también sangras, ¿verdad?» pensó David identificándose con aquella oscuridad que moría lentamente ante la llegada de la luz, aunque su herida se debía a la ausencia de su estrella.

Sus pies se asentaron al borde del precipicio, mientras el resto del cuerpo se mecía por el viento, inclinándose hacia vacío, estremecido.

Solo un paso y volaría hacia la anestesia permanente. Se borraría por fin aquel dolor sordo que palpitaba en el centro del pecho. Un paso más y solo quedaría su recuerdo grabado en la conciencia de Elena.

—No has elegido una muerte muy agradable. ¿No podías cortarte las venas en el agua calentita de tu bañera, donde nadie te viera?

David se sobresaltó al oír aquella voz rota y sus piernas trazaron un arco en el aire, desprendiendo pequeñas piedras hacia la nada, hasta que se quedó sentado en la estrecha franja de roca que le separaba del abismo.

—¿Y a ti que te importa?—Su voz sonó aflautada, más propia del niño que había dejado atrás, que del hombre en que se había convertido recientemente.

—Mira chico, me importa una mierda lo que quieras hacer con tu vida, pero elige otro sitio. Este es mío y, si te matas aquí, me lo estropearás para siempre.

David estudió la figura que se divisaba recortada contra la oscuridad. Apoyaba su espalda encorvada en un tronco y mantenía la mirada perdida en el amanecer que se desplegaba enfrente, como si no estuviera hablando con él.

Era un hombre de edad avanzada, con el cabello gris desordenado y profundas ojeras; surcos de tristeza flanqueando unos ojos fríos como el viento de febrero.

Se evaluaron mutuamente durante un instante.

Antonio no había tenido la intención de intervenir en lo que estaba viendo. ¡Dios le librara de inmiscuirse en la vida de los demás!

Había llegado de noche cerrada, como cada día, y se sentó bajo aquel árbol, como de costumbre, esperando el nuevo amanecer.

Así había sido durante los últimos cinco años, y así seguiría siendo si no reunía el valor suficiente para negarse a los deseos de su esposa.

Siempre se levantaba con la firme convicción de que ese día sería distinto, que no la escucharía, que le diría que no.

Aquel día había sido el peor. La voz de su mujer le taladró el cerebro cuando quiso volver a taparse con el edredón. «Maldita seas. No me das ni un respiro. Siempre igual, las mismas prisas. Venga, venga, levanta. Vamos… Sal de casa, me lo prometiste. ¡Y una mierda! Me engañaste con esa mirada de reina destronada. ¡No podía negarte nada en esas condiciones!» pensaba enfadado, mientras salía de la cama con desgana.

Preparó el desayuno bajo la luz sin vida del halógeno y fregó luego todo cuidadosamente. Dejó la cocina recogida y la cama hecha, maldiciendo por lo bajo una y otra vez. Miró hacia su estudio vacío al recorrer el pasillo, los folios en blanco colocados sobre el escritorio, abandonados, y la pluma cruzada sobre ellos, estéril, como sus ideas.

En aquel minúsculo piso de paredes blancas e inmaculadas, con aquel orden escrupuloso que se imponía, se sentía como el ratón en la ratonera.

Ya vestido, con la mano en la manija de la puerta de entrada, se volvió hacia el salón y gritó bien alto, con una furia que sostenía en el aire cada sílaba: —¡Déjame en paz de una maldita vez!¡No lo soporto más!—Y cerró dando un portazo que retumbó en las escaleras vacías.

Enfadado, hundido en su miseria, recorrió el camino tantas veces repetido, cruzándose con el quiosquero que apartó la mirada con desidia. Nunca le había devuelto el saludo.

El aire frío de la noche había alejado un poco su mal humor cuando llegó al mirador y sólo destilaba tristeza cuando se sentó en el tronco de su árbol.

El paisaje inundó sus sentidos y lo apartó de la realidad por un momento, hasta que apareció aquel chico amenazando destruir aquel pequeño oasis de paz.

Si permitía que se lanzara desde allí, todo se quebraría para siempre, ya no sería su lugar, sino el de ese frágil muchacho. Eso no podía pasar.

David soltó una maldición y pasó su mano por los largos cabellos oscuros en un gesto automático. De todos los lugares donde había podido acabar con su vida, había escogido uno en el que había un viejo entrometido.

—¿Ella te quiso alguna vez?

Las palabras del hombre contrajeron su estómago en una náusea de dolor, aunque pudo articular una pobre defensa.

—¿Y quién te dice que es por una mujer?

—Me da igual que haya sido por un hombre. El amor es lo único suficientemente importante como para arruinarle a uno la vida.

«Es tan solo un niño» pensó Antonio al evaluar su rostro sombrío. «Tiene toda una vida por delante para volver a enamorarse». Sus pensamientos se le clavaron en el pecho y se mordió la lengua hasta que la boca le supo a metal. Aquellas palabras le trajeron unos recuerdos muy desagradables; el eco de una voz femenina que le anunció lo mismo a él hacía ya cinco largos años. «No», se dijo, «No es lo mismo». Sería mejor que se fuera de allí antes de que el chico le contara su historia; no quería conocerla. Pero, en ese caso, se perdería el amanecer y sería la primera vez desde aquello.

—Ella era…todo —afirmó David con voz queda. Le vino a la mente la imagen de la espalda de Elena y su cabello ensortijado mientras se alejaba de él para siempre.

—A veces, todo es demasiado—musitó Antonio intentando recordar la primera vez que vio a Esther en aquel baile. Pero no pudo, y tan solo evocó unos ojos acuosos y vacíos, cansados, que le miraban suplicantes en espera de una respuesta. Una respuesta que se vio a obligado a dar, aun a su pesar.

—¿Cómo dices?

—Nada. Cosas de un viejo que ha vivido más que tú.

—¿Y de qué me serviría vivir sin ella?

—Eso es cierto —afirmó el hombre mayor—. Si crees que has vivido todo lo que merecía la pena, suicídate. Pero hazme el favor de cambiar de lugar.

Durante un tiempo interminable, los dos hombres se quedaron suspendidos en una tregua vacilante. Cada uno sumido en su propia historia, contemplando cómo el resto del mundo nacía al nuevo día y les dejaba de lado.

La voz de Esther ocupó la mente del más anciano por un momento, llenando el silencio. «Si eres capaz de enfadarte, de llorar, de sentir…eres capaz de vivir».

Antonio sintió la bilis en la boca del estómago. El chico era tan solo un crío perdido que creía saberlo todo, como cuando él tenía su edad, como cuando conoció a Esther, cuando la amó, cuando comenzó a leerle sus historias… sus historias… Escuchó esa voz tan dulce de nuevo, tan femenina. «Es la hora de despertar, amor, de volver a ser quien eras». El viejo luchó con aquel sentimiento antiguo que le impelía a obedecer. Las palabras comenzaron a bailar al compás de una idea que pugnaba por salir de sus labios y calentaba el aire que respiraba, abrasándole la garganta. Una sensación que durante mucho tiempo no había vuelto a tener.

—¿Me dejas contarte un cuento antes de que te vayas? —Antonio no podía creer lo que estaba intentando hacer.

—Ya no soy un niño. Y seguro que es un truco para que me lo piense, una historia con moraleja ¿no? —alegó en tono despectivo.

—Solo quiero que alguien me escuche una vez más.

David miró extrañado a aquel hombre recostado contra el árbol y le pareció pequeño e indefenso. Se vio reflejado en sus ojos de agua, náufrago de alguna tormenta extraña y a la deriva, como él. Y sin embargo, no reconoció en ellos ningún atisbo de esperanza. Solo oscuridad. Entonces, sintió que debía ser el puerto en que aquel viejo pudiera recalar por fin y, aunque le pareció un pensamiento de lo más extraño dadas sus circunstancias, le indicó con un movimiento de cabeza que podía comenzar.

La luz anaranjada tiñó sus rostros de una dorada irrealidad, mientras las palabras que Antonio había retenido cinco largos años comenzaron a envolverlos como una melodía de otros tiempos en los que, por una vez, ellos no eran los protagonistas del drama, sino meros espectadores…

«Cuentan que el mar no entiende la poesía. Oye los versos de los hombres e intuye la emoción que provocan, pero en las profundidades marinas todo se aquieta y los sentimientos se diluyen.

Una vez, hace mucho tiempo, incluso para el mar, un poeta se cruzó en su camino.

Ocurrió en una costa en calma, donde la primavera despuntaba en destellos de vivos colores. El poeta solía pasear por la playa, los pies descalzos hundidos en la arena templada, declamando versos que la brisa tenue hacía llegar hasta las olas. Hablaba de aires que huelen a jazmín, de noches cuajadas de diamantes, de extrañas alegrías en los amaneceres, de la música de las mariposas al batir sus alas.

El mar acariciaba sus dedos mientras absorbía aquel calor que emanaba el hombre cuando recitaba poesía, anhelando el día en que pudiera entender cómo era capaz de hacerlo.

El poeta y el mar se hicieron amigos. Se acompañaban en su soledad y, en aquellos días de versos compartidos a su manera, fueron felices.

Hasta que llegó ella.

Dicen que cuando la vio por primera vez, la luz de sus cabellos sumió su voluntad en tinieblas, que aquellos ojos violeta detuvieron su corazón al primer pestañeo  y que su sonrisa lo ató por las muñecas a la curvatura de su talle.

El poeta se había enamorado y sus sonetos cambiaron de dueño. Un nombre de mujer aparecía en cada estrofa y, en el punto final, una promesa.

Ella se sintió la reina que pretendía ser y él la adoró como la diosa que siempre había esperado encontrar.

El mar fue testigo de su historia y, en su vaivén, se llevó consigo caricias prohibidas bajo la luna y gotas de sudor con sabor a placer.

Los días pasaron y el verano llegó a su fin. Los colores se apagaron y los besos se acortaron, como la luz de los días por venir. Ella sintió que el viento se volvía más frío y que aquellos brazos ya no le calentaban la piel como necesitaba. Anhelaba otras primaveras. Era joven y bonita. Había muchas costas por descubrir, y quería probarlas todas.

Decidió decirle un adiós que quedó suspendido en la brisa, junto con el sonido de la sirena de un pesquero.

El “volveré” quemó sus labios y se perdió entre los chillidos de las gaviotas. El “nunca te olvidaré” se clavó en las entrañas del hombre, que comenzó a sangrar por cada día de ausencia.

Ella se marchó con toda su poesía y él esperó en el puerto su regreso, hasta que su cuerpo se desangró por completo. Su corazón se volvió frío y oscuro, como las profundidades marinas, y supo que ya no habría otro sitio para él.

Acudió a su único amigo, el mar, rogando que acogiera su alma inerte y mandara un último mensaje para su amor perdido; su despedida para ella.

El mar le brindó un abrazo helado, preguntándose dónde se habían quedado las mariposas y los amaneceres, el jazmín y los diamantes, y por qué no iban a volver. Pero calló y acunó aquel cuerpo en silencio, escuchando cómo exhalaba su aliento final pensando en ella, mientras las palabras se perdían en su inmensidad azul. Al fin y al cabo, el mar no sabe llorar.

En una playa lejana, unos pies femeninos dejaban huellas cálidas en la arena fina. Con el vestido remangado y la piel brillando al sol, ella bailaba con la música de otro amor de verano.

El mar, recordando su promesa, envolvió sus tobillos en espuma y al retirarse, dibujó unas letras en la tierra mojada: “Yo te quería”.

Ella se sorprendió solo un instante, removiendo la arena con sus dedos. Un vago recuerdo se abrió paso en su mente, pero lo descartó al instante, y enlazando su brazo coqueto con el de su acompañante, siguió su camino sin mirar atrás, mientras la marea volvía a llevarse consigo el último mensaje del poeta»

El fonema que marcó el punto y final dio paso a un silencio denso, mientras los dos hombres se sumían en sus pensamientos.

El joven soltó al fin una risilla irónica, rompiendo la atmósfera tensa que se había creado.

—¿Y eso se supone que me haría sentir mejor?

—No. Sólo te hace sentir estúpido, como a mí. Pero como me dijo alguien una vez, mientras aún sientas algo, mereces estar vivo. Si eres capaz de enfadarte, de llorar, de ver que eres idiota, eres capaz de vivir —sentenció Antonio con una voz extraña. En su mente aparecieron unos ojos llenos de vida que le sonreían de nuevo—. Y yo acabo de darme cuenta ahora —añadió en voz baja.

—¿Sabes muchas historias? —preguntó David mirando hacia el sol que estaba ya en lo alto.

—Miles, millones. Sólo tengo que encontrarlas de nuevo.

David enarcó una ceja esperando la continuación de aquellas palabras.

—Las había perdido, como a ella. Y hoy he encontrado una y un trocito de su recuerdo. ¿Te apetece…? ¿Quieres que te cuente más historias?

David se acercó a él hasta que sus rostros estuvieron enfrente y pudo ver la súplica en sus ojos. Y algo más, un pequeño destello de vida que latía intentando expandirse, una chispa diminuta que vacila antes de arder en llamas. No le preguntaría por su historia hoy. A él le quedaba mucho dolor aún y pocas ganas de escuchar otras desgracias, pero le tendió la mano y, estrechándosela con firmeza, se despidió.

—Hasta el próximo amanecer— Y el muchacho se abrigó con el calor que desprendía una leve sonrisa.

—Hasta el próximo amanecer— Y el viejo recordó que a ella se lo prometió con esas mismas palabras. «Otro amanecer, amor, sólo otro amanecer. Por los dos. Levanta, despierta, vive un día más, por mí, mi amor. Hasta el próximo amanecer, nada más.»

Antonio caminó hacia su casa arrastrando los pies, cansado, triste. Ahora se tendría que disculpar con ella, porque tenía razón. Siempre tenía razón.

Abrió la puerta y se dirigió al salón. Las cortinas tamizaban la luz brillante del sol de mediodía, convirtiendo las paredes desnudas en lienzos por descubrir.

—Lo siento, cariño. Lamento todo lo que te he dicho esta mañana. Tú lo sabías, ¿verdad? Sabías que me quedaba trabajo por hacer aquí.

Cogió la urna, que reposaba solitaria en una estantería repleta de libros, y la acunó entre sus brazos con dulzura.

La imagen de ella, rota y frágil en aquella cama blanca de hospital, con sus ojos acuosos y vacíos, fue diluyéndose en su memoria y la vio con su vestido azul, volando hacia sus brazos, como la primera vez; pidiéndole un cuento, como cada noche durante los cuarenta años que estuvo a su lado.

—Te prometí que viviría y escribiría de nuevo, que vería un amanecer más y ,cada día, vuelves a arrancar esa promesa de mis labios y, cada día, vuelvo a maldecirte por haberme abandonado. Ya no estoy enfadado, Esther, pero aún no puedo perdonarte por cada instante que paso sin ti. Un amanecer más y otra historia, es todo lo que puedo darte, y mañana ya veremos. Te quiero, mi amor.

Acarició el cristal opaco con un beso suave y volvió a colocar el recipiente en su lugar. Entró en el despacho y, cogiendo la pluma entre los dedos, se enfrentó a los folios en blanco y comenzó a escribir.